Soy de esas personas que disfrutan sumándose a las celebraciones. Cuando vivo en un lugar nuevo, me gusta conocer sus costumbres, participar en sus tradiciones y entender cómo celebra su gente. Hay algo de pertenencia en compartir esos momentos y dejar que también formen parte de nuestra experiencia familiar.

Vivimos, además, en un mundo cada vez más globalizado, donde muchas celebraciones han traspasado fronteras y han encontrado un lugar entre nuestras propias costumbres. Halloween es una de ellas. Hace tiempo que forma parte de nuestro calendario familiar y mi hija y yo disfrutamos disfrazándonos, decorando la casa, preparando meriendas con amigas y convirtiendo ese día en una oportunidad más para crear recuerdos bonitos de infancia.

Precisamente por eso merece la pena preguntarnos cómo viven esas mismas experiencias nuestros hijos. Porque Halloween puede ser muy divertido. Pero no para todos los niños.

Máscaras, rostros ocultos, sangre artificial, gritos inesperados, luces, música inquietante, personajes que aparecen de repente... Para algunos niños, todo esto puede convertirse en una acumulación de estímulos difíciles de procesar. Cuando la intensidad supera su capacidad para comprender lo que ocurre y recuperar la calma, su sistema de alerta puede activarse con fuerza y aquello que nosotros reconocemos como un juego puede desencadenar en su organismo una respuesta de amenaza completamente real.

En la primera infancia, además, la capacidad para diferenciar plenamente la fantasía de la realidad todavía está en desarrollo. Un niño puede saber que detrás de una máscara hay una persona y, aun así, sentir verdadero miedo. No está exagerando ni interpretando “mal” la situación: responde con los recursos emocionales y madurativos de los que dispone en ese momento. Y es aquí donde conviene detenernos.

No se trata de estar a favor o en contra de la celebración, sino de observar al niño que tenemos delante y tomar decisiones conscientes sobre cómo está viviendo esa experiencia.

Frases como “no seas miedoso”, “solo es un disfraz” o “mira, los demás sí se divierten” pueden parecer una forma de animar. Sin embargo, también pueden transmitir otro mensaje: lo que sientes no es válido y es mejor esconder esa emoción para encajar.

Y educamos también ahí.

Cuando escuchamos sus emociones, las acogemos y los ayudamos a comprenderlas, les enseñamos a escucharse a sí mismos. Cuando las minimizamos o los presionamos para responder como esperamos, podemos enseñarles a callar, aguantar o adaptarse a lo que otros consideran correcto, incluso cuando algo les genera malestar.

Halloween debería ser una oportunidad para disfrutar, no una prueba que superar.

Podemos disfrazarnos, decorar, salir a pedir dulces y pasarlo muy bien. Y también podemos alejarnos, bajar la intensidad o celebrar de otra manera si eso es lo que nuestro hijo necesita.

Porque educar emocionalmente también ocurre en lo cotidiano: en cada decisión, en cómo respondemos cuando algo les asusta, en lo que decimos cuando atraviesan un conflicto, cuando se frustran, dudan o algo no sale como esperaban.

Es un día a día. Una suma de pequeñas decisiones repetidas que, con nuestra guía y nuestro respeto, enseñan a confiar en lo que sienten y a expresarlo, a poner límites, a reconocer lo que necesitan y a ir construyendo, poco a poco, una mayor seguridad en sí mismos.