Un micrófono, un fondo naranja y dos personas que no esperabas ver rapeando juntas.
Si has abierto Instagram o TikTok durante las últimas semanas, seguramente ya sabes de qué estoy hablando: el trend viral que puso a Messi y Mbappé, Trump y Putin, y Batman y el Guasón rapeando juntos.
El formato original no es nuevo. En 2022, Quavo y Takeoff interpretaron Hotel Lobby para A COLORS SHOW. El visual era sencillo: un fondo naranja, un micrófono y dos raperos intercambiando versos. Cuatro años después, la inteligencia artificial convirtió esa presentación en una plantilla. Ahora podemos poner prácticamente a quienes queramos frente a ese micrófono. Y el internet está fascinado.
Pero creo que lo interesante no es el video, es preguntarnos por qué nos gustó tanto verlo. Desde siempre nos han entretenido los encuentros improbables. Hay algo interesante en las dupletas que escogemos. Poner a dos adversarios políticos frente al mismo micrófono puede ser una forma de sátira. Poner a dos futbolistas que admiramos puede ser un homenaje. Y juntar a dos figuras que públicamente parecen incompatibles puede convertirse en una manera bastante creativa de decir: cuidado con esa alianza.
La inteligencia artificial no inventó esta forma de comunicarnos. Durante siglos hemos utilizado caricaturas, imitaciones, parodias y montajes para exagerar la realidad y decir, a través del humor, cosas serias. Lo que si es nuevo, es lo real que se ven. No estamos impresionados porque dos personas puedan bailar frente a un fondo naranja: estamos impresionados porque aún viéndose muy realista, nuestro cerebro logra reconocer que esa imagen no pertenece a nuestra realidad.
Pero no todos están disfrutando el experimento. El trend también ha abierto una discusión sobre consentimiento y sobre hasta dónde debería llegar nuestro derecho a utilizar la imagen de otra persona. El debate se vuelve más complejo porque Takeoff, uno de los protagonistas de la grabación original, murió en 2022. Algunos han cuestionado que su imagen se convierta en materia para memes; otros lo ven como una nueva forma de mantener viva su música.
No creo que la respuesta sea ponerle límites a nuestra imaginación. Al contrario, me parece extraordinario pensar en las posibilidades creativas que esto representa. Podemos hacer humor, sátira, arte, crítica y contar historias de formas que hasta hace muy poco simplemente no existían.
Pero mientras más poderosa sea nuestra capacidad para fabricar imágenes, más importante debe ser nuestra capacidad para reconocerlas por lo que son. Y por eso algo que hoy parece casi accesorio, una pequeña etiqueta que diga “hecho con IA”, podría convertirse en una de las etiquetas más importantes de internet. Porque hoy son dos contrincantes cantando frente a un micrófono. Mañana puedes ser tú, haciendo algo que nunca hiciste, diciendo algo que nunca dijiste, junto a alguien que nunca conociste.
Quizás ese sea el verdadero reto. No tenemos que dejar de inventar cuentos. Tenemos que aprender a distinguirlos de los datos. La sátira puede seguir siendo sátira, el humor puede seguir siendo humor y nuestra imaginación puede llegar tan lejos como la tecnología nos permita. Pero el dato tiene que seguir teniendo algo que el cuento no tiene: la obligación de haber ocurrido.
Durante siglos, la imaginación tuvo una frontera muy clara: podíamos pensar cosas que nuestros ojos nunca habían visto. La inteligencia artificial está empezando a borrar esa frontera, y la pregunta ya no es:
“¿Te imaginas si…?”
Sino:
“¿Quieres verlo?”
Yo sí.



