La palabra bochinche, según el Diccionario de la lengua española, proviene de bochincho, que significaba “sorbo”. Una explicación de su evolución nos lleva a las tabernas, lugares donde se bebía, conversaba y, naturalmente, se armaban alborotos. Con el tiempo, la palabra terminó asociándose con el ruido, el desorden y, en Panamá, con los chismes y rumores.
No es coincidencia que una palabra relacionada originalmente con un sorbo terminara describiendo algo que pasa de boca en boca. Por eso resulta interesante reflexionar sobre los reclamos del presidente José Raúl Mulino acerca de los “bochinches” surgidos después del terremoto del 9 de octubre.
Porque sí, hubo alboroto. Hubo especulaciones, imágenes manipuladas y cuentos que pasaron de un celular a otro. Pero también hubo miedo, incertidumbre y preguntas legítimas de una población que acababa de experimentar un terremoto de enorme magnitud.
Y aquí hay algo que me parece importante declarar: no toda crítica es un bochinche.
Desestimar las preocupaciones ciudadanas bajo una misma etiqueta confunde la desinformación malintencionada con la necesidad genuina de obtener respuestas. Pero hay algo más preocupante que los cuentos que circularon después del terremoto: los datos que sí podemos comprobar.
Según el balance preliminar del Ministerio de Educación, 619 centros educativos oficiales permanecen bajo evaluación y 35 planteles han sido reportados como totalmente colapsados. Treinta y cinco escuelas. No son rumores de WhatsApp ni imágenes generadas con inteligencia artificial. Son cifras que representan comunidades cuya normalidad quedó interrumpida. Y la víctima común: la educación.
Un terremoto puede sacudir a todo un país, pero sus consecuencias no se distribuyen por igual. La desigualdad en Panamá no es noticia nueva. Lo nuevo es que el terremoto nos obligó a mirarla de frente. Durante décadas hemos construido un país donde el desarrollo parece concentrarse en unos pocos kilómetros de la capital, mientras otras comunidades enfrentan enormes desafíos de infraestructura, acceso a servicios públicos y oportunidades. No todas las familias cuentan con los mismos recursos para enfrentar una emergencia, mucho menos para recuperarse de ella.
Para una familia, una pared agrietada puede representar una reparación costosa. Para otra, puede significar perder su único patrimonio. El terremoto no creó esas desigualdades, pero si las dejó al descubierto.
Conmueve la cantidad de panameños que han movilizado donaciones y artículos de primera necesidad hacia las comunidades afectadas. Esa solidaridad merece nuestro reconocimiento. La ayuda humanitaria es indispensable hoy. Mañana lo serán la reconstrucción, la inversión pública, las escuelas seguras y las oportunidades que permitan a esas familias vivir con dignidad. Nuestra deuda con el interior del país no comenzó el 9 de octubre y tampoco debería terminar cuando paren las réplicas.
Volvamos entonces al bochinche.
Las autoridades tienen la responsabilidad de combatir la información falsa, pero también de escuchar las preocupaciones detrás del ruido. Porque dentro del alboroto hay preguntas válidas, dentro de las críticas hay oportunidades de mejorar y detrás de los rumores puede existir un vacío informativo que las instituciones deben atender.
Porque el verdadero peligro no es solamente que un cuento se convierta en noticia. Es que una realidad tan evidente termine siendo tratada como un simple bochinche.


