La respuesta unánime ante una tragedia es la unión. Ante los primeros gritos de ayuda de comunidades enteras que lo perdieron todo con el terremoto del pasado 9 de octubre, lo primero que hicimos en el resto del país, después del susto de las primeras horas, fue buscar la manera de ayudar a aquellos desamparados por el sismo. Unión. Dejarlos saber que no estaban solos y que la ayuda, de alguna manera u otra, la haríamos llegar.
Esto forma parte de nuestra naturaleza, es lo que nos hace humanos.
La empatía y el sentido de comunidad entró en acción desde las primeras horas de aquel caluroso viernes caótico y desordenado. Lo importante ante este fenómeno ineludible y enorme, era sentirse acompañado, un abrazo, unas palabras de aliento.
Esto mismo sucede en la literatura. Las voces de aquellos que no tuvieron tiempo de despedirse, encuentran sosiego entre las páginas de alguna obra inspirada por aquellos fenómenos climáticos o naturales que aparecen de forma cíclica y avasalladora.
Los primeros en llegar para contar una tragedia —en ocasiones incluso antes que los servicios de atención y emergencia— son los periodistas, los escritores de nuestra realidad. Son estos quienes narran cuanto ven y conversan de primera mano con las víctimas.
Así lo hizo Elena Poniatowska en Nada, nadie: las voces del temblor, en la que recoge los testimonios de las víctimas del devastador terremoto de México en 1985.
Apenas cesó la descomunal destrucción producto del sismo las personas se dieron a la tarea de ayudar a quienes quedaron atrapados entre los escombros.
Allí primó ese sentido de humanidad, la cooperación, salvar la vida, ante todo. Y entre ellos, la valiente periodista mexicana rescató las voces de aquellos que lo perdieron todo.
Así también lo hizo Ernest Hemingway en ¿Quién mató a los veteranos? En este reportaje narra el drama que dejó un ciclón de categoría cinco en los Cayos de Florida (EUA) en 1935, y ofrece una firme denuncia por la incapacidad del gobierno en evacuar a las personas con tiempo resultando en la muerte de muchas personas, entre ellas, un grupo de veteranos de la Primera Guerra Mundial que trabajaba construyendo una carretera.
El elemento de denuncia nos ayuda también a comprender las tragedias y cómo evitarlas. Esta también es una manera de acompañar a las víctimas y a sus familias.
De esta forma, encontramos a la Nobel de literatura bielorrusa Svetlana Aleksiévich en Voces de Chernóbil, quien documentó los testimonios de múltiples voces durante una década para hacer un libro totémico sobre esta tragedia que pudo evitarse.
En el terreno literario, Haruki Murakami, publica Después del terremoto, inspirado por la devastación del sismo de 1995 que destruyó la ciudad de Kobe (Japón), y que dejó miles de víctimas. El escritor japonés saca seis cuentos inspirados por la vida de personas que perdieron a alguien o que buscan algo después de esta descomunal tragedia.
Charles Bukowski escribió un poema luego de una tragedia literaria: el incendio de la Biblioteca Pública de Los Ángeles en 1986 que destruyó miles de ejemplares. Lo tituló El incendio de un sueño, publicado en Peleando a la contra de 2001. En ella el autor habla de una sensible pérdida: “La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles ha sido destruida por las llamas. Aquella biblioteca del centro. Con ella se fue gran parte de mi juventud”.
Lejos de presentarla con morbo oprobioso, algunos escritores toman fragmentos y construyen piezas únicas para hacerlas arte. Así lo dejó John Fante en Pregúntale al Polvo (1939), cuando un terremoto forma parte de la historia.
De la tragedia, la inspiración y de ella, la solidaridad para que podamos juntos acompañarnos.




