Muy poco se sabe de Águeda Rodríguez, la empleada doméstica que consiguió la máquina de coser y que estuvo escondida junto a María Ossa de Amador confeccionando la bandera. Y lo poco que se sabe de ella es gracias a los aportes periodísticos nacionales, que intentan siempre indagar y escudriñar más en los detalles de nuestra historia. En la literatura, académica o de ficción, Rodríguez no aparece.

Los personajes principales ya los conocemos. Hay muchísima literatura, y muy buena literatura, sobre los hechos de noviembre en Panamá. Historias construidas con mucha investigación, proeza narrativa y estructura que dejan ver gran parte de nuestra historia. Pero gran parte no significa que esté completa.

Reconozco también que hay muchos esfuerzos legítimos por completar esa visión histórica. Sin embargo, muchas de esas obras son catalogadas como resentidas o con una agenda oculta, cuando realmente lo único que hacen, al igual que todas las demás obras sobre nuestra historia, es aportar al conocimiento compartido que nos ayuda a entendernos.

Hace algunos meses leí Las mujeres que bordaron su libertad, de Thatiana Pretelt, y me pareció justamente un gran esfuerzo por contar historias desconocidas, con personajes desconocidos, pero que a la vez son parte fundamental de todo el proceso histórico que nos construye como nación.

Porque la historia patria no es solamente un repaso de los hechos finales, sino toda la evolución de esa configuración que propició uno o dos cambios trascendentales.

Esta columna, dedicada siempre a la literatura, no es un intento por demeritar la narrativa actual. Al contrario, aplaudo la calidad, la perspectiva y el aporte de las obras actuales. Esta columna sí es un clamor por enriquecer ese paisaje, que existan tramas, ficcionadas o no ficcionadas, que desafíen nuestras realidades, que nos ayuden a entender que no se trata de tergiversar y engañar, sino de aportar perspectivas de quiénes somos, que los textos que leemos por placer, o en la universidad, o en la escuela, presenten contrastes y promuevan el análisis.

Es imprescindible contar con este mosaico de visiones, porque son ellas las que forjan nuestro destino. Suena dramático, pero no lo es. Hay un caso emblemático del poder político de la literatura: Núñez de Balboa, de Octavio Méndez Pereira. Publicado en 1934, el libro fue clave en la mitificación del conquistador, que por esos años se volvía símbolo de la vocación del país como punto de encuentro de los dos mares. 20 años antes, Balboa había sido un conquistador más, y no fue hasta que un esfuerzo estatal lo empujó a convertirse en símbolo reconocible de la identidad creada que aún hoy está vigente y que fue cimentada en la obra de Méndez Pereira, quien, con personajes ficcionados que se tomarían después como reales, convirtió en leyenda al español.

Por todo ello, es tan importante que existan más obras que exploren nuestra identidad y nuestras historias, desde todas las perspectivas y todas las narrativas. Solo así enriqueceremos nuestra literatura para que las generaciones del futuro sepan, al menos, quién fue Águeda Rodríguez.