A las puertas de una de las celebraciones más importantes de Panamá, reflexiono sobre el valor de las tradiciones, el sentimiento de pertenencia y la manera en que aprendemos a amar el lugar del que formamos parte.
No nací aquí, pero mi hija sí. Y ella es, sin duda, el regalo más grande que me ha podido dar este país.
Con el tiempo Panamá se ha convertido en nuestro hogar. Comparto con su gente, disfruto de sus paisajes y convivo también con sus preocupaciones.
Panamá reúne tradición y modernidad, multiculturalidad y contrastes; avanza sin renunciar a sus raíces y conserva una riqueza natural extraordinaria. Pero hay algo que me emociona especialmente: ese sentimiento de amor a la patria que tanto se manifiesta en su gente.
Las Fiestas Patrias nos ofrecen una hermosa oportunidad para observarlo.
Niños y adultos comparten una alegría colectiva alrededor de una historia, unos símbolos y unas tradiciones que reconocen como propios. Y, desde mi mirada como madre y pedagoga, quiero reflexionar sobre la huella que dejan estas experiencias en quienes crecen viviéndolas.
El cerebro infantil se desarrolla a través de las experiencias cotidianas y las relaciones afectivas. Las vivencias que se repiten en un entorno de seguridad y cariño contribuyen a construir recuerdos significativos y asociaciones emocionales que pueden acompañarnos durante toda la vida. Así, las tradiciones dejan de ser simples costumbres: se convierten en experiencias vinculadas a la alegría compartida, al afecto y a la sensación de pertenecer a algo que nos une.
Pero su valor va mucho más allá de los recuerdos. En esas experiencias también construimos nuestra identidad, nuestra manera de mirar el mundo y de relacionarnos con los demás. La infancia es un tiempo en el que sembramos las semillas de nuestros valores y nuestra forma de convivir. Nuestros hijos no aprenden únicamente de lo que les contamos, sino también de lo que ven en nosotros: cómo tratamos a los demás, respetamos las diferencias y cuidamos aquello que compartimos.
Sentirse parte de algo es una necesidad profundamente humana y una fuente importante de bienestar emocional. Saber que pertenecemos a una comunidad, que somos reconocidos y que tenemos un lugar en ella nos proporciona seguridad y fortalece nuestra identidad. Esta necesidad nos acompaña durante toda la vida y sigue siendo fundamental para nuestra estabilidad emocional, nuestras relaciones y nuestra manera de desenvolvernos en la sociedad.
Educar en el amor a la patria es mucho más que enseñar una bandera o cantar un himno. Es ayudar a nuestros hijos a sentir que pertenecen a una comunidad, que su historia también les pertenece y que tienen algo valioso que aportar. Porque cuando nos sentimos parte de un lugar, su bienestar también se convierte en algo nuestro: nace el deseo de cuidarlo, de crecer con él y de contribuir a construir un futuro mejor para todos.
Los niños y niñas que hoy crecen en Panamá serán quienes mañana continúen escribiendo su historia. En el cariño que reciben, en las tradiciones que comparten y en el orgullo de sentirse parte de esta tierra estamos sembrando las raíces de ese futuro. Porque un país también se construye así: enseñando a quererlo, cuidarlo y sentirse parte de él desde la infancia.
¡Felices Fiestas Patrias, adorada Panamá!
La autora es pedagoga y asesora educativa.


