Para hablar de desinformación, primero hay que aprender a segmentarla. No toda información incorrecta es igual y, sobre todo, no toda tiene la misma intención.

Existe la información falsa que alguien comparte creyendo que es cierta. Existe la información fabricada deliberadamente para engañar. Y existe también la información verdadera utilizada fuera de contexto, exagerada o presentada de una manera diseñada para provocar una reacción.

¿Por qué importa reconocer la diferencia? Porque la información es poderosa. La desinformación, a veces, todavía más.

Siempre hemos sentido cierto morbo por lo extraordinario. Los rumores corren en carro mientras la verdad muchas veces va en bicicleta. Mucho antes de TikTok, X o la inteligencia artificial ya existían las teorías conspirativas, las brujas, los hechizos, el monstruo del lago Ness y las historias que pasaban de boca en boca hasta que nadie recordaba dónde terminaba el dato y comenzaba el cuento.

Lo que cambió no fue nuestra fascinación por esos cuentos. Cambió la velocidad con la que pueden viajar. Pero si algo han demostrado las últimas semanas es que una información no necesita ser falsa para producir el mismo efecto que asociamos con la desinformación: miedo, confusión y una percepción distorsionada de la realidad.

Hace unas semanas, Jacob Coxon, un investigador que trabajó en Anthropic y OpenAI, compañías fundadoras de Claude y ChatGPT, renunció y publicó un hilo en X advirtiendo sobre los riesgos del desarrollo de una inteligencia artificial cada vez más poderosa. Entre sus afirmaciones más impactantes aseguró que quienes construyen esta tecnología creen genuinamente que podría llegar a matar a toda la humanidad antes de terminar la década.

La publicación explotó. En pocos días acumuló decenas de millones de visualizaciones y provocó una discusión que trascendió Silicon Valley. Incluso figuras políticas como el senador Bernie Sanders han llevado esas preocupaciones al debate público, advirtiendo sobre los riesgos de una inteligencia artificial que pudiera superar el control humano.

Durante la reciente Asamblea General de las Naciones Unidas, el debate llegó hasta el escenario mundial. António Guterres advirtió que no podemos ignorar las preocupaciones de quienes están en primera línea desarrollando inteligencia artificial. Expertos del propio panel científico de la ONU piden cautela frente a la retórica apocalíptica, y líderes mundiales llevaron los peligros de la IA a sus discursos. La misma conversación viajaba entre diferentes audiencias pero cada uno la escucha distinto. Porque entre decir “esto podría pasar” y entender “esto va a pasar” hay apenas una palabra de diferencia, pero un mundo de distancia.

Aquí está lo interesante: Coxon no estaba inventando una noticia falsa. Estaba expresando una preocupación que comparte una parte de la comunidad dedicada a la seguridad de la inteligencia artificial. Otros investigadores, sin embargo, cuestionan que los escenarios apocalípticos tengan suficiente sustento y advierten que presentar sistemas de IA como si tuvieran intenciones humanas puede alimentar temores que no corresponden con lo que estas tecnologías son capaces de hacer actualmente.

Entonces, ¿quién estaba desinformando?

Quizás esa sea la pregunta equivocada.

El problema no siempre está en si una frase es verdadera o falsa. También importa qué sabemos, qué no sabemos, cuánto contexto ofrecemos y qué impresión dejamos en quien nos escucha. Coxon pudo haber querido advertir. Quienes compartieron su mensaje pudieron haber querido informar. Pero una afirmación extraordinaria, desprendida de sus probabilidades, incertidumbres y desacuerdos científicos, puede convertirse rápidamente en algo mucho más contundente de lo que la evidencia permite afirmar.

De pequeños nos enseñaron que compartir era bueno. Qué contradictorio resulta descubrir que, en internet, compartir también exige responsabilidad. Antes de darle share a algo deberíamos preguntarnos no solamente: ¿esto es cierto? También: ¿lo entiendo?, ¿tiene contexto?, ¿estoy compartiendo un hecho o una opinión?, ¿qué quiero provocar al compartirlo?

Porque quizás el antídoto contra la desinformación no sea simplemente aprender a detectar mentiras. También tenemos que aprender cuándo, y cómo, compartir verdades.