“Yo estaba en el monte, de repente todo se quedó quieto y después todo se movía y no había cómo pararse, pensé que me iba caer y solo pude arrodillarme”. Digno, 80 años.

“Sentí que la tierra se movía como si fueran olas, tenía miedo de caminar porque pensé que el suelo se iba a abrir. Sonaba como el fin del mundo y sentía que mi cuerpo latía con fuerza, como si mi corazón llegara hasta mis pies”. Angie, 19 años.

“Miré las montañas y pensé que se iban a caer encima de mi casa, conmigo y mis abuelos dentro, cuando salimos, la casa parecía que saltaba”. Yamileth, 14 años.

“Ya no quiero que me hablen de eso, siento mucho miedo. Yo pensé que me iba a comer el suelo”. Oliver, 5 años.

Los relatos que escuché en Penonomé la noche del viernes daban cuenta de un terremoto que allí se sintió con fuerza y dejó daños que cambiaron la vida cotidiana de sus residentes. A esa hora, yo ya había vivido el sismo desde la capital.

Eran las 12:50 del mediodía del viernes 9 de octubre, la hora del almuerzo, cuando, a mitad de una carcajada, sentí, al igual que el resto del país, que la tierra se movía. No fue ni leve ni rápido. Fue profundo, lento y alarmante. Después de evacuar el edificio de La Prensa, en la 12 de octubre, el primer pensamiento fue directo a los que amamos y, más aún, si, como yo, estamos lejos de ellos.

Luego de asegurarme de que estaban bien, me empezó a llegar información sobre los destrozos que quedaron como secuela en la ciudad que me vio crecer.

El Hotel Dos Continentes, que se fundó en 1998, antes de que yo naciera, colapsó. Su parte trasera se derrumbó sobre algunos autos estacionados en sus predios. La Catedral San Juan Bautista, donde hice mi primera comunión y mi confirmación, colapsó también. Una de sus torres se cayó y la otra quedó afectada.

Después
Antes
Iglesia San Juan Bautista de Penonomé antes del terremotoIglesia San Juan Bautista de Penonomé después del terremoto
El terremoto del 9 de octubre causó daños en la catedral de Penonomé.

La Gobernación, el Municipio, los comercios, la capilla San Martín de Porres y el barrio San Antonio forman parte de ese paisaje que mis ojos aprendieron a reconocer cada vez que pasaba por allí.

Lugares que parecían destinados a permanecer, que guardaban historias, encuentros y recuerdos, y que hoy muestran las heridas de un terremoto. No son solo pérdidas materiales, como tanto he oído decir. También se resquebraja una parte de la memoria de un pueblo, de esa historia que vive en sus calles y en quienes las han recorrido toda la vida.

No fue cualquier movimiento de tierra. Fue un sismo de magnitud 7.5, según el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá, capaz de alterar en segundos aquello que generaciones habían conocido como parte de su hogar.

Volver a Penonomé después del terremoto, una crónica de tristeza y memoria
Misa en la Catedral de Penonomé en el año 2011.

Han pasado más de tres días y las réplicas continúan. En Penonomé, la tierra todavía se mueve, pero algo más ha cambiado. El paisaje ya no es el mismo. Allí donde antes había lugares familiares, hoy quedan paredes heridas, estructuras derrumbadas y la incertidumbre de no saber cuándo volverá la calma.

Fundada el 30 de abril de 1581, Penonomé tiene 445 años. Son más de cuatro siglos de historia que se pueden recorrer por sus calles, sus iglesias, sus plazas y sus edificios. Lugares que para algunos representan el patrimonio de una ciudad o son puntos de encuentro durante los carnavales y las fiestas patrias, pero que para quienes crecimos allí también son escenarios de nuestra propia historia.

Uno nunca se detiene a pensar cuánto significa un edificio hasta que deja de estar. Me refiero a la iglesia a la que íbamos los domingos, la calle por la que caminábamos para llegar a la escuela, el comercio que llevaba décadas en la misma esquina o aquella construcción que parecía haber estado allí desde siempre.

Después
Antes
Edificio de la Gobernación de Penonomé. Pared lateral de la Gobernación de Penonomé
El sismo de 7.5 ocurrido el pasado 9 de octubre de 2026, colapsó una de las paredes del edificio de gobernación en Penonomé, Coclé.

Están las personas que perdieron sus casas, y los que además están enfermos. Los pacientes que permanecían internados en el Hospital Aquilino Tejeira ahora esperan bajo carpas. Esperan que la tierra deje de moverse, que las réplicas cesen. Mientras eso sucede, el mundo sigue. La lluvia cae, el sol sofoca y ellos solo esperan recibir el alta, regresar a sus hogares o, simplemente, que las cosas mejoren.

Aunque para muchos lo ocurrido no sea más que una noticia o un video que aparece mientras deslizan el dedo por una pantalla, para otros es nuestra tierra. Son las calles que conocemos de memoria, los acentos que nos hacen sentir en casa y nuestros mayores, que hoy cuentan lo sucedido con la mirada perdida en algún punto del horizonte, como si frente a sus ojos volvieran a reproducirse aquellos segundos en los que la tierra se movió y todo lo que conocían pareció venirse abajo.

Tuve que dejar mi casa por primera vez cuando tenía 19 años, pero siempre supe que, si algo pasaba, podía correr a ese pedazo del mundo donde no tenía que estar alerta. Porque es mío, porque allí me conocen y porque todos los rostros me son familiares.

Cuando volviía los fines de semana y luego me tocaba partir después de compartir con mi familia, en esos días que deseaba que fueran eternos, me iba con la certeza de que, al volver, mi tierra seguiría intacta.

La ruta era siempre la misma. Desde la caseta del hospital, bajaba por la calle del Dos Continentes y pasaba por la calle de la Central. Luego venían la estatua de la Madre, el Paisa, la iglesia, el parque y la vía hacia La Pintada. Cada lugar era parte de un recorrido que conocía de memoria.

Volver a Penonomé después del terremoto, una crónica de tristeza y memoria
Misa de comunión en la Catedral San Juan Bautista de Penonomé, en diciembre de 2011.

Pero este viernes negro, el 9 de octubre, cuando llegué de noche, la ruta fue distinta. Muchos de esos lugares que siempre habían estado allí ahora estaban afectados por el terremoto. Por primera vez, el camino que conocía de memoria había cambiado y, con él, nuestra realidad.

Después de pasar el fin de semana con mi familia, llegó el domingo y tuve que dejar a mis papás para regresar al trabajo, como tantas otras veces y tantas otras personas. Nuevamente se iba la nieta de Tin y Chon, la hija grande de Juan, la sobrina de Came. Pero esta vez, algo había cambiado.

La vida en Penonomé ya no volverá a ser la misma. La tierra abrió una herida en ese paisaje que durante generaciones fue hogar y refugio. Quizá los edificios vuelvan a levantarse y las calles recuperen su movimiento, pero habrá recuerdos que quedarán ligados para siempre a ese viernes en que la tierra se movió y nada volvió a sentirse exactamente igual.