En Washington, la Casa Blanca desmintió la salida de William Webster como jefe de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), luego del fallido golpe contra Manuel Antonio Noriega y el homicidio de 11 militares rebeldes.
El fracaso de la intentona generó un profundo malestar y frustración en Washington, donde el sentimiento general era que se había perdido una invaluable oportunidad para librarse del dictador, sin costo humano para Estados Unidos. Algunos golpistas –como Javier Licona- que lograron huir de Panamá y refugiarse en Miami contaron posteriormente que se quedaron esperando la ayuda del Comando Sur, cuya cúpula conocía los planes de los alzados porque habían sido previamente alertados por Adela, la viuda del mayor Moisés Giroldi.
El 17 de octubre de 1989, un día después que la Casa Blanca negara su dimisión, William Webster, a través de una entrevista al New York Times, hizo un llamado al presidente George Bush para que no se aplicara una orden presidencial de 1976, que prohíbe a todo funcionario estadounidense –sea civil o militar- participar directa o indirectamente en el asesinato de un líder extranjero, sin importar cuál sea la causa o justificación.
La orden fue dada por Gerald Ford luego de rumores de un supuesto plan estadounidense para matar al dictador cubano Fidel Castro, y fue respetada por sus sucesores Jimmy Carter, Ronald Reagan y George Bush.
Webster justificó la inacción de su organización en el golpe a Noriega precisamente por la existencia de esa norma presidencial. Cuando alguien le preguntó si le gustaría que esa orden fuera flexibilizada, respondió: “usted me está leyendo el pensamiento”. No dijo que Giroldi y sus secuaces fracasaron por la falta de apoyo estadounidense, pero casi.
Webster no era un militar de carrera, sino un civil. Era un juez que adquirió fama por conducir sonados procesos contra algunos clanes mafiosos de Nueva York. Fue llamado por la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), que dirigió hasta 1987, año en que se le designó al frente de la CIA.
El jefe de la CIA acabó por conseguir lo que quería: dos semanas después de su entrevista al diario neoyorquino, el Departamento de Justicia examinó la orden y concluyó que los funcionarios estadounidenses podían involucrarse siempre que el objetivo de la revuelta no fuera acabar con la vida del dictador en cuestión.
Convenientemente entonces se conoció que si Webster habría querido seguir al pie de la letra la orden presidencial, no solo tendría que haberse abstenido de apoyar a Giroldi et al, sino también alertar a Noriega y el Estado Mayor.
William Webster - AP Photo/Jacqueline Roggenbrodt