Agobiado por lo que consideraba una “campaña de desinformación” por parte del gobierno del presidente estadounidense George Bush, ese día el régimen militar llamó a consulta a sus embajadores en América Latina y el Caribe.
El gobierno panameño también dirigió su virulencia contra el presidente del gobierno español, Felipe González, quien propuso una salida negociada de Noriega, como alternativa para resolver la crisis política que aquejaba al país desde que Roberto Díaz Herrera confirmara, en 1987, que desde la Comandancia se protegía a los narcotraficantes, entre otras atrocidades.
“No se nos ha consultado ni se nos ha pedido opinión, por lo que la iniciativa es unilateral por parte del presidente González”, dijo Leonardo Kam, entonces canciller, en una nota publicada en el diario español El País. Hacía poco que Kam había remplazado a Jorge Eduardo Ritter como cabeza del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Un año antes, González incluso se ofreció a asilar a Noriega. La oferta fue planteada por el asesor para asuntos internacionales de la Presidencia del Gobierno español a funcionarios estadounidenses y dos dirigentes de la oposición panameña: Gabriel Lewis Galindo y José Isabel Blandón, en una reunión en Washington. Noriega declinó la propuesta.
Con la invasión estadounidense, sería Noriega quien buscaría asilo en España.
En una entrevista a La Prensa, monseñor José Sebastian Laboa -quien recogió a Noriega en su huida post invasión- recordó que lo primero que pidió el dictador cuando ingresó a la Nunciatura Apostólica fue una cerveza fría. Lo segundo, que gestionara su solicitud de asilo en España. Su segunda opción era México y por último, Cuba. Pero ninguno acepto acogerlo. Y el 3 de enero de 1990, se entregó a los agentes de la DEA y fue deportado a Florida.
José Sebastian Laboa.
LA PRENSA/Archivo