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08 dic De la invasión yo solo sé lo que me cuentan...

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Tanquetas del ejército estadounidense se tomaron las principales avenidas de la capital. Tanquetas del ejército estadounidense se tomaron las principales avenidas de la capital.
Tanquetas del ejército estadounidense se tomaron las principales avenidas de la capital.

De la invasión yo solo sé lo que me cuentan. Me dicen que a mi papá y a los demás hombres del barrio se los llevaron para comprobar si tenían afiliación con el régimen de Noriega. Mi mamá, embarazada y recién llegada del vecino pacifista que siempre ha sido Costa Rica, quedó sola en casa por varias horas, segura de sentirse más en medio de una película que cerca de cualquier peligro real.

Desde la sala escucharon el conteo final para que los que se mantenían atrincherados en la Estación de Policía en Ancón se rindieran.  Con El Chorrillo a menos de un kilómetro de distancia, podían escuchar las bombas y escaramuzas como si todo ello ocurriera en el patio trasero de nuestra casa.

En el año en el que no se celebró la navidad, yo llegue 10 días después de la invasión para compartir con mi papá su cumpleaños. Crecí escuchando la historia: armados con una bandera de la Cruz Roja en el carro, en la tarde del 29 de diciembre mis padres se aventuraron a la calle listos para afrontar el rumbo incierto hacia el Hospital Nacional. Los militares estadounidenses los detuvieron frente al edificio de la Administración del Canal y luego, entendiendo que mi llegada al mundo era  inminente, los escoltaron al Hospital Gorgas sin siquiera preguntar si ese era su destino.

Las enfermeras fueron reemplazadas por soldados y a mamá y a mí nadie nos pudo visitar. Para unos padres primerizos como los mios, aquella fue una época feliz dentro de un momento de incertidumbre y lo que vino después se desenvolvió como algo que tomó segundo plano frente a la novedad de tener una bebe recién nacida en casa.

Este mes la invasión y yo cumplimos 25, y lo poco que se de ella no debería atribuírselo a que la viví desde el vientre de mi mamá. Quizás, a través del líquido amniótico, escuché el sonido de las pailas repicando y espíe conversaciones que daban luz a sobre cómo era vivir en esos tiempos, pero de eso no recuerdo nada y, por lo mismo, no le temo a vivir sin libertad porque no sé qué significa eso: ni en experiencia propia ni a través de la educación.

Mi generación, una que estaba muy chica para entender las dificultades que enfrentaban sus padres y otra que nació en plena época de libertad y crecimiento económico, no sabe que es luchar por la justicia porque ésta siempre ha sido tácita y aparece en documentales no sabiendo responder la pregunta más simple de todas para los ciudadanos de un país con una historia tan sucinta como la nuestra: ¿sabes qué pasó el 20 de diciembre de 1989?

Hace poco me sugirieron que la razón por la que se habla tan poco de la invasión es porque a nadie le gusta recordar las cosas que ha hecho mal. Quizás también es cierto que la ambigüedad del asunto dejó al pueblo en una encrucijada: por una parte agradeciendo el fin del régimen y por otra cuestionando las muertes y el ataque a nuestra soberanía.

De la invasión yo solo sé lo que me cuentan, y lo que me cuentan no es suficiente. Al menos no para asegurar que mi generación, cuando llegue el momento, luchará por la justicia porque está  consciente de todo lo que puede perder si no lo hace.

La autora es periodista de La Prensa.

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Sobre el blog

Una buena parte de la población panameña desconoce o no ha asimilado aún todo lo que ocurrió en 1989.
El año inició con la decisión de los grandes partidos de oposición de ir a las elecciones con una nómina única: la de Guillermo Endara, Ricardo Arias Calderón y Guillermo Ford. Aquellos comicios del 7 de mayo terminaron con una golpiza a los candidatos, su declaratoria de nulidad y la designación del entonces contralor Francisco Rodríguez como presidente de la República.

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