José Mujica se entregó a la vida clandestina para cambiar el mundo desde las catacumbas. Participó en acciones guerrilleras espectaculares, resultó herido en enfrentamientos, salía de la cárcel y lo volvían a meter, logró fugarse dos veces y pasó 15 años en prisión.
La dictadura militar lo declaró rehén dentro de la cárcel, de modo que en cualquier momento podía ser ejecutado en represalia de lo que sus compañeros hicieran en la calle.
Lo encerraron en un pozo subterráneo, donde apenas tenía espacio para moverse.
A veces podía leer fragmentos de periódicos de los que le daban para ir al excusado, y entonces atisbaba, como a través de una rendija, algo de la vida de afuera, aunque se tratara de anuncios clasificados o una cartelera de cine.
Su única compañía eran unas ranitas a las que daba de comer miguitas de pan. Y allí descubrió que las hormigas gritan. Si uno tiene la constancia y la paciencia de llevárselas al oído, es capaz de escucharlas.
En El conde de Montecristo, Edmundo Dantés sufre en las mazmorras subterráneas una suerte parecida, y cuando al fin logra la libertad, ya en sus manos el tesoro que lo hará rico y poderoso, su dedicación sagrada es la venganza.
Arruinar y afligir a quienes lo habían enviado a prisión. Y entonces aprende que el desquite es una pasión que nunca se sacia. El lector siempre quiere ver a los malvados castigados a cualquier precio.
En la vida, hay otras escogencias que son las que al final perduran porque tienen una sustancia ética, y es esa la sustancia de la que están hechos los verdaderos estadistas.
Cuando un viejo guerrillero, un día encarcelado, llega al despacho presidencial, debe saber que la venganza solo puede ser un estorbo, así que el primer paso es desterrarla. Es lo que ocurrió con Nelson Mandela, y lo que ocurre con Mujica.
Cuando empuñó las armas lo hizo porque luchaba por establecer en Uruguay la dictadura del proletariado, dice. Hoy, sentado en la silla presidencial, menos cómoda que el taburete en su casa de Rincón del Cerro, declara que no cree en ninguna clase de dictadura, ni siquiera en la dictadura del proletariado.
La venganza no es más que uno de los aspectos de la personalidad de Edmundo Dantés. Destella como una joya maligna con resplandores de justicia, pero en el alma del personaje se hace acompañar de la soberbia del poder y de la arbitrariedad.
Si antes me humillaron y encarcelaron, mi única manera de tener paz es hacer justicia por mi propia mano, viene a ser la lección de este prisionero al que tomamos como héroe porque sacia nuestro propio apetito de venganza.
Nuestros caudillos latinoamericanos de la nueva cosecha parecen haber sido mejores lectores de El conde de Montecristo que de El espíritu de las leyes de Montesquieu, pues fueron y han sido capaces de establecer la arbitrariedad como sistema; un sistema que destruye las instituciones porque parte de la voluntad personal. El poder que satisface los instintos y no los ideales.
La dictadura militar en Uruguay rompió la tradición institucional, firmemente asentada en una cultura cívica que a su vez se fundamentaba en un sistema escolar de alta calidad.
Una vez que se restableció la democracia, las instituciones estaban allí y solo hacía falta echarlas a andar de nuevo.
De modo que Mujica es hijo de esa tradición que hoy sirve para cimentar sus propias ideas de cambio y renovación, en busca de convertir a su país en una nación moderna y equitativa. Un socialista íntimamente cercano a la democracia y lejano a los eslóganes.
La cárcel y las salas de torturas no son necesariamente purificadoras. Un prisionero puede llegar a ser un estadista, como José Mujica lo ha demostrado, pero tiene que haber aprendido a entender lo que le dicen las hormigas y las ranitas en lo hondo del pozo. Jamás malinterpretarlas o malversar sus voces. En eso consiste, en verdad, la sabiduría.
