En el año 1919, el presidente Belisario Porras, como parte de sus esfuerzos por unificar y modernizar la República, inició una campaña de supresión de la cultura tradicional de los gunas. En cuatro islas de San Blas que ya habían aceptado escuelas y destacamentos de policía, Porras ordenó quitar las narigueras y abalorios a las mujeres gunas, primeramente a las jóvenes alumnas de las escuelas y después a la población femenina entera. En los años siguientes, los policías conquistaron varias otras islas y trataron de eliminar la cultura indígena en su totalidad. Suprimieron la resistencia con la coacción y la violencia (a pesar de que no era la intención de Porras), y cortaron la comunicación entre las islas y con el mundo exterior.
Como bien saben muchos en Panamá, los gunas se rebelaron en el mes de febrero de 1925. Pocos días después del estallido de violencia, varios altos funcionarios que se dieron cuenta del maltrato de los indígenas negociaron un acuerdo duradero con ellos. Lo que muchos no saben es que los gunas solo recurrieron a la rebelión después de seis años de sufrimiento y de tenaz resistencia dentro del sistema político de Panamá.
Esta resistencia fue liderada por Cimral Colman, el anciano saila de Ailigandi. A pesar de su edad avanzada, Colman viajó incansablemente para animar la resistencia entre la gente de su sector y para hacer visitas relámpago a las islas que ya habían sido pacificadas cuando los policías las abandonaban por unos dos días. Estableció una red de comunicación a lo largo de la costa, con representantes y vigilantes en cada isla pacificada, quienes salían sigilosamente de noche para mandarle informes.
Más que todo, Colman inició una guerra de información. Tras cada ultraje por parte de los policías o cada acción despótica por parte del Intendente de San Blas, Colman presentó una queja en el Palacio de las Garzas o dirigió cartas a altos funcionarios, escritas por sus jóvenes secretarios. A pesar de los desmentidos vehementes de los intendentes y policías, a veces los altos funcionarios prestaron atención a las quejas de Colman e, incluso, una vez, en 1920, destituyeron al intendente del momento.
Colman también contrató a un abogado de Colón, José de la Rosa, para que consiguiera titular las tierras indígenas. El programa de titulación no dio buenos resultados y, en el año 1922, el Presidente declaró a de la Rosa persona non grata en la costa. Mientras tanto, sin embargo, Colman se aprovechó de los servicios del abogado para preparar cartas y memoriales, para defender a gunas en los tribunales e, incluso, para salvarse del encarcelamiento arbitrario.
Un aspecto sorprendente de la resistencia fue la poesía, la cual tanto Colman como Winston Churchill usó para inspirar a la gente. Como todos los sailas gunas, Colman cantaba a sus seguidores en la casa de congreso, y los historiadores gunas, como el saila Carlos López (Q.E.P.D.), han tenido en memoria sus metáforas e imágenes. En un canto clave, Colman cantaba que estaba en casa a medianoche acostado en la hamaca. Tras haber sido despertado por su madre, empezó a oír el sonido de una gran culebra espiritual, ascendiendo poco a poco desde los niveles del mundo de abajo. Por medio de ese canto y otros semejantes, Colman animó a sus seguidores a despertarse y a reconocer los peligros que venían amenazándolos, armándose para la resistencia.
Al cabo de seis años, Colman, sus seguidores y líderes aliados, atrapados entre la espada y la pared, tuvieron que abandonar la poesía por la insurrección. Por suerte su breve rebelión tuvo un resultado pacífico y duradero.
Hoy vale la pena recordar el sueño de Colman, porque las amenazas a los pueblos indígenas de Panamá, aunque de otra índole, no han desaparecido.
FUENTES
Editor: Ricardo López Arias
Textos: James Howe. Profesor de Antropología del MIT (Massachusetts Institute of Technology).
Fotografía: Rodelick Richard. Colección RLA/AVSU
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