2014: año de las conmemoraciones. 25 años de la invasión de Estados Unidos a Panamá para echar abajo al régimen militar imperante, y 50 años de la epopeya nacional por la soberanía.
En ambos episodios, trascendentales en la vida del país, sobresale la agresión del poder norteamericano contra el pueblo de Panamá.
Una acumulación de factores llevan hacia esas decisiones, que se traducen en una cantidad de víctimas mortales, heridos y daños cuantiosos a la población y nación agredida.
Después, años después de la epopeya del 9 de enero, empieza una negociación que culmina con los tratados Torrijos-Carter, que estipulan una agenda de descolonización de 23 años, que se convierten en un símbolo de atender Estados Unidos problemas latinoamericanos, aunque, en palabras de uno de los artífices, general Omar Torrijos, Panamá quedó bajo el paraguas del Pentágono. Palabras mayores.
Hace 50 años, los representantes de la población para los asuntos de la soberanía –ni hablemos del Senafront de entonces ni de los politicastros-, los estudiantes de secundaria, ni siquiera protestaban para obtener, por si acaso, alguna de las esclusas.
Luchaban, en forma exclusiva, para que se izase en lugares públicos de la Zona del Canal la bandera tricolor panameña, como habían convenido, en acuerdos, el presidente Eisenhower y el presidente Kennedy.
Empezó a crecer un grupo zoneíta que se oponía a acatar esos acuerdos, y los graduandos del Instituto Nacional y otros colegas se dirigieron el 9 de enero de 1964, al atardecer, a tratar de enmendar ese embrollo, que tomaba cuerpo en el Balboa High School. Seis de ellos pudieron cruzar la barrera policial.
No fueron recibidos con amabilidades por estudiantes, profesores, acudientes y hasta autoridades: los vejaron, les abuchearon cuando cantaron el Himno Nacional, y lo más crucial: les desgarraron el pabellón nacional, que el director del Instituto les había confiado para que izaran.
Cuando la radio y la televisión informaron sobre aquel hecho ardió Troya, y la población panameña se tiró a la calle, y, ante la agresión, con veintitantos muertos y más de quinientos heridos, el presidente Chiari se vio obligado a romper las relaciones diplomáticas del país con Estados Unidos. Una decisión inédita hasta entonces, por lo menos, con ese poderío, en el concierto de naciones. Cuatro meses estuvieron suspendidas.
Muchas historias de valentía en esa epopeya, sobre todo de los jóvenes. Las fuerzas policiales hicieron mutis, aunque se relata que uno que otro agente, por su cuenta, disparó desde la entonces avenida 4 de Julio, hoy avenida de los Mártires, en dirección a los agresores.
Como un globo superinflado por la acumulación, así estalló la población panameña ante tantos vejámenes de los estadounidenses en su nicho colonial.
Ante la aberración de un proceso político que obtuvo su mayor hito con la negociación de esos tratados canaleros, se registró la invasión de diciembre de 1989. Sin ninguna causa, y con gala de barbarie por un poderío que probó hasta la nueva merienda que los soldados llevarían después a la denominada Guerra del Golfo, desatada meses después.
Un pueblo agredido y cansado de los vejámenes de los agentes locales del poder, al que le costó entender que un vejamen mayor, contra toda la ley internacional, la de los hombres y la de Dios, es una invasión de esa naturaleza, en la que se vira todo el progreso civilizatorio.
No termina allí: transcurre el tiempo y aún no se sabe a ciencia cierta cuántas personas perecieron en esa afrenta, cuántas resultaron heridas y cuántos bienes se deshicieron.
La tragedia, por supuesto, es grande. Y las heridas no sanarán, de buenas a primeras, ni Estados Unidos rezarcirá nada de esa fechoría.

