Gramáticas compartidas

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En mis tiempos universitarios hubo un momento en que quise dejar la carrera que estudiaba: filología clásica, griego y latín clásicos, literatura griega y latina.

Había una asignatura que impartía un sabio, Francisco Rodríguez Adrados, que lo sabía todo de las gramáticas comparadas. Se llamaba “Indoeuropeo” y trataban las clases de la comparación de las gramáticas de todo el mundo indogermánico, desde en a.a.a. (antiguo alto alemán) hasta el a.s. (antiguo sánscrito).

Finalmente, me decidí a seguir la carrera y hoy me lo agradezco como no pueden ustedes imaginarse. Tengo para mí que la pobreza de nuestro lenguaje español actual, el que hablamos y el que escribimos, en el que nos expresamos, se debe a la falta de estudios de las gramáticas clásicas del latín y el griego, de donde viene el español que hablamos y escribimos, previo paso por el latín vulgar y el castellano, que fue clave en el nacimiento del español actual, aunque más clave es su expansión en América.

Tuve, además de Adrados, tres maestros al frente de la exigencia de enseñar y aprender: los catedráticos Emilio Lledó Iñigo, de Filosofía, José Sánchez Lasso de la Vega y Luis Gil Fernández.

Hubo, desde luego, muchos más, pero ellos representan la exigencia, ese nivel que hace que el esfuerzo desarrolle el músculo del saber y se quede para siempre como un conocimiento innato. Ellos me enseñaron de verdad griego y latín.

Me enseñaron a leer en verso La Eneida; me enseñaron la métrica fantástica del griego, cómo reconocer a primera vista un ritmo yámbico o uno dactílilo: cómo saber lo que era un quiasmo, una anáfora, un oxímoron. Gracias a ellos leí a Sófocles en griego, y supe de sus procedimientos narrativos y teatrales y las razones por que el dramaturgo utiliza aquí una descripción y aquí un monólogo; aprendí las técnicas del teatro griego, leí en griego con un placer inolvidable el Ayax y la Antígona de Sófocoles. Ahora recuerdo aquella tremenda anécdota, cuando le preguntaron a Carlos Saúl Menem, expresidente peronista argentino (perdonen la redundancia, y pongan cuidado, lean “Méndez”, que es mufa, da mala suerte), cuál era su autor favorito. “Sócrates”, contestó el tipo. Y se quedó impertérrito.

Si hoy me preguntan qué libro es el que más me ha influido en toda mi vida de lector y escritor diría sin duda La Odisea. Recuerdo cuando la leí, en plena exigencia de estudios en la Universidad de Madrid, por primera vez en griego. En griego homérico.

De entonces a hoy ha llovido mucho, pero yo me he seguido bañando en las páginas de Homero, registrando nuevos secretos y epifanías. Siempre que hablo del Ulises de Joyce mantengo que es imposible entenderlo bien, con toda la dificultad que tiene en sí mismo el texto, si no se conocen dos cosas: la vida del propio Joyce y la Odisea de Homero. A lo largo de todos estos años, he fabricado mi propia teoría sobre Homero y La Odisea, y me inclino a pensar que el escritor de las aventuras de Ulises (tal vez sea una escritora) no es el mismo que el de la Iliada, ni en el estilo ni en la frescura del lenguaje, ni siquiera en la poética y en el tratamiento de los personajes. Tal vez Ulises ni quiere volvió a Ítaca, sino que se quedó con Calipso en sus cuevas-palacios, cercanas a lo que hoy es Túnez. Eso sí: la fundación mítica de Lisboa se atribuye a Ulises, el mismo que sufrió las iras del dios de los mares, Poseidón, por haber matado a su hijo, el cíclope Polifemo.

Insisto en lo de las gramáticas comparadas; insisto en la lectura de los clásicos, de donde viene todo lo demás, incluidos Shakespeare y Cervantes. Insisto en que la pobreza y el desconocimiento del lenguaje existen porque las disciplinas clásicas han desaparecido de los planes de estudios obligatorios. Termino con una anécdota sangrante: durante mis años de televisión, un importante conductor del telediario donde yo era el comentarista cultural, me hizo una pregunta sobre Ulises. “Llámalo Odiseo, es su verdadero nombre”.

Durante el telediario, el director habló de Grecia y, al nombrar al héroe aqueo lo llamó Odiseo, como era su nombre de origen griego. Otro de los importantes periodistas del momento, comentarista de “asuntos sociales”, lo interrumpió en un descanso leve del telediario y le dijo: “¡Tío, la has cagado, ese no era Odiseo, sino Ulises!”. ¡No sabía que era el mismo personaje! Así nos luce el pelo. Así está la televisión. Así está todo, manga por hombro. Y las camas sin hacer.

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