El local no tenía nombre. Quedaba en un recoveco de una casa como cualquier otra en el Curundú de la antigua zona del Canal. Pertenecía a un estadounidense cuyo nombre se ha perdido con el pasar del tiempo. Era el primer videoclub que funcionó en Panamá, y lo hizo de forma clandestina, con películas pirateadas en idioma inglés en el entonces revolucionario formato Betamax.
La historia del cine para llevar a casa en el país empieza en los albores de la década de 1980.
Las películas solo se podían consumir en el cine o cuando por fin llegaban a la programación de las televisoras, pero la opción que otorgaba el Betamax introducido en 1975 tomó vuelo y, por primera vez, las personas podían quedarse con el séptimo arte, llevarlo en sus manos o en una bolsa para disfrutarlo en su hogar.
Aquel estadounidense anónimo consiguió muchas copias de producciones, y si alguien quería verlas debía darle unos dólares y devolverlas en unos días.
La voz se fue corriendo hasta que todos en los alrededores y más allá iban para conocer la experiencia de alquilar la magia del cine.
Pronto otros entrarían en el naciente negocio de prestar películas, ya con establecimientos más formales, pero con contenido 100% pirata, ante la ausencia o poca regulación tanto para el alquiler de cine como en materia de derecho de autor y propiedad intelectual.
Así, los videoclubes cobraban vida.
Ya para la entrada de la década de 1990 había tiendas de cine por todos lados, anota María Angélica Arribau, argentina de 70 años residente en Panamá desde 1969, clienta de aquel primer videoclub furtivo y propietaria del Videoclub Internacional que funcionó entre 1992 y 1995, enfocado en historias de corriente alternativa.
Eran tiempos de luces para los amantes del cine no solo por los videoclubes, sino por los cines de barrios que aún estaban y los títulos que se presentaban, pero también había sombras con la situación de la piratería que se fue saliendo de las manos, recuerda Arribau.
Tanto, que los principales distribuidores locales de copias ilegales, encabezados por Luis Sempero, llamado luego “el rey de la piratería”, extendieron los tentáculos de sus negocios desde Estados Unidos hasta la Patagonia argentina.
Los estrenos piratas llegaban al público antes que en el cine y con una excelente calidad, evoca Arribau.
Por eso, la regularización de la actividad llegó antes en Panamá para frenar la pujante de la piratería.
Nace en 1994 una Ley de Derecho de Autor y, con ella, aparecen en escena los distribuidores oficiales de los grandes estudios de la industria para plantar bandera. Era el comienzo del fin en una etapa de la historia de los videoclubes en Panamá.

