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Oligarquía y manipulación en 1964

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El presidente Marco ‘El rifle’ Robles recibe al presidente de Costa Rica. A su mano izquierda, la primera dama, Petita Saa de Robles. Detrás de ella, Fernando Eleta Almarán, ministro de Relaciones Exteriores y conductor de las negociaciones de los Tratados del Canal conocidos como tres en uno. El presidente Marco ‘El rifle’ Robles recibe al presidente de Costa Rica. A su mano izquierda, la primera dama, Petita Saa de Robles. Detrás de ella, Fernando Eleta Almarán, ministro de Relaciones Exteriores y conductor de las negociaciones de los Tratados del Canal conocidos como tres en uno.
El presidente Marco ‘El rifle’ Robles recibe al presidente de Costa Rica. A su mano izquierda, la primera dama, Petita Saa de Robles. Detrás de ella, Fernando Eleta Almarán, ministro de Relaciones Exteriores y conductor de las negociaciones de los Tratados del Canal conocidos como tres en uno.

Los disturbios de enero de 1964 han sido interpretados por algunos historiadores panameños como una “gesta” heroica que unificó espontáneamente a toda la sociedad contra la hegemonía de Estados Unidos (EU). Pero los documentos históricos de Panamá y de Estados Unidos revelan una realidad más compleja que muestra que la oligarquía panameña manipuló el sentimiento antiestadounidense de las masas y radicalizó su propia retórica para semejarla a la de los nacionalistas virulentos.

Otro mito propone que la “gesta” causó una victoria diplomática que dio paso a la recuperación del Canal. Sin embargo, la realidad fue que el desempeño de la élite casi acarrea la pérdida del derecho de recuperar el Canal.

La violencia del 9 de enero en cierto sentido contaba con el apoyo de los líderes de Panamá. De acuerdo con el estudiante que lanzó el primer puñetazo en la escuela de Balboa, Napoleón de Bernard, el Ministerio de Exteriores conocía las intenciones de izar la bandera en ese plantel.

Poco se supo con certeza (inmediatamente) sobre los muertos en cada lado, o cómo murieron. Del lado estadounidense, cuatro. Del lado panameño, veintiuno, de los cuales, de siete a ocho fallecieron asfixiados o por quemaduras en los actos de saqueo. Miguel Moreno, embajador ante la OEA, escribió al ministro de Exteriores, Galileo Solís, que Panamá debía demostrar que las fuerzas de EU habían matado a la “mayoría” de los panameños fallecidos. Sin embargo, en público los funcionarios panameños culparon a los soldados estadounidenses de causar la muerte a todos, directamente.

El Gobierno panameño sabía que le correspondía parte de la responsabilidad. La Policía, siguiendo órdenes del presidente Chiari, contuvo los disturbios solo al cabo de varios días. Algunos funcionarios reconocieron que toleraron los disturbios, porque temían represalias de los nacionalistas. “Nos habrían acusado de traidores y de antipatriotas”, manifestó el comandante de la Guardia Nacional, Bolívar Vallarino. Funcionarios de la Zona, por su parte, habían llamado ocho veces a funcionarios panameños, incluyendo a Vallarino, sin éxito.

Al cesar los disparos, reaparecieron las divisiones en la sociedad panameña, comprobadas en los medios, cuyos propietarios eran unas siete familias. Durante algunas semanas, los editores dieron rienda suelta a sus periodistas, puesto que el lenguaje antiestadounidense resultaba favorable a Chiari, ávido de exhibir a Washington una opinión pública indignada. Sin embargo, el 24 de febrero, en una aparente reacción contra la creciente solidaridad que forjaba la izquierda, Harmodio Arias y otros editores de medios comunicaron a la Embajada de EU que “accedían a suprimir completamente las noticias antiestadounidenses” para facilitar unas negociaciones distendidas.

Con el transcurso del tiempo, las inversiones disminuyeron y Chiari enfrentó la presión de los empresarios para que reanimase las conversaciones con EU, aun sin garantías de nuevas negociaciones.

Los estudiantes, por su parte, comenzaron a dar señales de que deseaban frenar una confrontación que la élite dirigiese contra el Gobierno de Estados Unidos. El dirigente Federico Britton sospechó que la postura de Chiari “no era voluntaria, sino que era resultado de la presión de las multitudes de la calle”. Otros amenazaron volverse contra Chiari si daba marcha atrás. Los grupos radicales rompieron con la corriente principal pro Chiari, y el cisma terminó restando eficacia a las concentraciones estudiantiles.

Cuando Marco Robles, primo de Chiari, ganó las elecciones en mayo de 1964, la élite volvió a ser la élite. Fernando Eleta, nuevo ministro de Exteriores, hizo saber que los días de los estadounidenses estaban contados. La prensa se dedicaba ahora a criticar a los manifestantes su “rebeldía desorientada” y trazaba una distinción apenas perceptible, entre el “patriotismo” de enero y el “imperialismo rojo” presente. Advertía de que “la acción represiva de las autoridades competentes debe hacerse sentir esta vez sin contemplación alguna”. Y así ocurrió. Marco El rifle Robles despachó a la Guardia Nacional a aporrear y a detener estudiantes y periodistas. Robles aclaró también que no presionaría a su contraparte estadounidense antes de las elecciones presidenciales. Robles llegó al extremo de cuestionar la “tesis” de Chiari, que sostenía que el Gobierno de Estados Unidos había sido el “agresor”.

En diciembre de 1964, Washington presentó una declaración unilateral que supuestamente le daba al gobierno de Robles lo que deseaba. Panamá obtenía una victoria simbólica, logrando que Washington admitiera que el Canal sería algún día completamente panameño y que intentaría construir otro canal. Pero la declaración añadía que “Estados Unidos debía seguir adelante, con Panamá y otros Gobiernos interesados en... un canal al nivel del mar en esta área”.

Los negociadores panameños enfurecieron, pues se hallaban atrapados en el esquema de la zanahoria y el palo: por un lado, necesitaban fondos de Estados Unidos y pequeñas concesiones. Temían además a las protestas estudiantiles sin una Guardia Nacional no fortificada por el Ejército de Estados Unidos; por otro lado, encaraban la posibilidad de tener una vía navegable obsoleta.

Las primeras conversaciones de 1965 fueron secretas. Los estadounidenses dominaron el proceso, proporcionando agendas y estudios de viabilidad, mientras que apuraban a Panamá a presentar contrapropuestas. “¡Ridículos! ¡Descarados!”, exclamaban los panameños en privado a sus colegas cuando confrontaban las propuestas de Estados Unidos.

Del lado panameño, nada se había ganado. Los verdaderos acuerdos quedaron retrasados hasta los años de 1970.

Enero, 1964. Sepelio de una de las víctimas de los sucesos de enero de 1964. A la izquierda del ataúd: el arzobispo Tomás Clavel y el obispo Daniel Núñez. A la derecha del ataúd, de izquierda a derecha: Camilo Levy Salcedo, director de protocolo; Galileo Solís, ministro de Relaciones Exteriores; Azael Vargas y el obispo Marcos Gregorio McGrath.

FUENTES

Editor: Ricardo López Arias

Autor: Alan McPherson. Profesor de Ciencias Políticas. Universidad de Oklahoma.

Fotografía: Colección RLA/AVSU

Comentarios: raíces@prensa.com

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