Perdido en la traducción

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Siempre sospeché que la teoría de los sabios de las lenguas del mundo es verdad; es imposible trasladar una palabra de una lengua a otra. Aunque se sepan dos lenguas (y hay quien sabe 10 y más, y traduce de todas ellas), la lengua solo es una: la lengua madre, que es alma de la palabra. De modo que, en cierta medida, los traductores son casi siempre traidores a una lengua, casi siempre a la suya, cuando no a las dos, la suya y aquella de la que traduce a la suya.

Esta teoría la discuten y la ponen a prueba todas las lenguas del mundo, desde las llamadas muertas, que ya no se hablan, hasta las que crecen en la espesura verbal del ser humano en cualquier parte del mundo. Que el traductor es siempre un traidor tiene una lógica aplastante: la lengua tiene estructura matemática, cada lengua tiene su matemática, y no hay en la lengua una matemática igual a otra.

El asunto pasa inadvertido para la inmensa mayoría de los seres humanos que no conocen más que su lengua, aunque ni siquiera sepan que tiene su estructura matemática, e incluso no sepan lo que es una estructura ni lo que son, en realidad, las matemáticas. Quienes saben más de una lengua, es decir, conocen una lengua “extranjera” a la perfección saben, sin embargo, que al alma de una lengua no se llega nunca y ahí está la vaina (o la cuestión): si no se llega al alma no hay conquista.

Imagínense: estoy en Tokio una vez más. Paseo por sus avenidas (Dori, en español avenida; aquí puede haber equivalencia, pero ¿traducción?). Me divierto yendo de un lugar a otro. Bien. Con el largo paseo, me entra hambre. Aquí, en Tokio, hay dos cosas extranjeras que la cocina japonesa ha conseguido “traducir” mejor que en el lugar de origen: la hamburguesa y la pizza.

Un asombro de delicadeza y finura el pan, la carne (hay lugares donde te la dan a escoger antes de molerla para ti, cliente occidental: tarda un poco, pero es una excelencia), los vegetales. Pero, como en la película de la Coppola, uno se pierde en la traducción. Quiero cebolla en la hamburguesa, le digo en inglés al cocinero. ¿Onion?, me contesta con otra pregunta. Onion, le digo sonriente, cortés: haciendo ejercicios afirmativos con mi cabeza sin perder la sonrisa.

No sabe lo que es onion en inglés ni cebolla en español. Me trae fotografías de todos los alimentos que tiene en el restaurante. Aquí no hay cebolla, le digo en mi insuficiente inglés. Tardo cinco minutos en enterarme de que el hombre no sabe inglés. Ni español, claro.

Nunca supe si había cebolla o no en el restaurante, pero me comí sin cebolla mi hamburguesa. Y repetí. Exquisitas, pero sin cebolla. Me quedé con ganas de comer cebolla en mi hamburguesa, pero la cosa es más grave en otras circunstancias. Con la pizza no: Margarita, pides. Así, en español. Y te atraen una pizza margarita maravillosa. Tampoco con ciertas bebidas ya universalizadas: mojito, por ejemplo, que lo hacen excelente con un limón japonés, del que ahora no recuerdo el nombre, que es una auténtica maravilla.

Le da un tono al mojito que liquida la fuerza del ron gracias al sabor ácido del limón.

Este viaje a Tokio, además, me está enseñando que no se está solo del todo cuando uno se pierde en la traducción, en inglés o en español.

Creemos que todo el mundo en Tokio sabe inglés, pero no es verdad. Es una minoría culta la que puede traducir, pero Tokio es una ciudad llena de gente culta, educada, limpia, cortés y todo lo demás. Ya lo sé: son bastante racistas y mucho más machistas. Errores de la Historia, que espero que se vayan quedando atrás.

Por ejemplo, el militarismo: quieren olvidarse de que fueron un imperio militar, quieren olvidarse de lo que hicieron sufrir y de lo que sufrieron después. Un cierto porcentaje, no poco importante, de tokiotas sospecha que habrá pronto una guerra con China. Una guerra terrible, me dicen. ¿Antes o después de que venga el gran terremoto? También esperan en Tokio un gran terremoto.

Yo tengo, lo he contado en otras partes, cuatro experiencias de temblores en mi vida. Dos han sido en Tokio. Las dos últimas: la última, precisamente, fue esta semana, en este mismo viaje.

Creí que se acercaba el gran terremoto. O la guerra con China, que es una inminencia que no llegará a cumplirse. Estoy seguro. Aunque, con los tiempos que corren de esta manera, lo más seguro es que quien sabe.

De momento, les repito a ustedes lo que ya sospechan: una buena hamburguesa en Tokio les hará olvidar, siquiera un rato, las profecías de los buitres que adelantan las locuras humanas del futuro.

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