Primeras cantinas del siglo XX

Primeras cantinas del siglo XX
Primeras cantinas del siglo XX

Las cantinas fueron en efecto numerosas. Francisco Posada anunciaba en su Guía de la Ciudad de Panamá para el año de 1897 la existencia de 18 cantinas principales, lo cual nos indica la existencia de otras más: 7 billares, frente 5 hoteles, 10 casas de huéspedes y restaurantes y 9 fondas.

Los extranjeros solían ver con horror y desprecio esta abundancia de cantinas. Pero lo cierto es que había variaciones entre uno y otro establecimiento de esta índole. Para el residente de El Arrabal, algunas de estas cantinas eran más que antros de perdición, sitios de reunión y diversión, tal vez precisamente porque eran de los pocos lugares accesibles a las clases bajas. Allí, podían compartir sus vivencias y opiniones del acontecer citadino.

Santiago McKay, con cierto sentimentalismo y nostalgia, evoca el sentir y pensar de la gente que acudía allí: La cantina de La Plata, por ejemplo, ubicada en la plaza de Santa Ana, era todo un monumento de madera que “en su época mereció aplauso y elogio de los moradores”... Aquí celebraron “animadas tertulias distinguidos caballeros de la localidad”, pero también hubo “florecimientos de amores prohibidos y citas ...”. La describía así: “La planta baja fue la que se metió en la historia de la ciudad como una intrusa. Se hizo tan coqueta y tan relamida con el salón de su cantina, llena de mesitas para jugar dominó y para jugar tragos, “con el cacho” y con su mesa para jugar billar, que vio a nuestros billaristas hacer flores con tacos y carambolas.

Si la planta baja se mareó con el orgullo de su salón, se volvió loca con la aristocracia del portal lleno de arcos, con piso de ladrillos cuadrados, con sus mesas para saborear el Martel y la Apolinaris, donde los chiquillos íbamos a buscar a nuestros padres para pedirles “medio” para la cosita”. También recuerda a la dueña, “aquella matrona que se llamó doña Chepita Cajar. Tronco de familia honorable, era respetada por todos los elementos sociales de la ciudad y muy visitada en los días de fiesta, cuando hacía las enormes ollas de ponche –leche, huevos, anís- con que obsequiaba al pueblo que acudía a las grandes fiestas de Santa Ana”.

En la cantina de Monteverde se vendían tallarines, confites europeos y en sus altos se encontraba el Casino Español. Centros de reunión de liberales de Santa Ana, de los distinguidos de la clase media de la ciudad y de las clases bajas, quienes -residentes en las cercanías de la plaza de Santa Ana- participaban activamente en las festividades y tal vez en las revueltas políticas de la época.

Singular vida fue la del Metropole, tal vez fiel reflejo de las penurias económicas de la vecindad; experimentó varias metamorfosis como centro de diversión: cantina, teatro, cine, hotel, casa de juego.

Podríamos percibir, pues, que la vida de barrio en estas cantinas no se limitaba a libar alcohol, al juego y a los amores prohibidos. Allí, la población adulta santanera recurría en busca de diversión -es obvio-, pero también con deseos de hacer vida social e inconscientemente fortalecer el sentido de pertenencia al vecindario y al de cohesión de grupo.

FUENTES

Editor: Ricardo López AriasAutora: Damaris Díaz Szmirnov. Profesora de historia. Universidad de Panamá

Fotografías: Carlos Endara. Colección RLA/AVSU

Comentarios: vivir+@prensa.com.

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