Raíces

Raíces: El fin de una era

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De acuerdo con la autora, ‘la tradición maniquea impuso un Omar bueno, sinceramente nacionalista, autor de tratados, por contrapartida a un Manuel Antonio Noriega representado como siniestro, corrupto y responsable de la invasión estadounidense de 1989’. De acuerdo con la autora, ‘la tradición maniquea impuso un Omar bueno, sinceramente nacionalista, autor de tratados, por contrapartida a un Manuel Antonio Noriega representado como siniestro, corrupto y responsable de la invasión estadounidense de 1989’.
De acuerdo con la autora, ‘la tradición maniquea impuso un Omar bueno, sinceramente nacionalista, autor de tratados, por contrapartida a un Manuel Antonio Noriega representado como siniestro, corrupto y responsable de la invasión estadounidense de 1989’.

Cuatro días después de la muerte de Omar Torrijos, un periódico de la localidad publicó una oración ante la “tumba recién abierta del héroe de la nacionalidad”, que apuntaba a la santificación de Torrijos en el imaginario popular:

“Señor,

ayúdanos a llenarnos

del valor de Omar,

del optimismo de Omar,

de la tolerancia de Omar,

de la honestidad de Omar,

de la malicia de Omar,

de los métodos de Omar,

de la paciencia de Omar,

del cariño de Omar,

de la firmeza de Omar,

del nacionalismo de Omar,

del coraje de Omar

de la humildad de Omar,

de la alegría de Omar,

del patriotismo de Omar

y de su identificación con los pobres de la república.

Y permítenos recoger su bandera,

darle un beso

y seguir adelante,

inspirados en sus ideales inmortales.

En su inconmensurable sencillez.

En su gran compasión y capacidad de perdón.

Para hacer de su Panamá querido,

la tierra que él soñó

Amén”. ( La República, 4 de agosto de 1981).

Torrijos murió el 31 de julio de 1981 en la cima de su popularidad cuando apenas comenzaban a manifestarse los primeros síntomas del desgaste de poder, y despuntaba una de las décadas más oscuras de la historia de Panamá. De manera que su memoria logró desligarse del proceso de los años de 1980, y quedó desvinculada de la figura de Manuel Antonio Noriega y de las acusaciones de corrupción, desaparecidos, narcotráfico, lavado de dinero, tráfico de armas y fraudes electorales que salpicaron al cuerpo armado en los años subsiguientes.

La tradición maniquea impuso un Omar bueno, sinceramente nacionalista, autor de los tratados, por contrapartida a un Manuel Antonio Noriega representado como siniestro, corrupto y responsable de la invasión estadounidense de diciembre de 1989.

La poderosa maquinaria político-ideológica del Partido Revolucionario Democrático -PRD- cuida mucho esta imagen idealizada del general, que representa uno de los mayores capitales políticos del colectivo.

La exitosa ecuación nacionalista que catapultó a Torrijos en la década de 1970 intentó ser reproducida por Noriega a finales de los años de 1980, pero el escenario no era el mismo y el personaje no poseía el carisma de Torrijos. Su discurso antiimperialista era anacrónico y carecía de credibilidad, porque su pasado como informante de la CIA era un secreto a voces en Panamá. De forma que la fórmula antiimperialista, que tan buenos resultados le dio a Torrijos para legitimar su gobierno, estaba destinada al fracaso.

En 1989, cuando Estados Unidos invadió Panamá, la percepción de gran número de panameños era que se trataba de una liberación. Veinticinco años después de los sucesos de enero de 1964 y 21 años del asalto al poder por parte de los militares, la antigua potencia victimaria emergía como la clave para alcanzar la libertad y restaurar la democracia perdida dos décadas atrás.

Lo cierto es que después de la firma de los tratados y de la muerte de Torrijos, que poseía la receta para enardecer el sentimiento patriótico, el nacionalismo perdió fuerza y comenzó a percibirse como un instrumento demagógico en manos de un dictador demonizado. A finales de 1980, mientras los antiguos líderes estudiantiles se hacían mayores, las nuevas generaciones de jóvenes experimentaban un nacionalismo más pragmático y globalizado.

Como si fuera poco, Noriega tenía dificultades para ganarse la simpatía popular. Su imagen aparecía envuelta en un halo de misterio que se originaba en un oscuro pasado familiar, cuyos entretelones no estaba dispuesto a revelar, lo que aumentaba aún más las especulaciones. A ello se agregaba que en un país aún dominado por los mandatos de la estética europea, sus facciones mulatas y su piel marcada por profundos surcos recuerdo de un severo acné juvenil, lo tornaban un personaje de aspecto siniestro, rechazado por sectores numéricamente importantes de la población que lo llamaban “cara de piña”. También circulaban rumores sobre su afición a los rituales satánicos, la brujería y la magia negra, así como a las orgías en medio de una danza de drogas y de ríos de licor.

Su caída en 1989 inauguró la última década de colonialismo en Panamá, previa a la entrega del Canal y a la recuperación de los mil 400 km2 del enclave. El desmantelamiento de la Zona del Canal, realizado a lo largo de poco más de 20 años, significó el fin de una era tanto para la República como para Estados Unidos. Para Panamá era un momento de celebraciones, en tanto que para los zonians significaba la culminación de un modo de vida idílico e irrepetible, el “fin del paraíso”.

Para Carlton Morris, que vivió en el enclave canalero entre 1961 y 1985, la Zona del Canal era “un pequeño mundo perfecto” en el que no existía la criminalidad ni la inseguridad. Jill Berger y su esposa hablan con nostalgia de “nuestro hogar” desaparecido, en tanto que el teniente coronel Thomas Wesley confiesa: “Tengo que pensar por un minuto cuando me preguntan de dónde soy ... Mi hogar se fue”. Para todos ellos, la ex Zona del Canal significa el “paraíso perdido”, por eso su sitio web rescata su memoria como “The Paradise Lost”.

FUENTES

Editor: Ricardo López Arias.

Autor: Patricia Pizzurno, profesora de Historia de la Universidad de Panamá.

Fotografía: Autoridad del Canal. Colección RLA/AVSU

Comentarios: raíces@prensa.com

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