La clase ociosa

Ando en medio de un ocio delicioso, justo antes de la tormenta (léase: hora de alimentar a la rotativa), y buscando un palo a donde ahorcarme (léase: inspiración). Y así, tecleando y tirando ideas al éter, he digitado una de mis condiciones favoritas: ocio. Es que me he estado leyendo una de esas novelitas díscolas que prefiero mil veces a sumirme en el triste estado de la política criolla, y en ella figura una trophy wife y está ambientada en Nueva York, esa meca del conspicuous consumption.

Así de fácil, tengo mi tema. El papasote del ocio era un tal Thorstein Veblen, no porque lo practicara, sino porque hace más de un siglo, hizo un mordaz análisis de las costumbres sociales de su día en su obra La teoría de la clase ociosa (1899).

El título en inglés, The Theory of the Leisure Class, donde leisure significa ocio o tiempo libre, representa mucho mejor los axiomas de Thorstein Veblen que el término más usado en español, “clase pudiente”.

El establishment temblaba al escuchar su nombre, ya que las ideas de este estadounidense con padres inmigrantes noruegos atacaban al orden establecido en su médula.

Eminente sociólogo, político y economista, fundó el institucionalismo, corriente del pensamiento económico (fines del siglo XIX y comienzos del XX), en Estados Unidos, la Meca del capitalismo.

La teoría de Veblen sobre el sistema industrial moderno; su comercio, motivaciones, fines, métodos y efectos fue tan crítica, que lo tachó de negador sarcástico. Indignado contra el sistema capitalista, era abiertamente hostil ante los líderes capitalistas del día.

El término más famoso acuñado por Veblen es conspicuous consumption, o derroche ostensible, y define que la superior satisfacción que se deriva del uso y contemplación de productos costosos y a los que se supone deseable es, en gran parte, una satisfacción de nuestro sentido de lo caro, que se disfraza bajo el nombre de belleza.

Lo que me fascina de la obra de Veblen es su extemporaneidad. Escrita en la época dorada de los robber barons o barones ladrones, como se apodó a los “capitanes de la industria” tales como los Morgan, Rockefeller y Vanderbilt, sigue teniendo la misma vigencia que tenía entonces, o para los efectos, desde los albores de la civilización.

Expone que en las primeras sociedades, el colectivo aseguraba supervivencia y no existían las distinciones clasistas. Poco a poco, a mayor habilidad, más privilegios, mujeres fértiles y prole próspera.

Así, los más fuertes simplemente asumieron el poder (aristocracia, del griego aristos, lo mejor + kratos, dominación) y el trabajo físico adquirió connotaciones peyorativas.

Y nació la clase ociosa, cuyo dogma es que la riqueza vale únicamente si se hace un despliegue obnoxio de ella mediante el gasto desmedido en artículos totalmente innecesarios.

O sea, que “más caro” pasó a significar “mejor”. Al fin y al cabo, ¿por qué lucir un Swatch, cuando existen los Patek Philippe Grand Complications? Porque al final del día, el que muere con más juguetes y más caros, gana.

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