Los falsos amigos del idioma y los pueblos

Hay dos cosas que me irritan de la televisión. Bueno, hay muchas más –entre ellas tener que enterarme de los procesos de higiene de los otros países con quienes compartimos el servicio provisto a Latinoamérica, dada la exuberancia de comerciales sobre el tema– pero las que más me molestan son: que nadie baja los cubiertos entre bocado y bocado, utilizando el tenedor como la varita de un director de orquesta, y las malas traducciones, entre ellas el mal uso de la palabra “asumir”, cuando quieren decir presumir o suponer.

Porque bien sabemos que en español uno no asume si se trata de especular, deducir, presumir o suponer; uno asume cuando (según el DRAE) atrae para sí, toma para sí; se hace cargo, se responsabiliza de algo o lo acepta; cuando se adquiere o algo toma una forma mayor.

O sea que asumir no es sinónimo de aquella conclusión a la que llegamos tras un proceso deductivo que puede ir de lo sublime (piensas, luego existes) a lo ridículo (“¡bruja!” te gritan, luego existe libertad de expresión). Y para decir verdad, aunque meto palabras en otros idiomas, intento escribir en español correcto; cuando lo hablo siempre se me escapan los falsos amigos, como llaman los lingüistas a los cognados, esas palabras que en un idioma significan una cosa y en el otro, otra totalmente distinta. Tengo un par de amigas que rutinariamente se rasgan las vestiduras ante mi flagrante malear del idioma.

Por ejemplo: bizarro. En inglés, bizarre califica a algo realmente extraño, como recordarán que en Smallville uno de los egos alternos de Clark/Supermán era Bizarro, un tío algo villanesco, resquebrado y maligno. En español, sin embargo, es sinónimo de gallardo y valiente. Ya me quité de encima el mal uso de “obscuro” para indicar algo poco conocido. El DRAE te conduce a “oscuro” y solo lo permite en referencia a linaje. Bizarro, en español, significa “valiente, generoso, lúcido y espléndido”.

Llegué al tema de lo obscuro buscando entre mis diccionarios y glosarios para otra cosa que escribía.

Entonces me encontré con la palabra galimatias, en inglés, que tiene su origen en el latín gallus o gallo y el griego mathia o aprender, y que ya en el siglo XVI se refería a un candidato de disertación doctoral, pero que hoy en día se aplica más al que habla incoherencias, más similar al “cantamañanas” de nuestra lengua, una persona informal, fantasiosa, irresponsable, que no merece crédito, que al galimatías en español proveniente del francés, que se refiere a la confusión y el desorden. Y así llegamos al meollo de nuestra dirigencia cantamañanas sin bizarría (despliegues de las cualidades de un bizarro), que cuecen sus nefastos caldos a oscuras.

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