reordenamiento del sistema

Democracia e institucionalidad

La dirección que está tomando el sistema internacional nos obligará a reconocer que las instituciones son mucho más importantes que la democracia en sí.

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A casi tres lustros del comienzo del siglo XXI, el rumbo del sistema internacional aparece marcado por un hecho central: la pérdida relativa de poder por parte de Estados Unidos (EU) y el ascenso de una serie de potencias –con China y Rusia a la cabeza– dispuestas a modificar la arquitectura ideológica, política y económica impulsada a nivel global por Washington tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

En este reordenamiento de fuerzas, la democracia liberal ha sido una de las mayores damnificadas. Derrotada en (casi) todos sus enfrentamientos con el capital, herida por las contradicciones naturales de su principal ejemplo y patrocinador –EU, un imperio que se cree república– y despojada de su monopolio sobre el desarrollo económico por el dragón chino, atraviesa su peor momento en las últimas seis o siete décadas, algo que no tiene visos de cambiar.

En un mundo cada vez más interconectado (y claustrofóbico), el fenómeno que Fareed Zakaria bautizó como “el ascenso de los demás” –y que bien podría ser el terremoto geopolítico más significativo desde el “ascenso de Occidente” hace 500 años– impondrá nuevos paradigmas y realidades que exigirán reajustes y respuestas de parte de todos los componentes del sistema internacional. En el aspecto político, la decadencia de los conceptos de “democracia” y “dictadura”, como expresiones absolutas del bien y el mal –con la celebración de elecciones como principal distintivo entre una y otra–, empujará a gobiernos e individuos a lidiar con una complejidad que, si bien siempre estuvo allí, era más fácil de ignorar al amparo del poder estadounidense.

Anarquía, orden y gobierno

Para comenzar a comprender la democracia y su valor, es necesario partir de una de las premisas fundamentales de la vida en sociedad: la necesidad de evitar la anarquía. Bajo su yugo, escribió Thomas Hobbes, la existencia humana es “desagradable, brutal y corta”.

La creación del orden es, en consecuencia, el imperativo central de la civilización, una aspiración universal expresada en todas las culturas y épocas. “El mundo puede vivir con tiranía, pero no con anarquía”, reza, por ejemplo, un antiguo proverbio árabe. En la búsqueda y mantenimiento del orden, lamentó Herman Melville en Billy Budd, hasta la belleza misma debe ser sacrificada.

Por su propia naturaleza, todo orden es inevitablemente jerárquico. “Lo contrario de anarquía –señaló Kenneth Waltz– no es estabilidad, sino jerarquía”. A su vez, la forma de jerarquía más común es la de un gobierno, cuya principal función es monopolizar el uso de la violencia en un espacio geográfico definido. Sin ese monopolio, escribió Hobbes, es imposible castigar al malhechor y, por ende, el bien y el mal carecen de sentido práctico.

Hay, entonces, una relación existencial entre el destino de una sociedad y su forma de gobierno. “No hay mayor necesidad para los hombres de una comunidad que la de ser gobernados”, escribió el intelectual estadounidense Walter Lippmann. “Autogobernados de ser posible; bien gobernados si tienen suerte. Pero gobernados, en cualquier caso”. Su reflexión es inmensamente valiosa, pues pone de relieve una relación conceptual que, aunque suele ser ignorada, es cada día más importante para entender la situación global: más allá de sus particularidades, toda forma de gobierno descansa sobre el establecimiento –sea por votos o por violencia– de un orden jerárquico y desigual. Sin este, nada –ni la libertad ni la justicia– tiene valor ni significado.

Democracia y dictadura

El reconocimiento u omisión de esta raíz común resulta determinante a la hora de hablar de democracias y dictaduras. Aquellos que ignoran la centralidad del orden –ante todo y sobre todo– suelen hablar de los países y sus sistemas políticos en términos maniqueos, derivando todos sus juicios a partir de una simple premisa: la democracia es buena, la dictadura es mala. Esa actitud, además de ser infundada y simplista, es también peligrosa. “Dividir al mundo en el blanco y negro de demócratas y dictadores acarrea una completa omisión de la complejidad política y moral en docenas de países”, escribió Robert D. Kaplan. Para el veterano corresponsal y analista, es el deber de las ciencias políticas reconocer y explicar “un mundo en el que, así como hay malos demócratas, también hay buenos dictadores”. Los líderes mundiales, concluyó, “no deben ser clasificados en términos dicotómicos sino en infinitos tonos entre el blanco y el negro”. En sus palabras se hallan representados aquellos que, quizá por nunca perder de vista el peligro de la anarquía, suelen reconocer que la comprensión de la complejidad de cada situación es infinitamente más valiosa que su clasificación moral.

¿Qué significa esto en términos concretos? En un ensayo para Stratfor, Kaplan se pregunta cómo es posible, por ejemplo, meter en el mismo saco a las dictaduras asiáticas y a las árabes. Las primeras, influenciadas por el confucianismo y ejemplificadas en Lee Kuan-Yew (Singapur), Park Chung-hee (Corea del Sur), Chiang Kai-shek (Taiwan) o Mahathir Mohamad (Malasia), “impulsaron el desarrollo económico y tecnológico, trajeron una mejor gobernanza y calidad de vida y, más importante aún, dejaron a sus sociedades bien posicionadas para la implementación de reformas democráticas”. Las segundas, motivadas por híbridos ideológicos seculares y anticolonialistas –y encarnadas en Hafez al Assad (Siria), Saddam Hussein (Irak), Gamal Abdel Nasser (Egipto) y Muammar Gadafi (Libia)–, “desembocaron en tiranías mucho peores que las que vinieron a reemplazar”.

Las realidades actuales de unos y otros dejan rotundamente claro que existen dictaduras y dictaduras. Pero no todos los ejemplos son tan fáciles de analizar. ¿Qué decir, por ejemplo, de Vladimir Putin, un hombre que, según Kaplan, está más cerca del autoritarismo que de la democracia pero que “ha restaurado la estabilidad en Rusia y mejorado dramáticamente la vida de sus ciudadanos”? ¿Dónde ubicar a Augusto Pinochet, que “expandió la economía chilena, creó más de un millón de trabajos, redujo drásticamente la pobreza y preparó a su país para la democracia” mientras torturaba y asesinaba a miles de sus oponentes? Para Kaplan, el del dictador chileno es el caso más “moralmente irritante” de todos, una perturbadora prueba de que “en el mundo de los asuntos internacionales no solo existen infinitos tonos sino que, a veces, es imposible saber dónde ubicar a alguien en el espectro”.

Las herramientas del orden

De los párrafos anteriores se desprenden dos conclusiones importantísimas. La primera es que no existe un relación directa entre democracia, dictadura y el nivel de centralización del poder en una sociedad. En otras palabras, una sociedad nominalmente democrática –que, digamos, celebra elecciones transparentes de forma periódica– puede estar mucho más cerca de la tiranía –por el nivel de concentración de poder en el presidente, por ejemplo– que una dictadura con altos niveles de planificación, rotación de poder y disciplina intergubernamental. En este marco, la tiranía constituye un problema infinitamente más grande que, digamos, la falta de elecciones, por un sencillo motivo: mientras más concentrado está el poder en una sola persona, menos se atreven los que la rodean a decirle la verdad. El tirano, demuestra la historia, comete constantemente errores garrafales –casi imposibles de creer– porque la misma capacidad de intimidación que lo mantiene en el poder lo condena a la vez a operar en un vacío de información. La comparación entre Panamá y la República Popular China en los últimos cinco años ejemplifica bastante bien esta situación.

La segunda conclusión es aún más importante, y podría resumirse con la primera oración del libro El orden político en las sociedades en cambio, de Samuel Huntington. “La distinción política más importante entre los países no es su forma de gobierno sino su nivel de gobierno”, escribió el ya fallecido profesor de Harvard en 1968. “Las diferencias entre democracias y dictaduras son menos que las diferencias entre aquellos países cuyos sistemas políticos encarnan consenso, comunidad, legitimidad, organización, efectividad y estabilidad, y aquellos cuyos sistemas políticos son deficientes en estos aspectos”. Viéndolo desde el ángulo opuesto, Kaplan escribió que “las democracias fuertes tienen más en común con las dictaduras fuertes que con las democracias débiles”.

Fuera de contexto, la frase anterior puede sonar como el cénit del sinsentido. La premisa que la sustenta, sin embargo, no podría ser más sólida: si la condición sine qua non es la instauración del orden, es lógico que los ídem más sofisticados –sean democráticos o dictatoriales– figuren en una categoría distinta a la de aquellos en los que el fantasma de la anarquía asoma detrás de cada esquina. El reconocimiento de esa diferencia, sin embargo, no explica sus causas. ¿Qué es lo que separa a los sistemas políticos fuertes de los débiles? Tanto la historia humana como las ideas de Huntington enseñan que la fortaleza de un orden político está directamente relacionada con el desarrollo de sus instituciones.

Las instituciones son las herramientas más poderosas del orden. No tienen cara, ni familia ni amigos ni cambios de ánimo o salud ni preferencias personales. Al ser la encarnación de la ley, su aspiración es universal, que es exactamente lo contrario de lo individual. La contradicción que llevan en su esencia –un ente impersonal compuesto por personas– hace que su desarrollo sea lento y frustrante. Concretamente, las instituciones necesitan de burócratas para funcionar. Esos burócratas, casi por definición, deben estar familiarizados con los procedimientos y principios que rigen el orden institucional. Deben, en definitiva, estar educados. Las instituciones y su funcionamiento, entonces, no son solamente el mejor indicador de la sofisticación política de un país. Son, de manera mucho más importante –e independientemente de lo que digan las élites del país–, el diagnóstico más fiel y revelador de la calidad de su materia prima, su población. Precisamente por eso, son más importantes –y determinantes– que la democracia.

El mundo en clave institucional

Las instituciones son tan poderosas que una parte sustancial de la historia del mundo en las últimas décadas se puede explicar a través de ellas. Las dictaduras asiáticas, como ya se mencionó, dieron paso a democracias fuertes solo cuando alcanzaron un alto nivel educativo que, a su vez, permitió el desarrollo de instituciones sólidas. Tras la caída del muro de Berlín, los países de Europa central no tuvieron mayores problemas en la construcción de democracias y economías funcionales pues ya contaban, desde hace siglos, con altos niveles de alfabetismo y una significativa cultura burguesa. En el extremo opuesto están los países árabes de Oriente Medio, que con sus niveles bajos de educación –especialmente a nivel femenino– y débil cultura burguesa han terminado refugiándose en identidades tribales y sectarias tras la caída de sus dictaduras. Y allá, al fondo, se encuentra el África subsahariana, donde muchos Estados ni siquiera controlan la totalidad de su territorio y, en consecuencia, no han podido siquiera establecer un orden de ningún tipo.

A medida que avance el siglo, la necesidad de una cosmovisión política más sofisticada se hará imposible de ignorar para todos los componentes del sistema internacional. Y el mejor punto de partida para esa cosmovisión será el énfasis en las instituciones como piedras angulares del orden político. Solo así será posible entender algunas de las dinámicas más importantes de nuestro tiempo. Por qué, por ejemplo, la tecnología de la información y la creciente urbanización –al disparar la necesidad de instituciones, desde policía hasta servicios básicos– traerán mucha más inestabilidad política a nivel global. O por qué, en ciertas sociedades, es muy posible que monarquías –poseedoras de una legitimidad histórica aceptada por la mayoría– o dictaduras militares –si los oficiales que las forman están más educados que el promedio de la población– puedan establecer órdenes más eficientes que cualquier intento de democracia.

Finalmente, ese cambio de paradigma estará íntimamente ligado a nuestra cultura mediática y, en consecuencia, a la manera como hacemos periodismo. Precisamente por lo lento y tortuoso del desarrollo institucional, los periodistas solemos concentrarnos en los procesos electorales (propios y ajenos), que nos ofrecen todos los ingredientes de una buena historia, desde la rivalidad hasta una narrativa fácil de explicar y entender. Por la inaccesibilidad lingüística o cultural de la gente común, nos formamos ideas de los países entrevistando miembros de sus élites, que suelen tener más similitudes con nosotros que con sus compatriotas. Así, no es de extrañar que entendamos el mundo a través de ideales universales y absolutos morales, o que asociemos elecciones con democracia, y democracia con estabilidad y prosperidad.

La realidad, sin embargo, es completamente distinta, y por eso nos explota periódicamente en la cara. Siempre lo fue, de hecho, pero la unipolaridad del mundo distorsionó nuestra interpretación de él. Ahora, el empuje de la historia nos obliga a reaccionar. De cara al exterior, el nivel de institucionalidad de un país deberá pesar mucho más en nuestras consideraciones que su celebración o no de elecciones. Y dado que los demás países nos juzgarán de esta misma manera, la construcción de una democracia fuerte adquirirá aun más importancia. Para ello, Panamá tendrá que mejorar dramáticamente la calidad de su educación. La democracia, debemos entender, no se hace con base a elecciones. Si no cambiamos rápido nuestras prioridades, es posible que acabemos sin ambas.

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