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02 sep Conferencia: Geopolítica y Relaciones Internacionales

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(El pasado jueves 28 de agosto tuve el honor de dar una conferencia en la Facultad de Administración Pública de la Universidad de Panamá. A continuación reproduzco de manera íntegra el texto de la misma junto con las figuras y mapas que usé en la presentación).

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La Geopolítica y las Relaciones Internacionales

Poder y Hegemonía en los conflictos de la actualidad

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Buenos días a todos. Es imposible expresarles el honor que representa para mí poder estar aquí, con tanta gente inteligente dispuesta a escucharme. Desde ya quiero agradecerles a todos su presencia y su atención. En especial quiero dar gracias a esta Facultad de Administración Pública y al Dr. Edgar Spence, que es con quien he coordinado todo. De todo corazón, espero que no sea la última vez que podamos compartir.

Bien. El título de la conferencia es  La Geopolítica y las Relaciones Internacionales: Poder y Hegemonía en los conflictos de la actualidad. El título tiene su encanto, pues la primera parte –la de Geopolítica y RI— sugiere un lado más teórico, mientras que la segunda no solo suena interesante –como siempre que se habla de poder, hegemonía y conflictos— sino que la palabra “actualidad” la aterriza al aquí y al ahora. Esto me viene como anillo al dedo, pues al fin y al cabo soy un periodista, y los periodistas vivimos de la actualidad.

Quizá lo primero que haya que decir es que cada uno de los conceptos del título amerita por sí solo una enciclopedia. El material es extremadamente amplio, y –para bien o para mal— solo tenemos una hora para tratarlo. Por ello, intentaré ser lo más breve y conciso posible. En la primera parte de esta conferencia –que será más teórica— estableceremos nuestras definiciones de trabajo, miraremos un poco a la historia de la geopolítica y amarraremos todo esto al momento actual. En la segunda parte iremos a lo práctico y más divertido: los mapas. Comenzaremos interpretando el mundo de acuerdo a las ideas de los gigantes de la geopolítica, y luego analizaremos a tres de los países más importantes del mundo –Estados Unidos, Rusia y China— desde el punto de vista geopolítico, lo que nos permitirá aumentar nuestro entendimiento de algunos de los conflictos de la actualidad.

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1. Conceptos básicos: geografía, geopolítica y geoestrategia

Phil McGraw, mundialmente conocido como el “Dr. Phil” del programa de Oprah Winfrey, dijo una vez que “no existe la realidad, solo la percepción”. Eso quizá sea cierto en su ámbito –o quizás no—, pero seguramente no lo es para los que estamos en este salón. Porque la geopolítica enseña exactamente lo contrario: que hay una realidad fundamental amarrada al poder nacional, y que las pasiones populares, o de las élites que gobiernan, tienen un efecto meramente transitorio sobre las cosas. Para conocer esa realidad fundamental, la geopolítica estudia la relación entre la geografía y el poder, lo que le permite identificar las cosas que son eternas, las que son de larga duración y las que son temporales.

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"No existe la realidad, solo la percepción".

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Este eje temporal es absolutamente fundamental, pues nos ayuda a ver las cosas en perspectiva, sobre todo en comparación con nuestro propio periodo de vida como seres humanos. Nos ayuda, en pocas palabras, a darle la proporción debida a nuestra vida y nuestros tiempos, que a nosotros nos parecen lo más importante del universo. Sobre ese eje temporal, entonces, plantearemos tres conceptos fundamentales que nos permitirán avanzar: geografía, geopolítica y geoestrategia.

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1.1.  La geografía es la realidad física. Punto. Las montañas, los ríos, los mares, los vientos, el clima y todo lo demás. Salvo algunas excepciones –como cambios dramáticos de índole geológica (desastres naturales o grandes obras de ingeniería) o política (cambios de frontera, conquista, etc.)— la geografía suele ser una constante.

1.2. Luego está  la geopolítica, que es esa geografía interpretada por el ser humano. En otras palabras, la geopolítica es la combinación de la realidad física y la capacidad humana, o de la geografía y la tecnología. De ambas resulta una distribución específica de recursos –de toda índole— y líneas de comunicación que le asigna valor a cada lugar según su importancia estratégica. Dado que la capacidad humana avanza constantemente –descubriendo o construyendo nuevas rutas, accediendo a nuevos centros de recursos naturales, aumentando o disminuyendo la demanda por tal o cual recurso, y así sucesivamente—, la geopolítica no es una constante sino una variable que describe la cambiante distribución geográfica de las rutas y los recursos económicos y naturales, así como las fronteras entre Estados.

1.3. El último concepto fundamental es el de  la geoestrategia, que es la respuesta de cada Estado a su realidad geopolítica. Más precisamente, la geoestrategia describe dónde y cómo un Estado concentra sus esfuerzos militares o diplomáticos. Es importante aclarar que la geoestrategia no necesariamente está motivada por la geografía o la geopolítica: un Estado puede tomar decisiones de política exterior basándose en motivos ideológicos, intereses grupales (o personales) o simplemente por capricho o ignorancia. Debido a esto –además de a los cambios geopolíticos— la geoestrategia suele cambiar con considerable rapidez.

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La geografía, la geopolítica y la geoestrategia pueden ser vistas como tres capas del ámbito internacional que cambian a velocidades distintas y por motivos diferentes. Si bien están relacionadas, no se determinan mutuamente.

La relación clave es la de geopolítica y geoestrategia, ambas variables. En este sentido, el desafío eterno para los estrategas es que la geoestrategia muchas veces no refleja automáticamente a la geopolítica subyacente. Especialmente en momentos de grandes cambios geopolíticos, a muchos Estados les cuesta –por motivos que cubren todo el espectro entre lo lógico y lo absurdo— hacer las modificaciones geoestratégicas necesarias.

Naturalmente, cuando hay una desconexión entre la geoestrategia de un Estado y su realidad geopolítica, ese Estado comienza a decaer, perdiendo control sobre recursos y líneas de comunicación, y disminuyendo su influencia sobre otros Estados. Cuando geopolítica y geoestrategia se alinean, ocurre lo contrario.

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2. Historia de la geopolítica: ascenso y caída

Los conceptos anteriores son, en mi opinión, la mejor herramienta para analizar la relación entre geografía y política. Para llegar a ellos, sin embargo, hubo que recorrer un largo camino. Concretamente, son tomados del libro  Great Powers and Geopolitical Change, publicado por el académico Jakub J. Grygiel, de la Universidad Johns Hopkins, en 2006. El planteamiento de estos conceptos en los primeros capítulos del libro nace precisamente del desafío conceptual que ha representado la geografía a la hora de ser incluida en el complejísimo panorama de las naciones y sus destinos.

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La portada del libro de Grygiel, publicado en 2006.

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Para entender este desafío, es necesario considerar que la geografía, estrictamente hablando, es una ciencia natural. Si se parte de ella, el estudio de su influencia sobre la conducta humana tiende casi irremediablemente a ser determinista, como lo son todos los resultados de las ciencias naturales. Por otro lado, las ciencias sociales se centran alrededor del hombre y sus capacidades. Por su propia naturaleza, entonces, si se usan como punto de partida tenderán a descontar la geografía como factor determinante. El dilema que define más de un siglo de estudio geopolítico, de hecho, es si la geografía moldea al hombre o lo contrario.

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2.1. Los geógrafos

Los primeros en mezclar geografía y política fueron geógrafos o, en general, académicos de formaciones científica. En su visión, la geografía determina la distribución del poder a través del clima, los recursos, los accidentes geográficos y la disposición de los continentes. Al estar mayoritariamente fuera del control humano, esta realidad determina el curso de la historia. A los seres humanos solo les queda adaptarse a las características del lugar donde viven.

Los geógrafos, por supuesto, admiten cierto rol para la tecnología –haciendo ciertos lugares habitables o conectando regiones aisladas— y la voluntad humana en general, lo que convierte a la geopolítica en una ciencia dinámica, al contrario de la geografía política, que es estática. Lo importante, sin embargo, es que en el análisis final la realidad geográfica es insuperable por el hombre y determina la distribución de poder y el curso de la historia.

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Sir Halford Mackinder (1861-1947)

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El más reconocido de los geógrafos es el hombre considerado el padre de la geopolítica, el británico Sir Halford Mackinder. Discutiremos sus ideas más adelante, pero lo importante es reconocer que su interpretación del mundo es extremadamente poderosa. Mackinder, en otras palabras, encontró la lógica geográfica de la historia. Leerlo, honestamente, es sentir que desatas el nudo gordiano de la realidad humana. El atractivo de sus ideas fue tanto que –de manera equivocada, a mi juicio— su nombre terminó asociado con lo peor de la  Geopolitik nazi, que básicamente pervertía el enfoque geográfico para justificar la superioridad alemana y su necesidad de expansión. Al hacerlo, los geopolíticos nazis –entre los que se destaca Karl Haushofer— convirtieron el estudio de la política y la geografía en una teoría ideológicamente motivada.

La  Geopolitik nazi marcó un punto de inflexión en el estudio de la geopolítica. Para algunos le hizo un gran daño, mientras que para otros sirvió como un gran aviso para evitar el determinismo geográfico –tan tentador— que siempre husmea cuando se interpretan políticamente los mapas. La reacción natural de la academia fue la de asignarle un rol más sustancial a los seres humanos, y así la geopolítica comenzó a entrar en el reino de las ciencias sociales.

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Karl Ernst Haushofer (1869-1946)

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2.2. Los realistas clásicos

Mientras esto sucedía, en Estados Unidos se comenzaban a desarrollar las Relaciones Internacionales como disciplina académica. Los geógrafos de antaño dieron paso a los politólogos como los principales alquimistas de la geografía y la política. De esa combinación salieron dos libros esenciales,  America's Strategy in World Politics y  Politics Among Nations. Sus autores, Nicholas J. Spykman y Hans Morgenthau respectivamente, comenzaron un estudio sistemático de las relaciones entre Estados con la realidad geográfica constantemente de fondo, evitando caer en el determinismo y dándole más importancia a la acción humana.

Concretamente, Spykman y Morgenthau hicieron dos cambios fundamentales: primero, limitaron la geografía al ámbito de la política internacional. En ese sentido, es gracias a ellos que estamos en esta conferencia, así que imagínense de qué clase de genios estamos hablando. Y en segundo lugar, rebajaron la centralidad de la geografía, considerándola una de muchas variables en el poder y la conducta de los Estados. Para los realistas clásicos, la geografía era una forma más de poder, junto a los recursos naturales, las capacidades industriales, la idiosincracia nacional y demás.

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2.3. La geografía como obstáculo al poder

El problema de los realistas clásicos fue que, al buscar balance, también introdujeron ambigüedad, y eso dio paso a una nueva escuela de pensamiento. Los teoristas que le siguieron a Spykman y Morgenthau, basados en la ambigüedad de la geografía –podía ser fuente de poder o de debilidad— argumentaron que lo verdaderamente era importante era el poder. Dentro del marco del “poder puro”, la geografía no es una fuente de poder sino un limitante, una especie de fricción que aminora la proyección de poder. En ese caso, puede ser superada: al fin y al cabo, los avances tecnológicos sirven para mitigar –y eventualmente eliminar— los efectos de la geografía.

El resultado de esta dinámica culminó en la desaparición total de la geografía como factor en el estudio de la política internacional. Borrachos por los avances tecnológicos, los nuevos pensadores declararon que la distancia y las demás realidades físicas eran poco menos que ilusiones en el contexto de las relaciones internacionales. Las realidades políticas comenzaron a explicarse exclusivamente por variables políticas, completando la mencionada transición de una ciencia natural a una ciencia social.

En el apogeo de esta tendencia se encuentra el recientemente fallecido Kenneth Waltz. En su teoría, el sistema internacional es un grupo de reglas y patrones de comportamiento abstractos que fuerzan a las potencias a balancearse entre sí. La posición de cada Estado dentro de ese sistema –y no dentro del mundo físico de continentes, montañas y mares— determina sus acciones. Esa posición, a su vez, es determinada por la cantidad de poder relativo que posee con respecto a otros Estados, y no por su geografía.

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Kenneth Waltz (1924-2013)

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2.4. El revival

El problema con el enfoque de Waltz es que dejó de ser relevante para la toma de decisiones a nivel gubernamental, militar y demás. Sus teorías, tan elegantes como inútiles para los políticos y comandantes, motivaron la reintroducción de la geografía en el estudio de las relaciones internacionales. Este movimiento ha estado liderado –en dos escuelas de pensamiento distintas— por Stephen Walt y Robert Jervis. Ambos han sido categorizados como “realistas defensivos”, porque ambos argumentan que los Estados se expanden o balancean su poder solo cuando se sienten inseguros.

En todo caso, su intención es volver a las ideas de los realistas clásicos, cuya idea básica es que los Estados no actúan dentro de un sistema internacional anárquico y abstracto sino dentro del mundo real. Para explicar su comportamiento, entonces, no solo hay que mirar lo que hay dentro de esos Estados sino también lo que hay alrededor de ellos. La geografía necesita ser incluida como una variable explicativa.

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3. La venganza de la geografía

Mientras que el debate continua, el hecho que debemos recordar es que, a lo largo de la historia, los cambios dramáticos en la distribución de poder mundial requieren de un marco geográfico para ser entendidos. Así, la mezcla de geografía y política suele ponerse de moda en tiempos de grandes cambios geopolíticos. El clásico de Mackinder  Democratic Ideals and Reality tuve que ser reimpreso en 1942 en plena Guerra Mundial, más de 23 años después de su publicación. Por otro lado, la relativa infrecuencia de este tipo de cambios hace que el rol y la apreciación de la geografía sean cíclicos, alternando periodos de interés con periodos en los que parece no importar.

Los últimos 25 años han sido fascinantes en ese aspecto. Por un lado, el fin de la Guerra Fría supuso un terremoto geopolítico del que el mundo aún no se ha recuperado. Por el otro, su principal consecuencia –la consolidación de Estados Unidos como la única superpotencia global— trajo una sensación de que la importancia de la geografía se había derrumbado junto al Telón de Acero. La casi omnipresente presencial imperial estadounidense –política, económica, tecnológica, militar y sobre todo cultural— dio a muchos la ilusión de que no solo no había manera de que emergiera un competidor para el gigante norteamericano, sino que nada –absolutamente nada— estaba fuera de su alcance. Así, Francis Fukuyama anunció en 1989 el fin de la historia, augurando el inevitable triunfo del capitalismo de libre mercado y la democracia liberal en la milenaria evolución de las ideas políticas y económicas. Mientras Washington aplastaba a nuestras Fuerzas de Defensa y hacía y deshacía a lo largo y ancho del globo, y mientras más y más regímenes comunistas caían en medio de los vítores populares, era difícil contradecir al genio estadounidense. Esa tendencia ha continuado. En 2005, Thomas Friedman escribió que el mundo es plano, entusiasmado por las tecnologías de la comunicación que aparentan reducir al mundo a una red en donde todos somos iguales.

El entendimiento de los cambios geopolíticos, sin embargo, requiere de geografía. Aquellos que se convirtieron al Evangelio de Fukuyama y Friedman probablemente aún no entiendan cómo Irak no es un paraíso democrático, cómo el Talibán se prepara para heredar Afganistán, como la Primavera Árabe se convirtió en un baño de sangre, por qué Europa vuelve a ingerir la cicuta nacionalista, por qué hubo una guerra en Georgia en 2008, por qué Rusia se anexionó Crimea e incluso de dónde salió ese grupo llamado Estado Islámico que decapita periodistas y ocupa los titulares de la prensa mundial. El análisis de todos estos hechos, juntos o separados, suele terminar en realidades incómodas, difíciles de aceptar desde un punto de vista moral, idealista, centrado en el ser humano. Como sea que los miremos, terminamos enfrentandonos a esas “realidades fundamentales” de las que hablé al principio. Realidades determinadas por la mezcla de geografía y acción humana: realidades geopolíticas. Esa necesidad de entender las realidades fundamentales de los países se traducido en un nuevo interés en el estudio de la geopolítica. Como escribió Robert D. Kaplan, estamos viviendo la venganza de la geografía. Y por eso es que estamos aquí hoy.

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4. Interpretando el mundo

Una vez establecido el marco teórico, vamos a la parte divertida: los mapas. Quizá lo primero que hay que aclarar –aunque probablemente ustedes lo saben mejor que yo— es que la imagen que tenemos del mundo es una ilusión. Todos los mapas, de hecho, son representaciones imperfectas, intentos fallidos de resolver un problema irresoluble, que es que el planeta no puede ser representado en un plano. Sabiendo eso, permítanme presentarles mi representación favorita del planeta, la llamada Quincuncial de Peirce.

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La proyección quincuncial de Peirce.

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Esta representación va a ser el punto de partida físico para nuestra interpretación del mundo. El punto de partida teórico serán las ideas de Sir Halford Mackinder, el padre de la geopolítica. Ojo, no tengo ni idea si Mackinder usó esta representación específica para sus trabajos, pero para nuestros propósitos me parece la más adecuada. Básicamente, Mackinder mira el mapa y el arreglo de los continentes y se da cuenta de que existe una masa terrestre sobre la que giran las demás. A esta masa la llamó la “isla mundial”, y corresponde a Eurasia: Europa, Asia y el norte de África. A su alrededor giran una serie de islas: las Américas, el África subsahariana y las islas de Oceanía. Eurasia, además, posee la mayor parte de la población y la riqueza del mundo.

Sabiendo todo esto, y estudiando las dinámicas de los imperios y las potencias terrestres y marítimas a lo largo de la historia, el geógrafo británico se dio cuenta de que en el centro de la isla mundial existía –y existe— un área inaccesible a cualquier poder exterior. A esa área la llamó  Heartland, y corresponde aproximadamente a la actual Rusia europea. Dentro del  Heartland, a su vez, el británico identificó el área de Europa del Este como núcleo fundamental. Para Mackinder, solo una potencia basada en el  Heartland podría formar un imperio realmente capaz de dominar al mundo. A partir de ahí, dejó una frase para la historia:

“quien controla Europa del Este controla el Heartland; quien controla el Heartland controla la isla mundial; y quien controla la isla mundial controla el mundo”.

Mientras que no se puede negar que es una gran frase, tampoco debemos dejarnos llevar por su poder intoxicante. Creo necesario aclarar que Mackinder no planteó esa idea como algo inevitable sino como una serie de precondiciones. Como si de matrioskas se tratara, para controlar el mundo es necesario controlar la isla mundial, y así sucesivamente. El centro de su teoría, en realidad, era que el  Heartland ofrecía un núcleo seguro sobre el que basar un imperio que jamás podría caer ante la proyección de poder marítimo (que es la base de los imperios más poderosos de la historia, de Atenas a Estados Unidos, pasando por Roma.)

Del  Heartland al mundo, sin embargo, hay un trecho considerable. Dicho imperio debía, a continuación, extender su dominio a alguna de las penínsulas de la masa euroasiática. Solo así podría proyectar poder marítimo hacia el resto de las penínsulas y hacia las islas exteriores. Pasara lo que pasara, siempre podría retirarse a su núcleo inexpugnable en el corazón de Eurasia.

De esta última idea nace la conclusión más importante sobre las ideas de Mackinder: la masa euroasiática es el centro del mundo, la que contiene la mayor parte de la población y la riqueza.  El destino del mundo es el destino de Eurasia.

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El mundo de Mackinder.

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En realidad, las ideas de Mackinder nunca han sido refutadas. Lo que ha habido después, más bien, han sido debates sobre la superioridad del poder marítimo ante el poder terrestre, y desarrollos de la teoría de Mackinder desde otros puntos de vista.

Con respecto a lo primero, el alfa y omega del poder marítimo es el Almirante estadounidense Alfred Thayer Mahan. En su clásico  The Influence of Seapower upon History, Mahan establece que las potencias marítimas son superiores porque las líneas marítimas de comunicación son más numerosas y sencillas, lo que las hace determinantes para el destino del comercio. El deber de una potencia marítima, entonces, es no solo promover el comercio sobre esas rutas sino protegerlo militarmente. Controlando esas rutas –o sea, los océanos—, las potencias marítimas pueden proyectar poder con una rapidez y una efectividad muy superior a las de las potencias terrestres, de paso negándoles acceso al mar y –por ende— al comercio interoceánico. Para las potencias marítimas, los cuellos de botella que conectan entre sí a las grandes masas de agua –estrechos y canales— son los puntos claves en el mundo, y su control es absolutamente imperativo. Si hubiera que describir la diferencia entre Mackinder y Mahan, podríamos decir que para este último, el control de los océanos acarreaba el control del mundo, independientemente de  Heartlands, islas mundiales y otras consideraciones. Esto, repito, no es una contradicción: es simplemente el mundo visto desde otro punto de vista.

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El Almirante Alfred Thayer Mahan (1840-1914)

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(Como panameños, le debemos gran parte de lo que somos a Mahan. Sus ideas inspiraron profundamente a Teddy Roosevelt, dando como resultado directo nuestro Canal. Mahan, entonces, no es solo el arquitecto de la geoestrategia estadounidense sino, en cierta manera, el padre de la geopolítica panameña.)

Quizá la mejor prueba de la compatibilidad de las ideas de Mahan y Mackinder llegó con las ideas de nuestro tercer y último genio geopolítico, Nicholas J. Spykman. Mientras que Mackinder murió en 1914, cuando Estados Unidos apuntaba maneras pero no se había consolidado como la potencia naval por excelencia, el trabajo de Spykman sí lidia directamente con la cuestión del poder estadounidense. En su libro  America's Strategy in World Politics, Spykman combina las ideas de los dos gigantes: de Mackinder toma prestada la noción de que Eurasia es el centro del mundo, y de Mackinder la noción de que el poder marítimo es superior al poder terrestre. En concreto, Spykman descarta al  Heartland como la clave del poder euroasiático, y asigna ese rol a los  rimlands, o las penínsulas periféricas, que van de Europa al Lejano Oriente, pasando por Arabia, India e Indochina. Cualquier potencia marítima que desee controlar el mundo, debe concentrar su poder en ellas. Al mejor estilo Mackinder, Spykman sentenció que

“quien controla las rimlands controla Eurasia, y quien controla Eurasia controla los destinos del mundo”.

De la combinación de estas tres visiones nace, a mi concepto, la interpretación básica del mapamundi. Es importante volver a recalcar que estas ideas no son para nada incompatibles. Mientras que ninguna potencia terrestre ha logrado controlar el  Heartland y uno o más  rimlands a la vez, tampoco ninguna potencia marítima ha logrado violar la inexpugnabilidad del  Heartland. Y eso nos lleva a nuestro primer caso de estudio, los Estados Unidos de Norteamérica. (Todos los casos de estudio basados en la serie "On Geopolitics" de Stratfor)

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5. Caso de estudio #1: Estados Unidos

Estados Unidos es la potencia marítima por excelencia y, honestamente, la potencia más poderosa que ha existido sobre la faz de la tierra. Desde el punto de vista geográfico, Estados Unidos es lo más cercano que existe a la perfección: la cuenca del Gran Mississippi junto al Canal Intracostero tienen más kilómetros navegables que el resto del mundo. Estas vías marítimas se unen a la mayor extensión de tierra arable del planeta. La costa Atlántica estadounidense posee más puertos importantes que el resto del hemisferio. Por si eso fuera poco, dos océanos inmensos separan a Estados Unidos de las potencias europeas y asiáticas. El desierto lo separa de México, y grandes lagos y bosques de los centros demográficos canadienses. Estados Unidos tiene –de lejos— más capital, excedente alimenticio y aislamiento físico que ningún otro país del mundo. Por eso, los estadounidenses –al igual que los turcos y los panameños— son importantes no por lo que son, sino por donde viven.

Todo eso está muy bien, pero para entender su importancia e impacto debemos considerar cómo llegó a ser. ¿Cómo 13 colonias aisladas en la costa atlántica se convirtieron en la potencia más grande jamás vista? La respuesta es una historia de éxito, un éxito tan geopolítico que puede ser descrito de la mano de los objetivos geopolíticos de la nación estadounidense.

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Las 13 colonias originales.

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Primer objetivo: control de la Cuenca del Gran Mississippi.

Las 13 colonias iniciales nacieron en una terrible posición geopolítica. Completamente dependientes del sistema imperial británico –la potencia marítima de entonces—, su expansión hacia el oeste era una necesidad tan económica como militar. Para llevarla a cabo, los estadounidenses se encontraron con un escenario inmejorable: unos nativos que no representaban una amenaza seria –y que podían ser fácilmente expulsados o exterminados— y, sobre todo, una situación europea en la que Francia –la potencia que controlaba la Louisiana— se preparaba para las guerras Napoleónicas. A los franceses, La venta de Louisiana no solo les proporcionaba dinero para sus guerras sino que les quitaba de encima un dolor de cabeza. Así, por el equivalente a 236 millones de dólares actuales, la joven nación norteamericana adquirió en 1803 más de dos millones de kilómetros cuadrados del territorio más importante de todo el continente. Es una de las grandes ironías de la historia que el hombre que se lo vendió, Napoleón Bonaparte, es una de las grandes mentes geopolíticas de siempre, conocido por la frase “la geografía es el destino”.

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La compra de Louisiana (1803).

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La compra de Louisiana –a la que le siguieron el National Road y el Oregon Trail— facilitó la más grande y más rápida expansión cultural en la historia. La base de todo esto es que, simple y sencillamente, la característica física más importante de América del Norte es la red de ríos en el centro del continente, formada por los ríos Missouri, Arkansas, Red, Ohio, Tennessee y el Mississippi. En conjunto, estos ríos forman la red acuática más importante del mundo, ofreciendo a quien la controle ventajas fundamentales:

1. En primer lugar, transportar bienes por vía acuática es entre 10 y 30 veces más barato que por vía terrestre. La ecuación es simple: a mejor sistema de ríos navegables, más capital.

2. Si encima consideramos que esta cuenca se encuentra junto a las mayores áreas agriculturales del mundo, la situación es inmejorable. Lo común en el resto del planeta es que las grandes áreas arables estén infrautilizadas debido a los altos costos de transporte entre ellas y los centros demográficos.

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Panorama agricultural estadounidense.

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3. La integración de estos ríos beneficia la integración política.

La Cuenca del Gran Mississippi, entonces, es el corazón del continente. Una vez controlada, la ubicación exacta de las fronteras norte y sur pierde importancia.

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La cuenca del Gran Mississippi.

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Segundo objetivo: eliminación de cualquier amenaza terrestre a la Cuenca del Gran Mississippi

Una vez controlada la Cuenca e iniciada la expansión hacia el oeste, los estadounidenses comenzaron a establecer sus fronteras. La Guerra de 1812 –y la retirada británica de América del Norte— eliminaron la amenaza canadiense. Seguía el sur, donde en 1819 Washington obtuvo el control de Florida a cambio del reconocimiento al reclamo español a la actual Texas.

Los estadounidenses, sin embargo, sabían perfectamente que el imperio español estaba “listo para la foto”. Para cuando obtuvieron Florida, la mayoría de las colonias terrestres españolas se habían independizado. Una de ellas, México, constituía la mayor amenaza para los Estados Unidos: su frontera estaba apenas a 150 kilómetros de New Orleans, la ciudad donde converge la Cuenca del Gran Mississippi. Gradualmente Washington buscó una confrontación con los mexicanos, una que sabía que ganaría. La guerra llegó en 1846, y los estadounidenses llegaron hasta la mismísima ciudad de México. En el arreglo posterior, Estados Unidos le quitó a México todos sus territorios norteños capaces de albergar grandes poblaciones, estableciendo la frontera a través del desierto de Chihuahua. Para mitad de siglo México había desaparecido como amenaza militar.

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Guerra EU-México (1846-1848).

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Tercer objetivo: control de los accesos marítimos a Norteamérica

Habiendo establecido sus fronteras terrestres y eliminado a sus vecinos como amenazas militares, el próximo paso era evitar un ataque marítimo. Si bien enormes océanos separaban a Estados Unidos de Asia y Europa, las aguas que rodeaban a la masa continental estadounidense estaban llenas de bases europeas. En 1823, Washington proclamó la doctrina Monroe, en la que prohibió a las potencias europeas establecer nuevas colonias en este hemisferio y prometió impedir el reestablecimiento de cualquiera que dejara de serlo. Militarmente, Washington no tenía la capacidad de hacerla cumplir, pero había que tomarse el riesgo. Estados Unidos no sería una potencia mundial si no controlaba el hemisferio occidental. Para su fortuna, nadie la desafió.

Aprovechando su creciente capacidad económica, los norteamericanos compraron Alaska en 1867, expulsando a Rusia del continente americano y protegiendo a EU de cualquier acercamiento en esa dirección. Tres décadas después, en 1898, Washington firmó un tratado de anexo con el Reino de Hawai, obteniendo no solo el puesto más importante de abastecimiento de todo el Océano Pacífico, sino un territorio crucial para cualquier invasión desde Asia.

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Expansión estadounidense en el Pacífico.

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El Caribe, por su mayor número de islas y la presencia europea, fue un poco más problemático. Entre todos los problemas, el mayor era Cuba, el único territorio aún en manos extranjeras capaz de bloquear el comercio entre el mundo y Nueva Orleans.

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La importancia de Cuba.

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Para 1898, sin embargo, España ya daba lástima en términos imperiales. Estados Unidos aprovechó la oportunidad, y lanzó su primera guerra extranjera, un conflicto tan geográficamente amplio como corto en el que los norteamericanos se hicieron con todas las posesiones insulares extranjeras de España. Mientras que otras potencias conservaron posesiones en el Caribe, la importante, Cuba, estaba en manos estadounidenses. El Caribe, para todos los efectos, ya era lo que Spykman llamó “el Mediterráneo estadounidense”. Como tantos otros imperios marítimos, Washington basaría su poder en el monopolio de su propio  Mare Nostrum.

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La Guerra EU-España (1898).

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A partir de la guerra contra los españoles, los estadounidenses se dedicaron a adquirir territorios no prioritarios cuando se presentaba la oportunidad. Pero la suerte de Washington parecía no acabarse. En términos simples, mientras Estados Unidos nacía, Europa se suicidaba. Si las Guerras Napoleónicas permitieron su expansión territorial, las Guerras Mundiales la catapultaron a la cima del universo, una posición que disfruta hasta ahora. Gracias a la llamada Ley de Préstamo y Arriendo, a cambio de proveer buques de guerra a los británicos, Washington obtuvo el control de casi todas las bases británicas en el hemisferio. Las únicas dos islas significativas que quedaron en el Atlántico, las Azores e Islandia, fueron ocupadas por los norteamericanos nada más entrar en la Segunda Guerra Mundial, y luego incluidas en la OTAN.

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La Ley de Préstamo y Arriendo.

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Cuarto objetivo: control de los océanos del mundo

La Armada estadounidense ya era una institución respetable para el inicio de la guerra. Para su final, todas las demás Armadas del mundo –salvo la británica— estaban destruidas. Simplemente no había competencia.

A partir de 1945, Estados Unidos –produciendo hasta el 50% del PIB mundial— pudo dedicarse a aplicar las ideas de Spykman: controlar los  rimlands de Eurasia. Con la formación de la OTAN en 1949, Washington puso todos los activos marítimos restantes bajo su control.

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La OTAN en 1949.

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La inclusión del Reino Unido, Italia, Islandia y Noruega en la Alianza le dio el control del Atlántico Norte y el Mediterráneo, los mares necesarios para cualquier resurgencia europea. La captura del imperio japonés en el Pacífico le dio el control de otro  rimland, y la alianza con Australia y Nueva Zelanda le regaló el Pacífico Sur en 1951. Los acuerdos de Bretton Woods –básicamente, oportunidad económica a cambio de monopolio de seguridad— sustentaron un sistema global en el que el comercio y la preponderancia naval estadounidense –el sueño de Mahan— iban de la mano.

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Estados Unidos en el Pacífico / Infografía: Reuters

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Así las cosas, Estados Unidos ha completados todos sus objetivos geopolíticos. Al día de hoy, la única amenaza geopolítica seria contra Washington podría venir de tres lugares: el primero es la misma Norteamérica, a través de un cambio demográfico que tuviera repercusiones fronterizas y, por ende, geográficas. El segundo es Suramérica, pero el requisito de unidad entre países tan distintos como Brasil, Argentina o Paraguay parece demasiado. El tercero, y más serio, es el norte de Eurasia, o el  Heartland de Mackinder. Allí está Rusia, al que Estados Unidos intenta sacar de los océanos (bloqueando los  rimlands) y China. Ambos son nuestros próximos casos de estudio.

Antes de llegar a ellos, entender la geopolítica estadounidense sirve para comprender todos los conflictos en los que está involucrado Estados Unidos (que son casi todos los del mundo). Básicamente, el principal objetivo estadounidense es mantener el balance de poder en Eurasia. Cuando eso no es posible, debe conformarse con crear caos. En cualquier caso, Eurasia debe permanecer dividida. Esto afecta particularmente a Rusia, que es el país euroasiático por excelencia.

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EU y Eurasia.

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6. Caso de estudio #2: Rusia

Si la geografía estadounidense es bendición, la de Rusia es todo lo contrario.  Su principal característica es la indefensibilidad. Rusia, en otras palabras, no tiene accidentes geográficos que la protejan. Esto la lleva a  su primer imperativo geopolítico, la expansión en todas las direcciones, con el objetivo de poner la mayor cantidad de tierra entre sus enemigos y el corazón ruso, que es Moscú y sus alrededores.

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El desafío geográfico ruso.

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A pesar de que sus fronteras han cambiado, la Rusia moderna (que coincide con el imperio pre-soviético) tiene tres regiones fronterizas: Siberia, Asia Central y el Cáucaso, y Europa Occidental. Salvo Siberia, ninguna de las otras dos regiones se encuentran seguras.

Comencemos por Asia Central. Tras el colapso soviético, Rusia perdió el control de las repúblicas centroasiáticas, y con él la seguridad que sus montañas y desiertos le ofrecían. Aunque todas siguen fuertemente amarradas a la órbita rusa, el espectro chino –aunque actualmente sin hostilidad— no ofrece garantías.

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Rusia en Asia Central.

Increíblemente, este flanco luce seguro en comparación con el sureste. La pérdida de Armenia, Georgia y Azerbaiján supuso una retirada dolorosa en sur ruso. Por eso, entre otras cosas, la guerra chechena fue tan importante. Y por eso, también, es que Ucrania tiene un valor tan fundamental para Rusia.

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El Cáucaso, 1994.

Ucrania no es solo el estómago bajo ruso, sino que entre ella y Kazakhstan hay menos de 500 kilómetros. Un esfuerzo conjunto, en otras palabras, podría partir a Rusia en dos, amenazando un área en donde el país ya sacrificó a millones de sus ciudadanos en la Segunda Guerra Mundial.

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Ucrania y Kazakhstan.

Por si eso fuera poco, Ucrania forma parte también de la frontera occidental, que empieza en Odessa y va hasta el Mar Báltico. Esta frontera tiene dos flancos. En el meriodional, Rusia busca llegar a los Cárpatos. La planicie que separa a Ucrania de esta cordillera se ha llamado históricamente Besarabia y es un territorio crucial para Rusia. Cuando la controla Rumania, supone una amenaza. Cuando la controla Moscú, Rusia está segura en los Cárpatos. Hoy es independiente, se llama Moldavia, y sirve de territorio colchón. Los rusos, en todo caso, controlan el territorio separatista de Transnistria.

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El flanco sur del frente occidental y los Cárpatos.

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La situación en la frontera septentrional es aún peor. Entre los Cárpatos y el mar Báltico está la llamada planicie noreuropea. De hecho, este es el punto más angosto de la planicie, unos 500 kilómetros entre las ciudades polacas de Elblag y Cracovia. Hacia el este –hacia Rusia— la planicie solo se hace más y más ancha, imposibilitando cualquier defensa militar. Es difícil explicar lo crucial que es esto para Rusia: para Moscú, Polonia no es tanto un país sino el punto más angosto de una autopista por las que han entrado todos sus invasores, entre ellos Napoleón, el Kaiser y Hitler. De hecho, su necesidad de proteger ese flanco es tan enorme que la Unión Soviética fijó el límite de su área de influencia post-1945 en Berlín.

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El flanco norte: Polonia y la planicie nororiental.

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La expansión rusa, sin embargo, la trae dos problemas fundamentales. El primero es casi obvio: Rusia solo puede existir como imperio. La enormidad del terreno y su dureza geográfica hace que esté ligeramente poblado por pueblos de múltiples identidades. Esas gentes deben ser subyugadas por los rusos, y eso obliga a tener un sistema de seguridad interna que por fuerza debe ser brutal. Luego hay otro problema. Dada la enormidad del terreno, las distancias entre los centros de producción de comida y los centros de consumo –los centros urbanos, especialmente los habitados por rusos “étnicos”— condenan a Rusia a ser pobre, lo que genera descontento. Por estas dos condiciones,  el segundo imperativo geopolítico ruso es el manejo del imperio con terror y una tolerancia mínima a cualquier intento de rebelión.

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Densidad de población en Rusia.

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Aunque Rusia fuera capaz de asegurar sus fronteras en todas las direcciones, aún tendría la cuestión de  su tercer imperativo geopolítico, la búsqueda de puertos cálidos que le permitan acceso a los océanos para poder resolver sus problemas económicos. Una mirada al mapa nos da a entender lo lejos que está Rusia de cumplir con este imperativo. Todos sus puertos más importantes pueden ser bloqueados en estrechos bajo control de aliados estadounidenses –Dinamarca, Turquía y Japón. Eso deja como única alternativa los puertos árticos. Es por eso que Rusia no tardó en anexarse Crimea apenas vio la inestabilidad ucraniana y es por eso que el tema del deshielo –y el dominio del Océano Ártico— es tan importante para Rusia.

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Rusia y los océanos.

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Sabiendo todo esto, podemos hacer una breve evaluación de la posición rusa. El desplome de la URSS causó un retroceso dramático en sus territorios colchón, un retroceso que encima supuso el avance de la OTAN. Hoy, la alianza occidental está más cerca que nunca del corazón ruso. En los últimos años, y bajo el liderazgo de Vladimir Putin, Rusia se ha recuperado, dando golpes estratégicos en Georgia y ahora Ucrania. Ucrania es existencial para Moscú. Si no va a ser parte de la órbita rusa, no va a ser de nadie. Así de sencillo. Lo mismo va para Bielorrusia, por cierto.

Además de mantener –y expandir— una esfera de influencia, otro elemento de la geoestrategia rusa es el de servir de puente para la integración euroasiática. Para ello, ha utilizado sus enormes reservas energéticas para forjar lazos –encarnados en una enorme red de oleoductos y gasoductos— con el continente europeo, y ahora está replicando el proceso –aunque en circunstancias completamente distintas— a nivel asiático. Particularmente, Rusia busca formar una alianza con Beijing que le permita liderar un empuje hacia un mundo menos centrado en Estados Unidos. Aunque han obtenido ciertas victorias tácticas, aún queda muchísimo por recorrer para ver resultados concretos en una alianza de entes tan dispares y que, a pesar de compartir frontera, están en extremos opuestos de la isla mundial.

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La red energética rusa.

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7. Caso de estudio #3: China

Gran parte de lo anterior se debe al hecho de que, geopolíticamente, China es una isla. Salvo en sus costas, China está rodeada en todas las direcciones por terreno casi imposible de atravesar. Esto, por supuesto, sirve tanto para proteger como para limitar la proyección china al exterior.

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China como isla.

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Así, China puede dividirse en dos partes: el corazón Han –parecido al corazón ruso centrado en Moscú— y una serie de territorios colchón cuya población no es Han.

Comencemos por el corazón Han. La gran mayoría de los chinos –más de mil millones de almas— vive al este de la línea que separa aquellas regiones que reciben más de 15 pulgadas de lluvia al año de aquellas que reciben menos. Este territorio es aproximadamente la mitad que el territorio estadounidense. A su vez, el corazón Han está dividido en norte y sur, representados por sus dialectos –mandarín y cantonés— y ríos –Amarillo y Yangtze— respectivamente. El corazón Han, a su vez, lleva la primera cruz de China: posee apenas el 33% de tierra arable per cápita que el resto del mundo.

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La línea de las 15 pulgadas de lluvia anuales.

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Las regiones que no son Han son el Tíbet, Xinjiang, Mongolia Interior y Manchuria. Cuando China las controla, es un país seguro. Cuando no, sufre la amenaza de invasión. Pero el punto más vulnerable de China, especialmente desde la llegada de los europeos, ha sido su costa. Por ahí comenzaron todas las tragedias del llamado “siglo de humillación”, que culminó con la revolución comunista en 1949. Aquí entra un tema interesantísimo: por su enorme tamaño y su mayor aún densidad de población, China no puede ser conquistada. Además, con un quinto de la población del mundo, China puede aislarse del mundo, como lo ha hecho en numerosas ocasiones.

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China y sus territorios colchón.

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Eso nos lleva a los tres imperativos geopolíticos chinos:

1. El primero es el mantenimiento de la unidad en las regiones Han.

2. El segundo es el control de las regiones exteriores.

3. El tercero es la protección de la costa de la invasión extranjera.

El desafío geopolítico chino puede resumirse así: para desarrollarse debe entrar al comercio internacional. Si lo hace, debe usar sus ciudades costeras para interactuar con el mundo. Cuando eso sucede, sin embargo, la región costera se enriquece y aumenta la influencia extranjera. Cuando los intereses extranjeros convergen con los de los habitantes de estas regiones, comienzan a competir con los intereses del gobierno central, amenazando la unidad de la china Han, la base del único Estado-civilización que hay en el mundo. La mezcla del primer y tercer imperativo es clave para entender la China de hoy, en la que la legitimidad del Partido Comunista está basada en su promesa de prosperidad económica para todos los chinos. El equilibrismo de repartir la riqueza sin exacerbar el regionalismo representa un desafío titánico. Y ante un cambio estructural en el modelo económico, el Partido Comunista está pisando con pies de plomo, llevando a cabo cambios a todos los niveles –incluso interno, dándole más poder a la figura del presidente, y por ende más capacidad de acción— que le permitan mantener la unidad del país.

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Desigualdad económica en China.

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Eso nos deja el segundo imperativo. Desde el punto de vista político y militar, China –al contrario de Rusia— ha satisfecho sus imperativos geopolíticos. Controla todas las regiones colchón –es por eso que, guste o no, va a ser difícil ver un Tíbet independiente— y no enfrenta ninguna amenaza en Eurasia.

La mayor amenaza para China es, obviamente, la Armada estadounidense. Desde las reformas de Deng Xiaoping, los chinos se han vuelto extremadamente dependientes en el comercio marítimo, lo que pone a Washington en un posición de bloquear los puertos chinos si así lo quisiera. Esto representa una amenaza enorme –pero no existencial— para China.

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Las 9 líneas que marcan el reclamo marítimo chino.

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China ya empezó a construir su Armada –y a hacer ciertos movimientos agresivos en los mares regionales—, pero le va a tomar generaciones obtener una Armada capaz de plantarle cara a la estadounidense. Por ello, su objetivo primordial es hacer que el costo de un bloqueo marítimo estadounidense sea demasiado alto. A la vez, mira con simpatía la convergencia de intereses con Moscú, que le ofrece energía por vías terrestres, así como una expansión del ferrocarril transiberiano que le permitiría mejorar su comercio con Europa. Además de esto, China ya proyecta la construcción de una serie de “nuevas rutas de la seda”, un conglomerado de autopistas, líneas de comunicación, ferrocarriles y demás. Todo esto –en colaboración con Rusia o no— sirve el objetivo de sacar el comercio chino de los mares, que por ahora son, y seguirán siendo, territorio estadounidense.

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Las nuevas rutas de la seda.

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