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10 nov El Mundo Después del Muro (I)

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El limitado espacio del que gozaba para mi Periscopio sobre el XXV aniversario de la caída del Muro de Berlín hizo que dejara muchos temas interesantes sin explorar. Por eso, decidí sacar una serie titulada "El Mundo Después del Muro". En ella, iré analizando lo que han sido los últimos 25 años a nivel mundial. Al contrario que con la serie "El Golpe de Giroldi", los posts irán saliendo progresivamente pero sin horario fijo ni longitud uniforme. Incluso puede que escriba sobre otros temas entre parte y parte de la serie. Por lo pronto, hoy les ofrezco el primer post, que trata principalmente sobre la manera como las élites políticas de Europa Occidental  interpretaron la caída del Muro. Los futuros posts explorarán las interpretaciones en Rusia, China y Estados Unidos, y explicarán cómo éstas han afectado la conducta de las grandes potencias en este último cuarto de siglo.

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LAS CONMEMORACIONES POR EL 25 aniversario de la apertura del Muro de Berlín han generado un gran número de reflexiones paralelas. La más obvia, naturalmente, ha sido sobre la propia Alemania y su situación actual –tanto a lo interno y como a nivel europeo y global— tras casi un cuarto de siglo de reunificación. Otros, por ejemplo, han desviado su atención hacia los muros que siguen en pie en diferentes partes del mundo, entre los que destaca la inmensa Barrera de Separación construída por los israelíes en Cisjordania, que es dos veces más alta y casi 5 veces más larga que el “Mauer” de la capital alemana (aparte de estar construida sobre territorio que ningún país del mundo reconoce como israelí, y de ser considerada ilegal por la Corte Internacional de Justicia, pero eso es otra historia).

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Una comparación dimensional del Muro de Berlín y la Barrera de Separación en Cisjordania. // Foto: nunocoelho.net

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De todas las consideraciones que surgen al pensar en el auge y caída del Muro de Berlín, quizá ninguna es tan profunda y relevante como la que tiene que ver con el mundo que nació a partir de los sucesos de hace 25 años. Después de todo, la apertura del Muro berlinés significó la caída del Telón de Acero. Esto, a su vez, jugó un rol crucial en el colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) –un par de años más tarde—, hecho que puso punto y final a la Guerra Fría, una era histórica caracterizada por la competencia a escala global de dos superpotencias –la mencionada URSS y los Estados Unidos de América (EU)— con características históricas, geopolíticas e ideológicas radicalmente opuestas.

Aunque no del todo precisa –en realidad, el Telón de Acero cayó el 2 de mayo de 1989, cuando el gobierno húngaro abrió su frontera con Austria—, la idea anterior es aceptada de manera universal: el 9 de noviembre de 1989 se cerró un capítulo de la historia y comenzó otro. Para los que seguimos en el planeta 25 años después –y, quizá aún más, para los que nacieron después de la caída del “Mauer”— es importantísimo entender lo sucedido en este cuarto de siglo y lo que esos hechos nos dicen sobre el mundo que se nos viene encima. 

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La geografía de la Guerra Fría. En el epicentro de la misma, el acceso soviético a los océanos. // Foto: oldenburger.us

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El mejor punto de partida para este análisis es, sin duda, el reconocimiento de que, aún hoy, el mundo no ha podido ponerse de acuerdo en el porqué de la caída del Muro y, en consecuencia, del colapso del comunismo en Europa y el consiguiente fin de la Guerra Fría. Los cuatro protagonistas más importantes –Europa, EU, la URSS/Rusia y China— ofrecen sendas interpretaciones de la historia, algo que –inevitable y crucialmente— afecta su conducta al día de hoy.

Comencemos por los europeos, o más bien por las élites políticas que han manejado el destino del continente desde 1945. Para ellas, la principal causa de la caída del Muro fue el  élan de la civilización europea. Los europeos, al fin y al cabo, pasaron decenas de siglos masacrandose entre ellos, siglos en los que la paz –como argumentó Sir Michael Howard en The Invention of Peace— era simplemente “el tiempo entre guerra y guerra”. Esta dinámica se intensificó con la irrupción geopolítica de Alemania tras su unificación en 1871, hecho que provocó una (o, mejor dicho, otra) "Gran Guerra Civil" que duró hasta 1945, una especie de intento de suicidio continental cuyo nivel de brutalidad es solo comparable con su ídem de irracionalidad.

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Tomando un descanso de tanta civilización.

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Mientras que existen pocas razones para cuestionar la interpretación anterior, la evolución política y económica de la mitad occidental del continente tras el final de la Segunda Guerra Mundial –caracterizada por una creciente prosperidad, la caída de las últimas dictaduras (España y Portugal) y el avance del proceso de integración continental— hizo a muchos europeos pensar que, por fin, habían encontrado la clave para superar sus desafíos geopolíticos fundamentales. Mientras que cualquier estudiante de geopolítica reconocería que la caída del Muro y el fin de la Guerra Fría se debieron al desenlace de la batalla global entre EU y la URSS –una batalla decidida no por la superioridad o inferioridad de tal o cual ideología sino por las realidades geopolíticas de uno y otro país—, los europeos interpretaron que el “Mauer” cayó por el empuje de la nueva arquitectura política y económica de la mitad pro-estadounidense del continente. Si bien muchos podrían sugerir que la paz continental desde 1945 se debía a la ocupación estadounidense, el agotamiento europeo –económico, militar, físico y psicológico— tras décadas de violencia y a la partición de Alemania –que volvió a su estado pre-1871—, a los europeos todo esto les parecía un sinsentido: en el corazón de todo yacía la belleza de su proyecto de integración continental. “La consigna de nuestra política post-1945 –que nunca más nos haremos la guerra entre nosotros—, alentó las esperanzas de los que construyeron la comunidad [europea]”, dijo Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea, en 1991. Ese objetivo, agregó, “ha sido conseguido”. 

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"Ojalá a los alemanes no les dé por ser alemanes en un par de décadas".

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En la mente europea, el proyecto integracionista ofrecía unión, prosperidad, paz y relevancia internacional sin sacrificar identidades, idiomas, soberanías o nacionalismos. Era, literalmente, la cuadratura del círculo, pero eso era lo de menos: en esos esperanzadores años de finales de los 80, incluso la idea de una Alemania reunificada –algo que provocaba pánico décadas antes— parecía inofensiva al ser comparada con la última hazaña europea, la conquista de la geografía y de las fuerzas básicas que nos empujan a querer lo nuestro por encima de lo de los demás. Los europeos, quizá por la costumbre que causaban casi 500 años de preponderancia mundial, pensaron que habían resuelto los problemas más fundamentales del continente (y hasta del mundo). Berlín, entonces, no era el fn de la 'era europea' del mundo –que comenzó en 1492— sino apenas el principio. Europa volvería a conquistar el orbe con el soft power de su internacionalismo, como ya lo hiciera antes con el hard power de sus armas, sus gérmenes y su acero.

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