Para Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, la familia era la institución más importante en la formación de los seres humanos, por lo que expresaba: “No puedo pensar en ninguna necesidad en la infancia tan fuerte como la necesidad de la protección de un padre”. Es obvio que la familia es la unidad básica de la sociedad, pero no por servir de incubadora cultural y de vida todas las familias dignifican o nutren a sus miembros. Esa tragedia explica en gran medida el fracaso de importantes políticas públicas panameñas.
A principios del siglo XX, según los estudios de Otilia Arosemena de Tejeira, aproximadamente siete de cada diez nacimientos en Panamá eran fuera de una unión estable y reconocida legalmente como matrimonio. Esta no es una calificación sobre la falta de virtud de nadie, sino el reconocimiento de que, al menos, en la mayor parte de nuestra historia reciente, la familia panameña ha sido una unidad social precaria.
El sociólogo Danilo Toro explicaba, semanas atrás, que con cada generación que pasa no solo está ausente el padre varón, sino que hay una ausencia mayor del abuelo. Los niños y niñas de Panamá están creciendo sin una presencia masculina paternal que sea estable. Esto no quiere decir que cuando hay padres, padrastros, tíos, abuelos o padrinos no exista violencia e incluso abusos sexuales, pero por definición la vida cotidiana, en gran parte de la infancia panameña, es innecesariamente dura, violenta y solitaria por esa carencia de un padre presencial.
Un estudio reciente de la Universidad de las Américas, desarrollado por una estudiante de tesis, encontró que cuando un menor de edad tenía un pariente cercano en la cárcel, sus probabilidades de caer en prisión siendo adolescente eran altísimas. De hecho, 100% de los jóvenes recluidos en el Centro de Resocialización de Tocumen tenían un pariente cercano en la cárcel.
El costo social de la fragmentación familiar lo vemos en la alta tasa de embarazos de adolescentes; la prevalencia de infecciones de transmisión sexual entre menores de edad; la exagerada cantidad de casos de violencia doméstica; el mediocre rendimiento académico y laboral de una parte significativa de la población, y por supuesto la generalizada crisis de corrupción pública y privada en nuestro país.
La sociología moderna entiende a la familia como una red permanente de personas que ofrecen cuidados y cariño. La sopa de letras de organismos internacionales nos ha proporcionado términos como “familias monoparentales” para hablar de los hogares de madres o padres solteros, “familias extendidas” para señalar a aquellas unidades familiares en las cuales conviven abuelos, hermanos mayores u otros adultos, y una larga cantidad de términos que permiten caracterizar distintos tipos de familia.
Por su lado, la psicología contemporánea ha “descubierto” que, para efectos prácticos, la familia es casi siempre la responsable de moldear la personalidad y el carácter de los individuos. Algunos expertos afirman que al llegar la adolescencia casi que está totalmente definido el mapa del compartimiento humano.
La lógica nos diría que las mejores políticas sociales serían aquellas que fortalecieran las familias y facilitaran la formación de hogares estables. Sin embargo, las acciones directas e indirectas del Estado panameño en buena parte han acelerado la fragmentación familiar.
La negativa de políticos oportunistas y de intereses religiosos conservadores ha impedido combatir los embarazos precoces y las infecciones de transmisión sexual con información científica y veraz, así como tratamientos médicos accesibles. La salud sexual, incluso la de los adultos, es un tabú en este país.
La práctica de recompensar conductas sociales irresponsables constituye el núcleo central de políticas como “Barrios Seguros”, en la cual chicos que son pandilleros reciben dinero mensualmente y, supuestamente, entrenamiento y capacitación profesional. Esto constituye un estímulo para convertirse en pandillero porque no existe nada equivalente para los jóvenes que se portan bien y que serían un buen ejemplo en los barrios más difíciles de Panamá.
La politiquería de entregar viviendas gratis a tutiplén, sin ninguna contraprestación, promueve aún más la fragmentación familiar y otras conductas irresponsables, que llevarán a un mayor nivel de promiscuidad y de conflicto social. Un programa similar en Ecuador, país cuyo gobierno se declaró socialista, exige que cada familia aporte 10% del valor de su vivienda subsidiada en un plazo relativamente corto.
En Panamá no hay políticas que recompensen la paternidad responsable. Es decir, cuando los hombres hacen lo que es correcto, asumiendo su responsabilidad y compromiso en la crianza y educación de sus hijos. Es patético observar las largas filas de trabajadores, los fines de semana y días de quincena, afuera de los prostíbulos adquiriendo la canasta básica de servicios sexuales, que tiene para ellos más prioridad que la canasta básica alimenticia familiar. Aquí no se puede hablar de responsabilidad masculina, por todo el riesgo que representa este tipo de conducta y por el despilfarro de dinero que usualmente acompaña estas faenas.
¿Cómo se aprende a formar un hogar? Básicamente, se imita algún ejemplo que se conozca. Es muy fácil destruir una familia establecida. Es casi imposible reconstruirla. Sorprende en los casos de corrupción de alto perfil cómo los protagonistas metieron sin asco a sus familiares. Aparentemente, en el bajo mundo de la alta sociedad el lema dominante era “la familia que roba unida, permanece unida”.
Como parte del culto a la mediocridad, el Instituto para la Formación y Aprovechamiento de Recursos Humanos ha empezado a becar a estudiantes con un promedio académico de 3.6, provenientes de escuelas públicas, para que estudien medicina en las universidades privadas locales. De forma descarada se engaña a estos estudiantes y se hace negocio a costa de las esperanzas de los pobres. Sería mucho mejor becar a los aspirantes a los cupos de la facultad de Medicina de la Universidad de Panamá, que a pesar de haber obtenido altos puntajes en sus exámenes de admisión, no pudieron ingresar a la carrera, por el número reducido de cupos.
Jean Genet, el dramaturgo y marginal francés, decía que en las familias nacía el crimen. La destrucción de la familia panameña por múltiples factores, pero, sobre todo, por las políticas públicas de nuestros gobiernos, amenaza con convertir a este país en una sociedad caníbal y enfocada esencialmente en el corto plazo, en el “qué hay pa mí”. El resultado lo vemos y lo vivimos todos los días.
