El domingo 21 de junio, a las 9 de la mañana sonaron todos los campanarios de las iglesias católicas, protestantes, evangélicas e incluso mormonas en la ciudad de Charleston en Carolina del Sur. “Iglesias de blancos, iglesias de negros”, como decía un corresponsal de CNN en esa ciudad. Al parecer ese corresponsal no se percataba de lo contradictorio que es dividir a Dios de acuerdo al color de la piel de sus fieles.
A continuación el nombre y las edades de las nueve víctimas que deben ser recordadas públicamente: Tywanza Sanders, 25; Clementa Pinckney, 41; DePayne Middleton, 49; Sharonda Coleman Singleton, 45; Cynthia Hurd, 54; Susie Jackson, 87; Ethel Lance, 70; Myra Thompson, 59, y Daniel Simmons, 74.
No hay explicaciones razonables ni racionales para semejante locura. Los familiares de las víctimas aparecieron en la audiencia para fijar fianza al victimario, e hicieron algo sumamente ofensivo y repugnante para los racistas blancos: lo perdonaron y le enviaron muchas bendiciones. Hay que tener mucha fe y coraje para efectuar semejante acto de dignidad y de decencia.
¿Qué tienen en la cabeza y el corazón semejantes monstruos? Realmente nadie lo sabe. A diferencia de otros sociópatas, los de Colorado por ejemplo, que fueron a cobrar venganza contra su escuela y sus compañeros, el lobo solitario de Carolina del Sur se fue expresamente a buscar negros, gente con la que no convivía y a una iglesia con la que no tenía relación alguna. Su odio, su rencor, su veneno, lo descargó con nueve inocentes que le habían dado la bienvenida a su clase de estudios bíblicos.
¿Cuántos blancos habrían dado la bienvenida a un adolescente negro, vestido con símbolos racistas? El asesino de Carolina del Sur, cuyo nombre merece ser anónimo, llevaba sobre si la bandera confederada y otros símbolos racistas de la Sudafrica antes de la presidencia de Mandela.
¿Por qué odiar a los negros? Las dos semanas anteriores, en la televisión de los Estados Unidos, se transmitía la final de la NBA en la que dos equipos de atletas negros representaban lo mejor del deporte. Un tiempo antes la Fiscal General de los Estados Unidos, una experimentada abogada, Loretta Lynch, desenmascaraba la trama más grande de corrupción de la FIFA.
Al mismo tiempo la cadena Fox, y decenas de tele-evangelistas, locutores demagogos, y aspirantes republicanos a la presidencia de los Estados Unidos, habían producido suficiente veneno para hacerle creer a muchos blancos pobres, que eran pobres porque los inmigrantes indocumentados de América Latina les robaban sus puestos de trabajo, y porque sus conciudadanos de raza negra vivían del delito y de los subsidios gubernamentales. Frente a esos prejuicios, los locos de turno, buscan dejar su huella, con la más estadounidense de las formas de gestión de los conflictos: las armas de fuego.
Fue patético escuchar a Obama hablar tímidamente de aplicar un formulario a la compra de armas, o de promover alianza público-privada para fomentar el entendimiento entre las razas. Escuche a un comentarista de los que aparecen itinerantemente en la televisión de noticias, explicando que un estudio había dicho que los afro-estadounidenses le tenían más miedo a la violencia de la policía y al racismo de los blancos, que al terrorismo islámico. Triste conclusión, que para un chico negro de algún barrio pobre es más seguro caminar por las calles de Kabul o de Bagdag, que por las calles de Baltimore o asistir a las iglesias de Carolina del Sur.
El odio no se puede eliminar por ley ni el racismo se puede acabar por decreto. Lo que si se pudiera controlar por ley y por decreto son las terribles armas de fuego. Sin embargo, los políticos estadounidenses prefieren callar y otorgar que enfrentar directamente la gran enfermedad de su país, el racismo y la adicción a las armas de fuego.
Al menos en Charleston por una vez, todas las iglesias mandaron un mensaje: en el cielo hay nueve ángeles negros. Ojalá esas mismas iglesias y tantas otras como ellas, les enseñen a sus fieles y seguidores, a romper las cadenas del odio y del racismo.



