El ambientalismo moderno nació en el siglo XIX, cuando como nunca antes las sociedades de diversas partes del mundo pudieron vivenciar de primera mano la destrucción y alteración de paisajes y de su entorno natural con una velocidad asombrosa. Antes del siglo XIX, los humanos usaban esencialmente el fuego para transformar los paisajes. Así por ejemplo, desde Chepo hasta Natá, los indígenas precolombinos quemaban la vegetación para poder capturar los animales de los que se alimentaban y a la vez sembrar cultivos como el maíz y algunos tubérculos que constituían su dieta. Sobre esa tierra quemada, fue muy fácil para los españoles introducir la ganadería en 1521.
Sin embargo, fue con la industrialización que el ser humano aprendió a usar maquinarias complejas y explosivos que transformaron irreversiblemente la relación de nuestra especie con el planeta en que vivimos. En esa época transformamos bosques en leña, y la leña en CO2. Igualmente, convertimos a los ríos y lagos en nuestras alcantarillas, y empezamos a envenenar masivamente la tierra, el aire y el agua con nuestros químicos.
Después de la II Guerra Mundial se hizo evidente que el mundo enfrentaba varias amenazas que podían aniquilar a la especie humana. La más clara era la guerra nuclear entre las superpotencias. Sin embargo, el enemigo silencioso de la contaminación se fue manifestando en múltiples formas: lluvia ácida, crisis de basura, alimentos envenenados con pesticidas, aires sucios y tóxicos provocados por fábricas y automóviles. Posteriormente estos problemas alcanzaron escalas sistémicas y se empezaron a manifestar como colapsos de ecosistemas, extinción masiva de peces, pérdida de la capa de ozono y finalmente como cambio climático.
Paralelamente, los seres humanos se fueron enfermando de cáncer, tumores, alergias y todo tipo de malestares cerebrales, endocrinos, digestivos y existenciales. La presión y las amenazas a la vida generadas por el crecimiento económico y la racionalidad científica, llevaron a la creación de un paradigma sociopolítico complaciente con casi todas las ideologías y adecuado para todos los discursos económicos. Esa panacea es la del Desarrollo Sostenible.
El término “Desarrollo Sostenible” fue acuñado por la científica estadounidense Donella Meadows en 1983. En medio de la guerra fría, se articuló una idea muy simple y a la vez contradictoria: los seres humanos podíamos tener más bienes materiales sin afectar la estabilidad ambiental o social del planeta, siempre y cuando nuestro nivel de consumo permitiera, hipotéticamente, que las generaciones futuras pudieran consumir igual que nosotros.“Satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las generaciones del futuro para atender sus propias necesidades”.
Así es como aparece la definición de Desarrollo Sostenible en el informe, “nuestro futuro común”, de 1987. Ese documento es conocido popularmente como el informe Brundtland, en honor a la estadista noruega Gro H. Brundtland, quien fue la persona responsable de convocar al talento que redactó ese documento. Le ha tomado a las instituciones públicas internacionales y a los gobiernos del mundo casi 30 años para adoptar la agenda del informe. Al menos nominalmente, los países del mundo tienen ahora una agenda común.
En el año 2000 la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas adoptó 8 objetivos como las metas básicas de desarrollo de los países del mundo. Se estableció que en 15 años, es decir en este año 2015, los países debían alcanzar las metas. Hace varios años ya era público y notorio que las metas no serían alcanzadas. En muchos casos, porque los países más pobres del mundo no tenían el dinero para hacerlo y la cooperación internacional no estaba orientada para ello tampoco.
En el caso de países como Panamá, los cuales cuentan con los recursos y la capacidad de cumplirlos, el problema fue que nuestra clase política tenía otros intereses y hacia allá se desviaron los fondos, los talentos y las instituciones que pudieron acabar con la pobreza, el hambre y los múltiples males de nuestra sociedad.
Como si ese fracaso no fuera suficiente, ahora Naciones Unidas nos propone que en vez de 8 metas cumplamos 17, y tenemos como fecha final para cumplirlas el año 2030. Corresponde conocer entonces estas 17 metas:
Los 17 objetivos de desarrollo sostenible propuestos son:
1. Erradicar la pobreza en todas sus formas en todo el mundo.2. Poner fin al hambre, conseguir la seguridad alimentaria y una mejor nutrición, y promover la agricultura sostenible.3. Garantizar una vida saludable y promover el bienestar para todos y todas las edades.4. Garantizar una educación de calidad inclusiva y equitativa, y promover las oportunidades de aprendizaje permanente para todos.5. Alcanzar la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y niñas.6. Garantizar la disponibilidad y la gestión sostenible del agua y el saneamiento para todos.7. Asegurar el acceso a energías asequibles, fiables, sostenibles y modernas para todos.8. Fomentar el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo, y el trabajo decente para todos.9. Desarrollar infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible, y fomentar la innovación.10. Reducir las desigualdades entre países y dentro de ellos.11. Conseguir que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles.12. Garantizar las pautas de consumo y de producción sostenibles.13. Tomar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos (tomando nota de los acuerdos adoptados en el foro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático).14. Conservar y utilizar de forma sostenible los océanos, mares y recursos marinos para lograr el desarrollo sostenible.15. Proteger, restaurar y promover la utilización sostenible de los ecosistemas terrestres, gestionar de manera sostenible los bosques, combatir la desertificación y detener y revertir la degradación de la tierra, y frenar la pérdida de diversidad biológica.16. Promover sociedades pacíficas e inclusivas para el desarrollo sostenible, facilitar acceso a la justicia para todos y crear instituciones eficaces, responsables e inclusivas a todos los niveles.17. Fortalecer los medios de ejecución y reavivar la alianza mundial para el desarrollo sostenible.
Honestamente, en la intimidad que nos permite tener este blog, debo expresar mis dudas de que el mundo esté preparado para transformarse en la sociedad global que pueda cumplir con estas metas. Un ejemplo muy criollo lo dejará más claro. En el año 2009, toda nuestra deuda pública era inferior al presupuesto general del Estado. En el año 2014 ya lo superaba, y con las tasas de endeudamiento que tenemos en la actualidad es posible que para 2020 nuestra deuda pública sea el equivalente a más del 60% de nuestro PIB. Esto quiere decir que pagar los intereses y el capital de esa deuda comprometerá más recursos de los que pueda producir el Canal de Panamá. Esto es sin considerar lo que nos va a costar salvar y sanear a la Caja de Seguro Social por un lado, y enfrentar sistemáticamente los embates del cambio climático en nuestro país.
Después de esto, es muy poco probable que queden recursos significativos para invertirlos en los llamados “ODS”, incluyendo el detalle que alguno de los 17 implica demoler y desmantelar edificios, hidroeléctricas y otras infraestructuras. Esta es una situación que la institucionalidad panameña no es capaz de hacer, como se evidencia en los casos del PH Plaza Independencia, los rascacielos de Paitilla y Coco del Mar, por solo mencionar algunos ejemplos.
La humanidad se aproxima a una sexta gran extinción de la vida en el planeta, principalmente causadas por nosotros mismos. Las 5 primeras cambiaron la prehistoria y permitieron que nosotros nos convirtiéramos en “la imagen y semejanza de Dios”, con lo que pasamos a ser la especie dominante. Si le preguntan a cualquier persona mayor de 40 años con suficiente memoria y honestidad, cuándo tuvo mejor calidad de vida: si en 1995 con computadoras Pentium y sin celulares, ni tranques en las calles; o en el 2015, con todos los bichos y aparatos electrónicos y los problemas de agua, basura y seguridad que tenemos. Yo respondo que en 1995. Es más, el Windows 95 era una maravilla, casi llegué a usar la totalidad de los programas que tenía incluidos. Según algunos informes sobre el uso de la tecnología, menos del 10% de la gente conoce la mitad de las aplicaciones y capacidades de sus computadoras, y menos del 5% puede decir lo mismo de sus celulares.
Quizás la esperanza de la humanidad consiste en lo que el panameño Rodrigo Tarté denominó como el principal problema actual: el “analfabetismo ecológico”. Ese es el problema a resolver, aprender a desaprender lo que sabemos sobre la vida en sociedad, y a pensarnos a nosotros mismos desde otra perspectiva. Para los creyentes, esa perspectiva puede ser la del mundo como una creación sagrada de Dios a la que hay que honrar y respetar.
Para los ateos, la perspectiva puede ser la de la solidaridad entre distintas generaciones de seres humanos, a las que hay que respetar sus derechos a un mundo mucho mejor que el que nosotros recibimos. Después de todo, el Desarrollo Sostenible es una metáfora de lo que en realidad debía ser la única meta de desarrollo: la sostenibilidad de la vida en el planeta Tierra.
