Carpe Diem: ¿Dónde está la mansión más cara de Panamá?

Carpe Diem: ¿Dónde está la mansión más cara de Panamá?
Carpe Diem: ¿Dónde está la mansión más cara de Panamá

Para mí, la respuesta no es Pedasí, Contadora, Costa del Este o Altos del Golf. Todas las mañanas, cuando vengo al trabajo, paso al frente del puente elevado de la Tumba Muerto, diagonal a Plaza Edison. Según los informes, al momento de su inauguración este fue un componente del proyecto de corredores de vía Brasil con El Paical y la Ricardo J. Alfaro. El proyecto costó 216 millones de dólares, suma equivalente a todo el presupuesto de la Universidad de Panamá o a casi tres veces el presupuesto anual del hospital Santo Tomás. El puente tiene un residente. De alguna forma, él consiguió agua potable de una pequeña tubería y electricidad de un cable que estaba a nivel de la calle. Todas las mañanas se asea discretamente cubierto por una cortina y lava su ropa. Ha pegado un espejo a la pared y guarda sus pocas pertenencias en unos cartuchos y cajas. A prima noche, se le ve tendiendo unas sábanas sobre el piso de concreto para acostarse sobre ellas. Es muy tímido, y todavía no consigo su nombre. Seguramente, no sabe que su casa es la más cara de todo Panamá.

A otro residente de nuestros puentes y pasos elevados, le puse el sobrenombre de Gourmet. Siempre lo he visto con una carretilla de supermercado, registrando las tinaqueras de los restaurantes de comida rápida de la vía España y la vía Cincuentenario. A veces se sonríe cuando en su búsqueda encuentra una caja de pollos, aparentemente con alguna presa medio mordida. No puede faltar la ocasional pachita que complementa sus comidas, que le mantienen con las ganas de salir adelante. Él no es comunicativo, y me da la impresión de que aunque guarda sus cosas debajo de un paso elevado, debe estar durmiendo detrás de la tinaquera de una estación de gasolina cercana, para así poder tener agua y limpiarse un poco.

Yadira, como ella dice llamarse, es el terror de mi sobrinito de 4 años. Cuando él y su mamá van al parque caminando, algunas veces se topan con Yadira, quien de forma muy agresiva defiende sus hallazgos en los basureros del vecindario. Hay ocasiones en que Yadira los persigue hasta una cuadra y luego les grita algunas barbaridades. Ocasionalmente, la policía aparece y recoge a Yadira, quien luego de desaparecer unos días regresa al barrio para hacer sus actividades cotidianas. Curiosamente, solo persigue a las mujeres, dejando en paz a los hombres que transitan cerca. Quizás sea su forma de practicar la perspectiva de género.

Después de las 10 de la noche, por la Tumba Muerto, se puede observar claramente a un grupo de niñas, posiblemente de entre 10 y 13 años, vestidas con pantalones cortos o minifaldas, aprovechando cada semáforo para pedirles dinero a los conductores. Algunos hombres les chiflan desde sus autos para que las “nenas” se den la vuelta y se acerquen a conversar. Otros más, simplemente las evitan o las toman como parte del paisaje urbano de nuestra jungla de cemento y acero. He pensado llamar a la policía de menores, pero luego recuerdo las narraciones que muchachas detenidas por prostitución clandestina contaban consistentemente, de lo que les sucedía en los distintos cuarteles de la policía. Les quitaban el dinero, los celulares, y hasta había intercambio de favores sexuales. Debo aclarar, que esto me lo informaron durante el gobierno pasado y no tengo informes de lo que ocurra actualmente.Pero la prostitución, disimulada o no, hace rato que dejó de ser exclusiva de las calles.

Hace cuestión de unas semanas, una chica panameña, ataviada juvenilmente, fue a encontrarse con su novio y la familia de este, que estaba hospedada en uno de los hoteles de lujo de la capital. Al entrar al vestíbulo del hotel, un seguridad le indicó que no podía entrar porque todavía era muy temprano, y que además antes debía ir a pagar a la caja para tener el derecho de permanecer allí. La chica le avisó a su novio, quien bajó con su familia y se cambiaron de hotel. Este dato me hizo entender el porqué los vestíbulos de ciertos hoteles parecen sitios aptos para realizar una convención de ginecólogos o cirujanos plásticos, por la cantidad tan exagerada de carne y piel femenina que está en exhibición. Ese es el progreso de la industria sin chimeneas. Esas son las estadísticas que no se miden y son los dólares que han transformado a algunos hoteles en proxenetas y meretrices de las mujeres panameñas y extranjeras, que han optado por ser emprendedoras de este negocio.

Lo peor que le pudo pasar al Mides fue que le dieran una chequera y pusieran como ministro una personalidad inflada por la televisión local. No es un accidente que los ministros del Mides sean siempre los que encabezan las encuestas de opinión. La pobreza, la desigualdad y la violencia estructural han ido aumentando en Panamá.

El Mides debía ser una organización de servicios sociales desplegada en las comunidades y con un monitoreo permanente de las calles, barrios y parques de Panamá. En su lugar, se ha convertido en el cuartel central del asistencialismo y del paternalismo peor entendido.

Las respuestas sociales han quedado en manos de las iglesias, la sociedad civil y las televisoras locales. Detrás de cada silla de ruedas, paquete de supermercado o colchón nuevo que son donados, existe una cadena de eslabones a resolver para que la gente no viva permanentemente en la cuerda floja. Las tres mejores políticas sociales son: la salud, la educación y un trabajo digno que permita una vida decente. En los tres ámbitos estamos fracasando, y las otras políticas públicas de apertura comercial, de fomento de los casinos y cantinas por doquier, y la remilitarización de las fuerzas de seguridad pública continúan empujando a las endebles familias panameñas hacia un estado de indefensión e impotencia.

Alguna vez, el Ministerio de Educación educaba. Existió una época en la que el Ministerio de Salud y la Caja de Seguro Social curaban a la gente. Hoy esas ideas son solo añoranzas. Los gremios magisteriales acaban de derrotar la iniciativa de la jornada única, que permitiría empezar a superar las flaquezas del sistema educativo. Alargar la jornada no lo resuelve todo. Sin embargo, una jornada prolongada le garantiza otra comida a los estudiantes, mientras que les permite pasar más tiempo con sus maestros y compañeros. Quizás hasta puedan jugar en paz.

Es muy probable que la unificación de los sistemas de salud sea derrotada por los gremios médicos. Es triste, que los profesionales de la salud no se percaten del profundo resentimiento social que se está creando dentro de la sociedad panameña hacia ellos. Es desconsolador saber que algunas de las oenegés dedicadas a atender a las personas afectadas por problemas de salud o con discapacidades comenten públicamente, como lo hicieron en el programa de televisión “Héroes por Panamá, 2015”, que parte de su fondo y de su trabajo debía ser dedicado para atender condiciones provocadas por negligencias médicas.

Existen numerosas iniciativas ciudadanas para combatir el hambre, la enfermedad, el abandono o la falta de guía y afecto que sufre una gran cantidad de panameños. Es conmovedor saber que personas que ganan menos del salario mínimo son capaces de mantener comedores para decenas de niños en San Joaquín o en Felipillo. Esto contrasta con los 3.5 millones que va a gastar el Municipio de Panamá en el Desfile de Navidad. Ese es el equivalente de 350 comedores comunitarios. Imagínese que cada comedor alimente 30 niños diariamente. Con ese dinero, 10 mil niños podrían ser alimentados a lo largo de todo el año escolar.

Si seguimos sin entender que gobernar no es cortar cintas, sino prestar los servicios públicos en cantidad y calidad necesaria para que las personas desarrollen su potencial humano, seguiremos atrapados en un país donde los ricos tienen que vivir entre rejas y garitas de seguridad, y los pobres debajo de los puentes y pasos elevados. Ese es el reino de las pesadillas frente al cual, ni los políticos ni los ciudadanos estamos dispuestos a enfrentar.


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