Nicolás Maduro y Donald Trump están enfrascados en una competencia internacional por el título mundial de demagogia.
Maduro, quien ha tenido que usar todo tipo de estratagemas y tácticas para impedir que sus opositores puedan ser candidatos a cargos de elección, y a la vez, se ha negado a permitir la observación electoral independiente de las próximas elecciones de diciembre, ha decidido provocar una crisis internacional con Colombia, como arma de distracción masiva de lo que está enfrentando el venezolano promedio bajo su gobierno.
Donald Trump, durante una conferencia de prensa hizo que se expulsara al periodista de Univisión, Jorge Ramos, cuando Ramos le increpó sobre sus planes de deportación masiva de millones de indocumentados y de terminar el muro en la frontera entre México y Estados Unidos.
Trump ha fundamentado su campaña presidencial sobre la xenofobia y la misoginia como formas de alentar a los más reaccionarios sectores del pueblo estadounidense para que lo apoyen.
Trump no quiere que se discuta ni su vida familiar, ni su historial empresarial. En su lugar, con sus planteamientos radicales, ha conseguido acorralar al partido Republicano y a los demás precandidatos presidenciales de dicho colectivo.
Nicolás Maduro ha obtenido un cambio en la conversación internacional que existía sobre Venezuela y que iba creando un consenso regional acerca de que la patria de Bolívar necesitaba de observadores electorales y de una sanción por sus constantes violaciones a los derechos humanos. En su lugar, ahora se habla de la crisis de la frontera y de las deportaciones masivas de colombianos radicados en Venezuela.
Tanto Trump como Maduro han sabido manipular a los medios y a la comunidad internacional. Los líderes de opinión han tenido que entrar a discutir sus planteamientos y no sus realidades. Parece muy extraño, pero la demagogia los ha hermanado.



