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10 sep Un martes cualquiera

Para Bin Laden y los fanáticos sociópatas que lo seguían, las torres gemelas representaban el poderío del capitalismo estadounidense. Para Bin Laden y los fanáticos sociópatas que lo seguían, las torres gemelas representaban el poderío del capitalismo estadounidense.
Para Bin Laden y los fanáticos sociópatas que lo seguían, las torres gemelas representaban el poderío del capitalismo estadounidense. LA PRENSA/Archivo

Tengo entendido que era un día soleado sobre la ciudad de Nueva York cuando los dos aviones de pasajeros se estrellaron con las Torres Gemelas del World Trade Center. Ese día Osama Bin Laden redefinió nuestro mundo moderno con sus 19 atacantes que provenían de las clases medias egipcias y saudíes. La obsesión de Bin Laden con las torres gemelas lo habían inspirado a planear un atentado terrestre años antes, pero el mismo fracaso, ya que el sitio escogido para el ataque fue el sótano de las torres, el lugar que precisamente era el más fuerte de toda la estructura.

Para Bin Laden y los fanáticos sociópatas que lo seguían, las torres gemelas representaban el poderío del capitalismo estadounidense y una proyección de poder ingenieril insuperable en el mundo. Estados Unidos había ido a la luna, pero ese hito era meramente simbólico. Las Torres Gemelas eran los edificios más altos del mundo hasta que el furor asiático les superó con torres más altas en Taiwán, Malasia, Shanghai y finalmente Dubai. Sin embargo, cuando Bin Laden las estudió no había nada similar en el planeta. Como en muchos aspectos de sus creencias, Bin Laden estaba equivocado respecto a las torres, estás no eran un ejemplo vigoroso del triunfo del capitalismo. Por el contrario, habían sido un proyecto del gobierno del estado de Nueva York y Nueva Jersey para estimular la decaída economía de su región con un megaproyecto. Por mucho tiempo, ni siquiera fueron rentables, y había que subsidiar su operación para atraer las oficinas de distintos usuarios de diversas partes del mundo. Después de ese megaproyecto la ciudad de Nueva York cayó en una recesión de más de una década, porque simplemente los negocios y las actividades económicas abandonaban esa ciudad por el alto costo de las actividades en dicha urbe y por la delincuencia común que alejaba a los residentes y turistas.

Supe de las torres gemelas, muy posiblemente como hizo la gran parte de la humanidad, incluyendo quizás a Osama Bin Laden. Fue la película King Kong de 1976 del italiano Dino de Laurentis, la que puso a las torres gemelas en la imaginación mundial cuando el gigantesco simio escalo las paredes externas con la bellísima rubia actriz Jessica Lange en una de sus manos. La idea de la película era enfrentar el mundo salvaje contra la gran tecnología del mundo contemporáneo. Tengo entendido que muchos jóvenes se inspiraron a estudiar los simios después de ver esta película. Algunos otros quizás se inspiraron a estudiar como destruir esos símbolos de poder. Bin Laden acabó con el mundo de la confianza y desinterés casual en el entorno de los viajeros. Los aviones comerciales se transformaron en misiles. Zapatos, correas, botellas de agua, encendedores, y hasta bastones y sillas de ruedas podían ser armas mortales. Bin Laden le trajo la guerra a los televisores de occidente y en cada sala se vivía el miedo. Cada medida policiva, por muy irracional que fuera, estaba justificada por el terrorismo.

Ese 11 de septiembre de 2001, estaba en París, en medio de un curso que contaba con más de 60 estudiantes. La idea era preparar gerentes para un mundo globalizado. Cuando vimos como caían las torres en los noticieros de CNN, mis colegas estadounidenses se preguntaban que había hecho Estados Unidos para provocar ese odio. Hubo horas y días de sinceramiento, mientras los europeos, africanos, asiáticos y latinoamericanos recordábamos algunos de los capítulos más oscuros de la política exterior estadounidense. Un colega mexicano perdía la voz cada vez que contaba la historia de su país y su vecino del norte. No obstante, nada impidió la mayor expresión de solidaridad y simpatía que conocí en mi vida. Estuve en los Campos Elíseos el viernes 14 de septiembre cuando millones de franceses caminaban en solidaridad con los Estados Unidos, llevando la bandera de las Barras y Estrellas junto a la francesa y cantando New York New York. Francia puso de lado su reticencia al idioma ingles y por doquier había cartelitos en este idioma expresando el apoyo a Estados Unidos.

Osama Bin Laden pertenecía a una de las familias más ricas de todo el mundo.

La acción de Bin Laden desencadenó la guerra más larga que haya tenido Estados Unidos, tanto es así que aún no termina. Todo Medio Oriente y el centro de Asia siguen revueltos . Las lecciones de Bin Laden no tienen que ver únicamente con los temas de seguridad, sino también con la frustración de millones de jóvenes en los suburbios de El Cairo, Bagdad y Trípoli. En ciudades grandes y pequeñas, en villorrios y en aldeas, los jóvenes musulmanes se encuentran enfrentados al fanatismo, la intolerancia y al dogma de una versión de su religión que no corresponde con la rica tradición histórica y humanista de la misma. Otros millones de jóvenes, migrantes recién llegados o hijos de migrantes son carne de cañón del racismo, discriminación y el reclutamiento por parte de organizaciones fanáticas. La ola de atentados que castigó Europa en los últimos años parece que fue tranquilizada por las Fuerzas del Orden de los países occidentales.

En una sociedad abierta y democrática, nada justifica el terrorismo. El ataque contra las Torres Gemelas tuvo resultados predecibles. Fue otro Pearl Harbor que despertó al gigante estadounidense. A diferencia de la Segunda Guerra Mundial, no ha existido un plan estructurado para reconstruir a los países afligidos por la guerra y el terrorismo en el Medio Oriente. Las mentiras y los mensajes fanáticos siguen prosperando en las redes sociales, y en canales de comunicación clandestinos. La injusticia y la imaginación no justifican los crímenes, sino que los hacen legítimos entre quienes viven en esas condiciones.

Osama Bin Laden pertenecía a una de las familias más ricas de todo el mundo, la segunda más rica de Arabia Saudita. En su escuadrón de la muerte, tenía muchachos que conocían al mundo, habían bailado en sus discotecas, disfrutando de los grandes museos de Europa, quizás de placeres carnales desconocidos para los musulmanes típicos, y de ninguna forma podían considerarse como parte de la gran masa de oprimidos y marginados de sus países.

El 11 de septiembre de 2001 se juntó con el 13 de noviembre de 1989, fecha en la que cayó el muro de Berlín. Estos dos hitos del calendario inauguraron nuestra era, en la cual triunfa la irracionalidad electoral, y los países que deberían ser los grandes líderes del mundo democrático le dan la espalda. Quizás, solo quizás, esa fue una pequeña victoria para el terrorismo, ya que animó los peores defectos de las sociedades occidentales. En el resto de este siglo, el gran combate ideológico será entre las sociedades abiertas, con su pensamiento liberal y científico, contra las grandes sociedades autoritarias que han pactado con el fanatismo. No se combate a la oscuridad con otra arma que no sea la luz. Occidente ha fracasado en encender esa luz en los rincones abandonados del planeta. Las migajas y la ayuda por goteo no son suficiente, se necesita un nuevo orden económico que sea más solidario y democrático. Se necesita más educación, y sobre todo se necesita defender a la libertad en todas partes.

Bin Laden no era enemigo de las dictaduras, los estados policiales o los autoritarismos. Su obsesión era destruir a las democracias y debilitar a los principios de la libertad. Odiaba a las mujeres sin velo tanto como a los ateos. La libertad es el único antídoto para enfrentar a la enfermedad de los fanáticos como Bin Laden. Sus certezas y verdades son las dudas de los ciudadanos libres del mundo.

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