Bajo la influencia de San Francisco de Asís, se conformó un hermandad de monjes descalzos que defendieron la naturaleza y servían a los pobres, bajo un régimen de contemplación. Como solían llevar sus cabezas cubiertas por capuchas, como lo hizo San Francisco de Asís, fueron denominados como los Cappuccinos. El 3 de julio de 1528 el Papa Clemente VII los legalizó con lo cual rápidamente adquirieron presencia y popularidad.
El café llegó a Europa proveniente de Indonesia en manos de marinos y comerciantes holandeses. Fue este Reino el que lo envió a Curazao, y de allí saltó a Brasil. Lo demás es historia de la bebida más importante del desayuno occidental.
No recuerdo con exactitud cuando conocí el café. Es un olor que asocio con mi infancia y con mi madre, quien muy temprano en la madrugada lo hervía, lo colaba y lo ponía en su respectiva cafetera. Mi madre era de la escuela del filtro de café hecho de tela y ocasionalmente alguna media blanca huérfana, reencarnaba como filtro para los cafés negros y los café con leche de la plebe.
Mi abuela hacía café con pepita de marañón y con Ñajú. Acompañado de deliciosos buñuelos de maíz o de bolitas de pan calientes, eran el bocado del Colegio de Cardenales.
Aprendí a tomar café en casa, era la bebida de mi adolescencia, y en particular de mi época de licenciatura universitaria. Debo haber tomado el primer cappuccino de mi vida en Vía Argentina. Fue amor al primer sorbito.
En 1683, después de la cruenta Batalla de Viena, entre los austriacos y los turcos, en la que resultaron ganadores los primeros, tomaron como botín los sacos de café que sus contrincantes habían traído. Los prepararon muy calientes, le agregaron crema de leche y miel para endulzarlo y el resultado fue una bebida con el color de los hábitos de los monjes franciscanos. De allí su nombre. Posteriormente los italianos inventarían la máquina de hacer café espresso en 1901, y hacia 1950, la capucha de espuma de la leche caliente reforzaría la vinculación con los monjes franciscanos.
Cuando viajé por primera vez a Estados Unidos probé unas marcas de café enlatado que no merecen ser mencionadas por lo infame que su sabor era. Conocí las cadenas de cafeterías que rodean a las universidades del norte, y debo confesar que solo me gustaba el café que vendía una librería independiente, en la cual escuché por primera vez la música del sello Putumayo. Con el tiempo descubrí otras cafeterías independientes que funcionaban como café teatro o café galerías para fotos y pinturas de jóvenes artistas.
Durante la revolución industrial, el café fue utilizado como medio de explotación de la clase obrera en las fábricas y las minas. Con jornadas de trabajo de 16 horas al día, y de 6 días a la semana, los niños y adolescentes que constituían la gran masa proletaria en Europa y Estados Unidos, se mantenían despiertos y alimentados a punta de café.
Se considera que las tropas militares anglosajonas ganaron importantes batallas, desde Waterloo hasta Crimea, y de la guerra de independencia hasta la guerra civil, gracias a que tanto ingleses como estadounidenses, calentaban el agua para tomar té o café. En cambio, franceses, mexicanos, y rusos, por ejemplo, tenían que beber agua fría y sucia que mermaba su rendimiento y mantenía enferma a más de la mitad de su tropa.
En la década de 1980, los Jesuitas le hicieron un aporte sumamente importante a la economía mundial. Crearon el concepto de “Comercio Justo”. Este término implica que los productores de artículos como el café, el cacao, el algodón, y otros similares, recibieran una compensación mayor por sus productos a cambio de que cuidaran el ambiente, alimentaran mejor a sus familias, y realizaran su comercio libre de intermediarios. Con la rúbrica de Comercio Justo, los estudiantes universitarios de Europa y de Norteamérica manifestaron su preferencia por el café y los comestibles que formaban parte de este sistema. Actualmente, una quinta parte del café que se consume en Europa, es de la categoría de Comercio Justo.
Desde antes de esa década, aparecieron tiendas especializadas en todo lo relacionado en café, y se masificó Starbucks. Esta cadena se denomina así por un personaje de la famosa novela Moby Dick, el capitán Ahab. Para quienes lo ignoran, la cadena de cafés fue fundada por un profesor de literatura inglesa, un profesor de historia y un escritor. Aquí nos damos cuenta que para los grandes negocios no hay que ser empresario y que las maltratadas carreras de las humanidades aportan muchísimo a nuestra sociedad.

Debo hacer un reconocimiento al muy humilde café turco, el cual me mantuvo despierto por largas horas durante los exámenes de maestría y durante el proceso de aplicación como candidato al programa de doctorado, en New Haven. A unas cinco cuadras del dormitorio estudiantil donde vivía, existía un restaurante turco cuyo principal atractivo eran unos rollitos de harina bañados en miel y rellenos de higo, acompañados de una muy pequeña taza de porcelana, dentro de la cual había el más negro y concentrado de los cafés imaginados por el ser humano. Una vez tuve una sobredosis de ese café (dos tazas) y me tomó tres días poder caer dormido en la cama.
El café turco merece respeto. Lo volví a probar en Berlín y me enteré que con el equivalente del último sorbo de café el dueño del restaurante lo volteaba sobre un plato y dándole vueltas, te leía el futuro con muchos aciertos.
En abril de 2005, mi acupunturista, el milagroso doctor Da Cheng, me recomendó que dejara el café porque afectaba muy fuertemente mi sistema nervioso. Unos años antes, otro doctor me había hecho una endoscopía por una úlcera estomacal, y entre las cosas que descubrió, encontró que yo era intolerante a la lactosa, por lo que me sugirió substituir la leche de vaca, por la de cabra, soya, o arroz.
“Grandi Soy Cappuccino”, era como pedía mi café según los códigos de la cadena Starbucks. Por cuatro años fui adicto a esa mezcla hipnótica. En el camino descubrí la bomba que es el café vietnamita, una mezcla de leche condensada con hielo picado y café negro hirviente. Entre el azúcar y la cafeína, uno generaba tanta electricidad como una planta nuclear.
Después de la prohibición del café, me contentaba con el olor del que preparaba todas las mañanas para mi esposa. Ocasionalmente un Tiramisú, dulce italiano preparado con café y queso Mascarpone, o un helado de café, han bastado para suplir mi añoranza. Tanto por el café con leche de mi madre, como por el Cappuccino de la Vía Argentina, o el ocasional café de temporada ofrecido por ciertos restaurantes.
Soy un hijo del café.
