La gripe o influenza se ha convertido en un padecimiento constante de la humanidad. Los virus causantes de esta enfermedad provienen de las aves y los mamíferos, en los cuales usualmente evolucionan y saltan al ser humano. No se les puede combatir con antibióticos. De allí la importancia de las vacunas.
Usualmente confundimos los resfriados con la gripe. Aunque los síntomas pueden ser similares, no tienen la misma causa ni son equivalentes. En el siglo XX hubo cinco grandes pandemias de gripe o influenza que causaron decenas de millones de muertes. Para los que quieran explorar más sobre este tema, pueden consultar el portal de Wikipedia, gracias al cual ningún bloguero pasa por bobo e ignorante.
La primera vez que escuché sobre la influenza fue cuando mi padre me hablaba de la muerte de mi tío abuelo Julio. Al fundarse la República en 1903, los gobiernos iniciales decidieron enviar al extranjero a los mejores estudiantes de todas las provincias. Mi tío abuelo Julio Noriega coincidió con Harmodio Arias Madrid en Inglaterra. Recuerdo vagamente un manojo de fotos que mi padre atesoró toda la vida, donde se veía al joven tío vestido con saco y sombrero de la época, frente a los distintos monumentos y edificios históricos londinenses.
Mi tío abuelo terminó la secundaria e inició sus estudios universidad cerca de Londres, donde lo agarró la Primera Guerra Mundial. Como no era ciudadano británico no tuvo que servir en los diferentes frentes de guerra pero, dada la gran escasez de varones, las universidades inglesas, le pidieron a los estudiantes extranjeros que ayudaran con diversas tareas, mientras desarrollaban su vida universitaria. El agotamiento físico de su cuerpo, lo hizo víctima propicia de la gran epidemia de influenza, que mató decenas de millones de personas en Europa. Justo al terminar la gran guerra.
Con esa historia familiar, mi padre era muy precavido con las enfermedades respiratorias. En casa teníamos la colección usual de jarabes pectorales, expectorantes, antitusivos y hasta purgantes. De niño toleraba el jarabe Fórmula 44 de Vick, mientras que ahora de adulto, me inclino al “Paipacoa”.
Mi madre y mi abuela tenían su propio arsenal de remedios caseros que incluían: el jugo de limón con una cucharadita de miel de abeja, el té de jengibre, leche hervida con un diente de ajo y algo de azúcar y su respectiva colección de jarabes de botica tales como el Tabonuco, raíz de Rábano y de otros orígenes que se pierden en mi memoria.
Los ocho años que viví en Estados Unidos implicaron ajustarme al calendario de vacunación anual que se hacía entre septiembre y octubre, para enfrentar la llamada “flu season”. Con el rigor y la regularidad anglosajona, todos los años mi brazo derecho se ofrecía como frente de guerra al combate antiviral.
Estados Unidos tiene una política de vacunación muy fuerte fundamentada no solo en criterios de salud pública, si no también en razones de seguridad nacional y fortaleza económica. Una mala epidemia puede desbaratar la economía de cualquier país o producir desórdenes sociales sumamente graves. En Paraguay hace unos años, la epidemia de dengue provocó la caída de un gobierno, y es usual que las crisis de salud causen cambios importantes en la dirigencia del Partido Comunista Chino.
Algo le ha pasado a la salud pública en Panamá. Es cierto que hemos crecido desordenadamente en las últimas dos décadas. También es cierto que el neoliberalismo debilitó al Ministerio de Salud y a la Caja de Seguro Social. Hay, sin embargo, otros factores que pesan enormemente sobre nuestra histeria colectiva con la influenza. Fue muy triste para mí saber que en años anteriores, el gobierno nacional ha tenido que descartar hasta 80% de las vacunas, simplemente porque expiraron y nadie acudió a ponérselas.

Yo soy culpable de esta histeria porque desde marzo varios doctores me habían dicho que me fuera a vacunar. A veces era inconveniente sacar el tiempo para ir a un centro de salud. Incluso, en un par de ocasiones, como no había estacionamiento cerca no me vacuné. Hace un par de semanas, fui a una vacunación pública anunciada en el parque Andrés Bello para un sábado, y cuando llegué me informaron que sería el domingo. Al día siguiente fui con mi esposa, mi suegra de 84 años y mi sobrino de 5 años a vacunarnos. Cuando llegamos a la fila nos dijeron que ya no había vacunas disponibles. Ese mismo fin de semana varios amigos y compañeros de trabajo que viajaron al interior, pudieron ponerse sus vacunas sin problemas.
Las vacunas contra la influenza, al igual que los bebés, vienen de París. En el caso de las vacunas, no son las cigüeñas sospechosas de portar la gripe aviar, si no un avión Airbus de Air france que las traerá. La logística del Ministerio de Salud y la Caja de Seguro Social la distribuirá en cuestión de días a todo el país, y en unas cuantas semanas se nos habrá olvidado la crisis de la influenza de 2016.
Cuando era un niño y tenía resfriado, recuerdo que mi madre me hacía tomar alguna pastilla. Sin embargo, el mejor remedio era una deliciosa sopa de fideos Continental con un huevo adentro. A veces acompañaba la sopa con pan caliente o con galletas de sal. Luego de lo cual me acostaba en la cama con las medias puestas y el pecho y la espalda embadurnados con Vicks VapoRub. Casi siempre, a la mañana siguiente estaba curado. Así de mágico sanador es el amor de las madres.