Detrás de la Leyenda: Rudecinda Alfaro, libertadora de Los Santos

Detrás de la Leyenda: Rudecinda Alfaro, libertadora de Los Santos
Detrás de la Leyenda: Rudecinda Alfaro, libertadora de Los Santos

Según la leyenda histórica, una joven adolescente vendedora de frutas enamoró al capitán español que comandaba el cuartel de La Villa de Los Santos. Ella formaba parte de la conspiración libertaria que buscaba independizar a Panamá del yugo español. Cuando a finales de la tarde del 10 de Noviembre de 1821, Rufina Alfaro lanzó su grito de ¡libertad! ya era muy tarde para la soldadesca española, que encontró que la pólvora para sus mosquetes estaba mojada y por lo tanto eran inservibles para defender su fortín. Los sublevados santeños capturaron a los españoles, y esa misma noche subscribieron su Acta de Independencia. Panamá era libre gracias a que un capitán español, que posiblemente le arrancó la doncellez a la joven santeña, perdió el dominio de la colonia panameña.

Historiadores, intelectuales y folcloristas han buscado sin éxito la documentación o las pruebas evidenciarias de que la historia de Rufina Alfaro fuera verdadera. Hasta la fecha no se ha encontrado partida bautismal, lápida, carta, testamento o documento alguno donde conste que Rufina existió. Por lo tanto, la conclusión lógica debería ser que la historia es falsa y que pertenece al baúl de las fábulas de la India Dormida, la Tepesa, y hasta de la Cucarachita Mandinga.

Si buscáramos la partida bautismal de Tristán Solarte, Rogelio Sinán, o Julio Viernes, seguramente fracasaríamos porque ninguno de estos nombres corresponden al de una persona real, sino que son seudónimos literarios. Ciertamente tampoco encontraríamos la partida de nacimiento de Chicho Fábrega, Manos de Piedras Durán o del Cholo Pérez, porque todos esos nombres corresponden a los apodos o sobrenombres de cada uno de los personajes. Todos ellos sin embargo existieron y existen sin la menor duda.

En el caso de Rufina Alfaro, recomiendo como mejor referencia el trabajo del historiador panameño Alberto Arjona Osorio, en la página de internet del Tribunal Electoral. Este historiador estaba investigando el Padrón de 1774 de La Villa de Los Santos. En ese censo se mencionan a dos familias Alfaro. Una seguramente blanca, y la otra probablemente mestiza o mulata. Primera prueba: había familias de apellido Alfaro en la Villa de Los Santos.

En algunos documentos se ha mencionado que Rufina Alfaro nació el 4 de octubre de 1804. Sin embargo, no se aporta prueba de ello. En sus investigaciones Alberto Arjona Osorio encontró un acta bautismal de la Iglesia de San Atanasio, en la cual se hace constar que el primero de noviembre de 1810, María Joseph Rudecinda Alfaro servía como madrina de bautizo de un niño, que muy probablemente era su sobrino. Aunque no queda claro si su hermana, la madre del bautizado era menor o mayor que Rudecinda, si es obvio que para ser madrina de bautizo, Rudecinda debía tener más de catorce años en ese momento. Lo que significa, que para 1821 tenía por lo menos 25 años de edad. El historiador Arjona Osorio encuentra otras actas bautismales posteriores donde Rudecinda nuevamente es madrina de bautizo.

Estas actas en su conjunto nos revelan varias cosas: para ser madrina en esa época usualmente se buscaba a mujeres que no tuvieran hijos y que tuviesen cierto nivel de ingresos propios, precisamente para garantizar que en caso de faltar los padres, Rudecinda fuera capaz de cuidar a sus ahijados. El otro dato interesante, que revelan las actas bautismales es el hecho de que Rudecinda solo tenía el apellido Alfaro, es decir, que era hija natural, o que en otras palabras su madre era madre soltera. Esto ubica social y racialmente a Rudecinda dentro de un grupo definido.

Tenemos entonces, que Rudecinda tendría al menos 25 años, quizás 30 al momento del levantamiento de 1821. Ahora debemos entender el rol de Rudecinda en este movimiento.

El verdadero protagonista el 10 de Noviembre de 1821 fue el Capitán Segundo de Villarreal. Este olvidado prócer nació en 1760 era uno de los hombres más ricos de Panamá en la época colonial. Era capitán de la Milicia Santeña, es decir de la Milicia disciplinada de criollos, mestizos, mulatos y esclavos africanos que acompañaban a las tropas coloniales españolas en sus campañas militares.

El imperio español en nuestro continente iba desde el sur de Alaska hasta la Patagonia. Para defender todo ese dominio, España tenía aproximadamente 10 mil soldados y oficiales ibéricos, y entre 120 mil a 150 mil milicianos americanos. La cosa era tan mala y desfavorable para España que habían milicias que no entendían el castellano y a las cuales se les debía hablar en algún idioma indígena. Desde 1820, España dejó de enviar refuerzos militares al continente por lo que las guerras de independencia que peleaban Bolívar, San Martín, Sucre y O’higgins tenían esa enorme desventaja para la Corona Española. Todos ellos, los libertadores americanos habían sido oficiales del ejército colonial español. Ese era el mismo caso de Segundo de Villarreal.

La complejidad de La Villa de Los Santos estaba dada en que la guarnición española había sido debilitada para reforzar la guerra en el Ecuador. Al entonces gobernador de Panamá le ofrecieron hacerlo Virrey si derrotaba a las fuerzas rebeldes en el sur. Eso significaba riquezas y fama. También significaba que debía llevarse todo lo que se podía llevar de Panamá para poder hacer la guerra en el Ecuador. Eso significó que la mayoría de los soldados y armamentos españoles se fueron de Panamá y que igualmente vacas, utensilios de todo tipo, impuestos de guerra y otros caudales económicos, debieron ser expropiados a la población colonial para poder hacer la guerra en el Ecuador. Eso provocó una revuelta de los campesinos y artesanos, pequeños ganaderos y agricultores de La Villa de Los Santos.

La reacción española fue encarcelarlos en la pequeña cárcel de La Villa de Los Santos. Era octubre de 1821. Segundo de Villarreal sabía las condiciones en las que estaban los militares españoles. Organizó a los miembros de su milicia y a los voluntarios que se les sumaran, desde las Tablas hasta los pueblos vecinos, se fueron sumando con palos y machetes y uno que otro mosquete o arcabuz. Segundo de Villarreal, muy posiblemente conocía personalmente a todos los españoles en ese cuartel. Seguramente sabía que habían sido reclutados a la fuerza y enviados a Panamá engañados. En su plan no existía la intención de matarlos ni dejar que ellos mataran a ninguno de sus coterráneos. Para que ese plan funcionara, Rudecinda Alfaro tenía que cumplir una tarea muy importante. La de organizar el levantamiento de los presos políticos para que ellos realizaran las tareas de sabotaje y distrajeran a los pocos soldados españoles armados, para poder permitir el asalto al cuartel el 10 de Noviembre de 1821.

Aquí volvemos a la historia de Rudecinda Alfaro. Por lo que se ha deducido de su biografía personal, Rudecinda no tenía hijos, pero si tenía algún oficio o actividad que le generaba ingresos. A su vez, Rudecinda debía tener algún tipo de respeto o reconocimiento dentro de la comunidad que causaba que la gente confiara en ella, para escogerla como madrina de bautismo, o para que fuera parte de la conspiración libertaria de 1821.

En mi opinión, Rudecinda trabajaba en la Iglesia de La Villa de Los Santos. Posiblemente hacía los oficios generales o ayudaba con algunas tareas secretariales. Esto hacía que tuviera acceso libre y sin problemas a todos los elementos de esa sociedad. Es probable que supiera leer y escribir y que conociera de memoria el Padre Nuestro, el Ave María y algunos salmos en latín. Como empleada de la iglesia, Rudecinda podía llevar la comida a los presos políticos en la cárcel, sin levantar sospechas.

Así en las mañanas ella, junto a otras mujeres, llevarían frutas, tortillas, carne frita, chicharrones, plátano en diversas formas y jarras de leche hervida para los presos. Si esto fue así, Rudecinda y las otras mujeres ayudarían en el aseo de la cárcel, llevarían ropa limpia y medicina a los detenidos. Al mediodía, volverían con sopas de carne o sancochos; y antes de la noche, quizás llevarían otra tanda de fritangas acompañadas de bollos. Esto le permitía realizar trabajos de inteligencia y de coordinación con los detenidos. Debido a la falta de personal en el cuartel, las tropas españolas podrían estar utilizando a los presos como mano de obra para las reparaciones menores, todo tipo de tareas logísticas y de mantenimiento. Esto le permitiría a Rudecinda y a sus compañeras entrar al cuartel y ayudar al sabotaje.

El grito de libertad de la tarde del 10 de Noviembre de 1821, provenía de una mujer oprimida e invisible para los ojos de los españoles y de la sociedad criolla. No tenía derechos como mujer, ni siquiera llevaba el apellido de su padre. Muy posiblemente, sus antecedentes familiares le impedían aspirar a un buen matrimonio. Todavía hoy, 194 años más tarde seguimos escuchando ese grito, sin reconocerle el mérito a quien lo lanzó.

Detrás de la Leyenda: Rudecinda Alfaro, libertadora de Los Santos
Detrás de la Leyenda: Rudecinda Alfaro, libertadora de Los Santos

El Capitán Segundo de Villarreal se tomó el cuartel, liberó a los presos políticos y aprisionó a los soldados españoles. Había terminado su trabajo, por lo que se marchó a su casa. El alcalde de La Villa de Los Santos, Don Julián Chávez, lo mandó a buscar para invitarlo a firmar el Acta de Independencia y para ascenderlo al grado de Coronel. Al mismo nivel que el Coronel José de Fábrega, gobernador encargado de Panamá.

Segundo de Villarreal sabía que la independencia era irreversible. Si las fuerzas españolas volvían, fusilarían a todos los que participaron de la insurrección. Además, al otro lado de la frontera de Veraguas, en lo que ahora es Chiriquí y Bocas del Toro, eran independientes desde el 15 de septiembre de 1821, solo que ellos formaban parte de la Unión de Repúblicas Centroamericanas. Si José de Fábrega se ponía necio seguramente Morazán, el Libertador de Centroamérica, y que había vivido en David, podía cruzar hacia Veraguas y declararnos independientes del yugo español.

Segundo de Villarreal murió en 1824, pidió que lo enterraran con su uniforme de oficial del ejército colonial español. Aparte de su testamento no dejó memorias ni libros sobre la gesta de 1821. Los otros participantes fueron muriendo y rápidamente los testimonios presenciales se transformaron en narraciones orales. Parece factible que con cada generación que transcurría, el nombre de Rudecinda se transformó en Rufina. A lo mejor, Rufina fue su sobrenombre o apodo.

Me la imagino madura, sobrepasando los 70 años de edad y como mujer de la iglesia andando en peregrinación hacia Las Tablas. Es un 20 de julio, Rudecinda Alfaro camina con un paso lento, hacia la Iglesia de Santa Librada, se encuentra en la escalera con un pequeño niño inquieto que la mira con ojos grandes y atentos. Alguien le dijo a ese niño que esa mujer era importante, y que había ayudado a liberar a su pueblo. Me la imagino acariciando y abrazando al pequeño, después de la misa, y emprendiendo su marcha de vuelta hacia La Villa de Los Santos. Atrás quedó, la manda ofrecida a Santa Librada y un curioso niño llamado Belisario Porras, maravillado con el concepto de liberar a un pueblo.

“Rudecindo” es un nombre germánico que significa “hacia la fama”. Quizás antes del bicentenario de la Gesta del 10 de Noviembre de 1821, se pueda enviar una misión de investigadores al Archivo de Indias en Sevilla, y a los archivos históricos de Bogotá, para poder completar esta historia, y recuperar a María Joseph Rudecinda Alfaro, para la fama que se merece.


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