El cumpleaños de la pandemia

En la práctica decenas de miles de negocios dejaron de existir y cientos de miles de panameños cayeron en la pobreza.

El cumpleaños de la pandemia
La primera conferencia de prensa, de la entonces ministra de Salud Rosario Turner del 9 de marzo, anunciaba el primer caso oficial en Panamá. Archivo

Las investigaciones de los brillantes científicos del Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud, han dicho que el virus de la Covid-19 llegó a Panamá posiblemente a principios de febrero del año 2020. La primera conferencia de prensa, de la entonces ministra de Salud Rosario Turner del 9 de marzo, anunciaba el primer caso oficial en Panamá, desconoció la versión sobre la sospechosa muerte del profesor Norato González. Posteriormente su fallecimiento fue reconocido como el primero causado por el coronavirus.

La pandemia nos cambió la vida y la muerte. Expuso al aire libre los peores vicios de los panameños, así como sus mejores virtudes. El clientelismo y el oportunismo político sacaron sus colmillos, mientras que la gran corrupción siguió cabalgando feliz en un terreno fértil.

La Corte Suprema de Justicia, le dio la espalda a los derechos y libertades del ciudadano panameño, mientras que el Poder Legislativo, aumentó su influencia a costa de un ejecutivo torpe, confundido, y debilitado.

La pandemia fue la gran oportunidad para cambiar lo incambiable, pero en gran medida se desperdicio esa ventana de tiempo. Se pudo modernizar la educación, pero no se pensó en eso. Se pudo dar un salto con la Lotería Nacional de Beneficencia pero se congeló. Invocando la situación de emergencia, se pudo unir los dos sistemas de salud pública en uno solo, pero ni pizca de ese debate.

Se pudo sentar a gremios y sindicatos, a organizaciones empresariales y profesionales, para formular rápidamente un plan de recuperación económica… y hasta se pudo reparar las calles, recoger la basura y darle mantenimiento a infraestructuras críticas del Estado, pero ni siquiera eso se hizo.

El castillo de naipes construido en la economía panameña de la última década se vino abajo. El PIB de Panamá cayó en un 17.9%. En la práctica decenas de miles de negocios dejaron de existir y cientos de miles de panameños cayeron en la pobreza, mientras que otros luchan contra viento y marea para mantener un disfraz de clase media. La pandemia democratizó el sufrimiento y se ensañó con Panamá por el lastre de desigualdades y de la debilidad institucional que nos caracteriza.

¿Qué nos ha herido más? Por supuesto, nuestros muertos. No solo los extrañamos, sino que en muchas ocasiones se convirtieron en números, en morgues estatales, y prisioneros de una burocracia insensible. Cómo nos duele la terrible situación de muchos hospitales, la carencia de ambulancias, y las salas atestadas de pacientes que esperaban lo peor. Nunca podremos olvidar la crisis de los ventiladores, o la desesperación del personal de salud agotado y exhausto por largas jornadas de combate, con una enfermedad que parecía invencible. Como olvidar al personal médico que peleaba sus pagos atrasados y la falta de equipo de protección. Sufrimos, sobre todo, por aquellos que vieron a un colega o a un ser querido caer.

Como panameños y panameñas hemos sido profundamente heridos por una generación de estudiantes que se quedó a la deriva, haciendo malabares para conectarse, o buscando dinero de alguna parte para imprimir los módulos de las clases a distancia. Nos hiere el poco importa generalizado de una parte importante de maestros y profesores, que a pesar de la evidencia científica mundial de que la infancia y la niñez, son de los que mayoritariamente no se enferman de coronavirus, insisten en mantener las escuelas cerradas.

Entre tanta tragedia con la juventud, la peor herida de todas es la de los albergues bajo la jurisdicción de la Senniaf. En la más abyecta forma de descaro, negligencia y corrupción, aquellos que debieron cuidar a las niñas, niños y adolescentes más vulnerables, se convirtieron en cómplices con su silencio y pasividad, de las peores atrocidades que puede cometer un ser humano.

¿Cuánto duele un gobierno en crisis permanente? A ningún panameño le conviene que a su gobierno le vaya mal, ya que todos nos perjudicamos. Se pierden y postergan muchísimas oportunidades de desarrollo y de generación de bienestar para la población. El gobierno actual es rehén del aparato político de los diputados, y de un círculo de traficantes de poder.

Algunos de los videos y mensajes presidenciales parecen más las pruebas de vida de una persona secuestrada, que los comunicados de un estadista. Este es el resultado del pecado original de una mala selección vicepresidencial, secundado por una manada de asesores y altos funcionarios, en su mayoría competidores dignos de un campeonato de mediocridad, que ofenden a la memoria del propio PRD. La presencia de algunas luminarias en el gabinete y en algunas instituciones solo confirma lo que pudo ser.

Además la falta de una estrategia coherente de comunicación se ha convertido en un espacio cantinflesco para bufonadas como “anunciar que se va a hacer una anuncio”. Así mismo, pretender que influencers y voceros, pueden sustituir conferencias de prensa y respuestas directas del presidente y de los ministros, es un craso error que ha castigado a la percepción del lastimado mandato presidencial.

La pandemia nos duele muchísimo por su saldo de vidas, familias, sueños, sacrificios, libertades, y de la institucionalidad del país. Entristece profundamente que algunos miembros de clubes cívicos hayan caído en la chabacanada del juega vivo por una vacuna. Duele más, cada escándalo de corrupción que es tapado por el siguiente escándalo. Mientras la impunidad campea, esa otra pandemia, la del saqueo del tesoro público, seguirá intacta.

Como país hemos quedado de primero en las listas que menos queremos, tales como la de mayor tiempo con las escuelas cerradas, la de uno de los países con mayor números de contagiados por cada mil habitantes, así como la de fallecidos proporcionalmente, de acuerdo a nuestra población.

En la región somos el país cuya economía ha sufrido la mayor caída. y dependemos de la cadena de suministros de las grandes empresas farmacéuticas para detener la pandemia. Los ciudadanos no sabemos el contenido de los contratos de esas vacunas, que ahora son nuestros salvavidas. Después de un año solo abundan los pesares y escasean las esperanzas.


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