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El mareo de la inseguridad

El mareo de la inseguridad
Dos sucursales de la Caja de Ahorros han sido blanco de asaltantes. LP

Recuerdo una infancia, ya distante, la puerta de la casa se dejaba sin seguro en las noches, los autos se estacionaban con la ventana abajo, y en la ciudad de Panamá se vivía sin verjas de hierro ni muros con alambres de púas o botellas rotas. Las noches eran tranquilas y uno sabía que podía salir con total calma porque nada iba a pasar.

El fenómeno de inseguridad que se ha ido cocinando en las últimas décadas no es casual, ni mucho menos un accidente de la vida moderna en sociedad. La inseguridad como su rival, la plena seguridad humana, son productos sociales.

Construir una sociedad insegura requiere de mucho esfuerzo, una gran combinación de desidia en las políticas sociales, militarización de los cuerpos de seguridad y complacencia con el crecimiento del crimen organizado y la violencia. La inseguridad es un síntoma de una enfermedad gravísima que se llama, el colapso de un Estado.

El problema de la inseguridad no es percepción ya que se trata de una sensación subjetiva de cada comunidad. Posiblemente para algunos de nuestros hermanos centroamericanos o sudamericanos Panamá no sea tan inseguro como algunos países de la región, pero para los panameños con memoria, Panamá es más inseguro que antes. La inseguridad se convierte así en otra causa de pobreza, marginalidad, desempleo y hasta alienación psicológica. La inseguridad enferma.

El ministro de Seguridad, el comisionado Juan Pino, le dio un mensaje de confianza a la población cuando anunció que se suspenden las vacaciones en la Policía Nacional. Esto produjo un aumento inmediato del pie de fuerza en las calles, pero no necesariamente aumentó la seguridad.

Para que la capacidad, concentración y disposición de los agentes y oficiales de la Policía estén más enfocados en la seguridad ciudadana, hay que quitarles otras cosas distintas a sus vacaciones. Una idea fácil es quitarles los celulares durante horas de trabajo. Se hace muy difícil encontrar a un policía que no esté chateando o hablando por celular. Al concentrarse en la pantalla del teléfono, no se pueden concentrar en el entorno a su alrededor.

La otra cosa que hay que quitarle a la Policía es el FISCOI. Este es el famoso programa por el cual un particular contrata a la Policía Nacional para que agentes de uniforme, con recursos pagados por el Estado, ofrezcan servicios de seguridad privada fuera de su horario de trabajo. Esto significa que ese policía no descansa lo suficiente ni atiende a su familia. Además, en alguno de los sitios donde deben ofrecer sus servicios de seguridad existe un alto riesgo de exposición al dinero fácil, a la corrupción, al consumo de bebidas alcohólicas o al uso de drogas. Sin FISCOI, algunos altos mandos de los cuerpos de seguridad pondrán el grito en el cielo, explicando las  mil razones por las que debe continuar la fiesta. La principal razón por la que no debe continuar es que un cuerpo de policía cansado y sensibilizado al dinero fácil, se vuelve terreno fértil para la corrupción y disminuye su eficacia.

En la recientemente aprobada política criminal del Estado panameño se hizo un avance importante al definir la criminalidad como un problema de salud pública. Estamos cargados de leyes e instituciones que viven en Saturno y que practican una indiferencia total frente a la realidad ciudadana. El chico que rompe una ventana de un auto para robar un maletín, así como el muchacho que hurta celulares en el transporte público y en las calles de este país, reciben apenas una palmadita de los jueces de paz. Como el Estado carece de todo, y no hay una verdadera política social que le dé seguimiento, los pequeños atracadores de barrios y los asaltantes de vereda se gradúan como ladrones de bancos. Aquel menor de edad cuyo torrente sanguíneo está cargado de más narcóticos que alimentos, se acostumbra a llevar un arma que lo resuelve todo, y si la llevas encima, es porque la vas a usar.

Mientras tanto decenas y centenares de millones de dólares, al igual que miles de agentes del Servicio Nacional Aeronaval y del Servicio Nacional de Fronteras, están dedicados a tiempo completo a capturar embarques de drogas que nunca se acaban, y cuya confiscación jamás le sube el precio a los consumidores en Norteamérica y Europa. Si la verdadera prioridad de la seguridad pública es complacer afuera y descuidar adentro, lo están haciendo muy bien.


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