El ingeniero civil Rodolfo Hernández, ex alcalde de Bucaramanga, es la sorpresa del proceso electoral colombiano. Un empresario de provincia de 77 años de edad, con muy poca experiencia de gobierno y sin un mayor equipo de campaña, puede convertirse en el próximo presidente de Colombia el domingo 19 de junio, si logra superar los votos del izquierdista Gustavo Petro, y si evita la huida despavorida de sus votantes antisistema que súbitamente se ven acompañados por el más rancio uribismo.
Gustavo Petro sí, exguerrillero del M-19, economista de la Universidad del Externado de Colombia, exalcalde de Bogotá y actualmente senador, lo han demonizado medios y analistas de los cuatro puntos cardinales.
Con Petro en la presidencia se cae Colombia, vendrán las grandes nacionalizaciones, se fumará la pipa de la paz con Maduro y se cerrarán los campos petroleros para convertir a la próspera Colombia en la próxima Nicaragua, dicen sus críticos. Sería la primera vez que un hombre de izquierda, y sobre todo un guerrillero, asumiera el poder en Colombia en 200 años, desde que Simón Bolívar, otro hombre de izquierda y guerrillero fue consumido por sus propias conspiraciones.
Colombia está frente a un precipicio. La opción está entre dos incertidumbres: un candidato que no sabe nada sobre gobernar y otro al que no van a dejar gobernar. A Rodolfo Hernández lo han querido comparar con Donald Trump, pero su parecido en realidad es con el presidente Pedro Castillo de Perú. El humilde maestro convertido en presidente de la tierra de los incas es el anverso de la moneda en la que Rodolfo Hernández es el reverso. Son dos outsiders más lanzados al vórtice de la política latinoamericana por culpa del fracaso de las democracias, y en especial son el producto del perverso diseño de la segunda vuelta, mecanismo electoral que premia la polarización: Bolsonaro en Brasil, Castillo en Perú, y Boric en Chile. Es la hora del outsider, y el mejor destino posible para Colombia en las actuales circunstancias serán cuatro años de improvisaciones, sobresaltos y desilusiones.
¿Qué pasará cuando Rodolfo pacte con los inmencionables para poder gobernar? ¿Cuál será la reacción de la población cuando se percaten que el folclórico político se encuentre a tientas con la primera o la décima crisis? Cuando se decide que: “Cualquiera menos Petro”, es la consigna, el resultado es que la presidencia queda en manos de un cualquiera.
A Petro y a Rodolfo hay que temerles como a Uribe, Santos, Gaviria, Sampers y el propio Duque. Si después de todo ese desfile de personajes Colombia tiene instituciones, esa nación se puede enfrentar a cualquier desafío. A Petro se le ha querido comparar con el senador estadounidense Bernie Sanders, pero la comparación no es justa con ninguno de los dos, ya que Sanders representa a una izquierda criolla estadounidense que nunca tomó las armas contra su gobierno, mientras que Petro sí lo hizo. El único guerrillero que ha llegado por la vía democrática a una presidencia en América Latina, en tiempos recientes, es el uruguayo José Alberto Mujica, quién es el parámetro de comparación al que debía estar sometido Petro.
La gran tragedia colombiana es el colapso del centro, la implosión de los políticos moderados, que terminaron siendo devorados por su silencio cómplice ante los latrocinios y la enfermedad del Estado de Derecho en América Latina. Hace tiempo Sergio Fajardo debió ser presidente de Colombia, pero entre muchos factores, este político moderado y con una visión pragmática del Estado se quedó corto. Se le abrió el camino a dos nuevos caudillos, uno que ofrece el cambio porque es su voluntad hacerlo, y otro, cuyas intenciones de cambio provocan muchas dudas.
¿Será que América Latina está destinada por su genética social a ser gobernada principalmente por caudillos, locos y políticos sin espina dorsal, que tienen en común su sed de poder y su corrupción con los fondos públicos? Si hay elecciones libres en Colombia en el año 2026, sabremos la respuesta.

