La contundente victoria del economista y exguerrillero colombiano Gustavo Petro, en la consulta electoral del pasado domingo 13 de marzo, lo posiciona como el posible sucesor del actual presidente Iván Duque.
El mensaje electoral del domingo 13 es un giro de 180 grados, a un cuarto de siglo de política colombiana, dominada por facciones de la derecha y extrema derecha, tendencia denominada como Uribismo, en alusión al exmandatario colombiano Álvaro Uribe Vélez.
A diferencia de los actuales mandatarios de Perú, el maestro Pedro Castillo, o de Chile, Gabriel Boric, el recorrido de Petro hacia una posible presidencia de la República no es un accidente, sino el resultado de la perseverancia ya que esta es la tercera ocasión en la que Petro corre para presidente de Colombia.
Para calmar a los mercados y hacerle un guiño al voto moderado, Petro ha dicho que no habrá confiscaciones en su gobierno. Esta, sin embargo, no es la principal preocupación que la comunidad internacional o la clase empresarial colombiana puedan tener. La pregunta clave que se hacen tirios y troyanos es ¿Petro respetará las reglas de la democracia liberal y de la institucionalidad de un Estado de derecho, o sucumbirá a las tentaciones del populismo autoritario?
AMÉRICA LATINA SE VISTE DE ROJO
Desde México hasta Argentina, la gran mayoría de los países de la región han optado o están cerca de escoger a mandatarios de izquierda.
Los matices del rojo van desde el rosa viejo de Alberto Fernández en Argentina, pasando por el tutifruti de Nayib Bukele hasta el carmesí de Castillo. Lo cierto es que para finales de 2022 es muy posible que solo Guatemala, Costa Rica, Panamá, República Dominicana, Ecuador, Paraguay y Uruguay, mantengan gobiernos de talante moderado o de centro derecha. Esto sería apenas el 10% de la población latinoamericana.
Las razones de la ola roja son variopintas. Algunas son producto de causas internas, coyunturales, como el caso de AMLO en México, y otras son el resultado del agotamiento de la oferta democrática tradicional que promete más cambio sin que nada cambie, robándole la esperanza a la clase trabajadora, a las capas medias y a importantes sectores tradicionalmente excluidos como los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes y los marginales de las zonas periurbanas latinoamericanas.
El voto a la izquierda es a la vez un castigo al sistema y esperanza desesperada. Ayuda mucho a la tendencia izquierdista el mediocre manejo de la pandemia que hicieron la mayoría de los gobiernos de la región. Decenas de millones de hogares que eran clase media, antes de la pandemia, se transformaron en nuevos pobres. Las hipotecas, las tarjetas de crédito y los préstamos personales, se comieron los ahorros de generaciones de latinoamericanos, y el mismo crédito que les abrió puertas, ahora se convierte en un pesado grillete. A la vez, la mayoría de los países latinoamericanos han tenido una escalada de la criminalidad y la violencia. Las oleadas migratorias han degenerado en un ambiente tóxico de xenofobia y racismo.
ENTRE LA TRAMPA Y LA ESPERANZA
América Latina se siente sola. Las grandes masas de ciudadanos latinoamericanos interpretan al mundo como un espacio en el que las potencias europeas, Estados Unidos y hasta China, le dieron la espalda a la región.
Los tratados de libre comercio son percibidos como mecanismos de concentración de riqueza, las privatizaciones son calificadas casi que universalmente como robos, y la ineficiencia de la administración pública es sobrecogedora.
Colombia es más de todo eso, la mezcla de Kafka con García Márquez y corregido por Conrad. Colombia es una eterna guerra civil de conservadores y liberales, militares contra guerrillas, paramilitares versus enemigos, y carteles contra carteles, es decir, todos contra todos.
Los ejemplos de Cuba, Nicaragua y Venezuela son evidencias claras de lo que significa la dictadura del proletariado, la aristocracia de los revolucionarios y las dinastías familiares en que pueden convertirse los malos gobiernos de izquierda. También han existido los buenos como el de Mujica en Uruguay. El lienzo sobre el cual el rojo de cada uno de estos gobiernos será plasmado es un proyecto de ciudadanía en curso. Solo los latinoamericanos salvarán a los latinoamericanos.
El éxodo de venezolanos y bolívares convertidos en dólares fue recibido como un maná que cae del cielo en Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica y por supuesto en Panamá. La vigorosa prosperidad panameña llevó al expresidente mexicano, Vicente Fox, a decir en el año 2001: “El mejor ministro de Economía que ha tenido Panamá es Hugo Chávez”.
Si Gustavo Petro escoge el camino de la democracia liberal y la institucionalidad, bien podría inaugurar una era de una Colombia pacífica, solidaria y próspera. En cambio, si el rumbo es otro, Panamá podría conocer otro éxodo de talentos, esperanzas y capitales sudamericanos en busca de un puerto seguro. Nuestro país está en una etapa social muy frágil, por lo que el fantasma de la xenofobia y las sombras de las políticas racistas están muy próximas.
A Panamá le conviene que a Colombia, a Perú, a Chile, y a todos los demás países que han optado por la izquierda se mantengan dentro del marco de los Estados de derecho, y que el enfoque sobre la necesidad de distribuir la riqueza y mejorar la calidad y cobertura de los servicios públicos, no sea una excusa para nuevas tiranías.


