Es la hora de la ciencia

Es la hora de la ciencia
Si estamos de pie frente a la pandemia del coronavirus es gracias a los científicos panameños. Archivo

El 11 de noviembre de 1905 fue el último caso de fiebre amarilla en Panamá. Ese fue el triunfo de la ciencia del cubano Carlos Finlay, magistralmente aplicado por el médico estadounidense William Gorgas. Ese triunfo no fue el único. Panamá es el país donde se detuvo a la fiebre aftosa, a la encefalitis equina, y al gusano barrenador. Aquí se ha hecho historia de la ciencia y de la salud mundial.

Hace más de tres millones de años buena parte del istmo de Panamá emergió del fondo del océano, conectó dos continentes, dividió en dos océanos al mar, y cambió el clima en todas partes del planeta, sobre todo en la sabana africana. Nuestros tátara tátara tátara abuelos bajaron de los árboles porque había que salir a buscar el alimento. Empezaron a caminar erguidos, a desarrollar herramientas, a dominar el fuego a crear lenguaje y a formar familias y clanes. Lo demás es historia.

Si estamos de pie frente a la pandemia del coronavirus es gracias a los científicos panameños. Esos hombres y mujeres de los que se burlaban en la escuela por estudiar mucho, por ser pilones o simplemente porque les gustaba el conocimiento. La gran mayoría de nuestros científicos estudiaron becados, enfrentados a duras condiciones de vida durante sus estudios académicos, para nuevamente enfrentarse a duras condiciones de trabajo a su regreso a Panamá.

Formar un virólogo, un microbiólogo, un infectólogo o un epidemiólogo toma casi 25 años de estudios, desde la primaria hasta el postgrado. Salvo los casos del Indicasat AIP y el de un puñado de científicos del Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud, y del Instituto de Investigaciones Agropecuarias de Panamá, el Estado panameño no tiene investigadores a tiempo completo. Las universidades estatales tienen pequeñísimos departamentos e institutos de investigación sin recursos ni capacidades reales de completar el conocimiento faltante sobre sus áreas de trabajo en nuestro país. Lo que el gobierno gasta, todos los años en carnavales, sería suficiente para financiar 25 doctorados. El subsidio al hipódromo Presidente Remón, financiaría unas 100 maestrías en el extranjero. La playa artificial que promueve el alcalde capitalino, equivale a seis veces el presupuesto del gorgas. La exoneración a la venta de combustible marino, supera el presupuesto de todas nuestras instituciones científicas juntas. Apenas invertimos el 0.2% de nuestro PIB en lo que se llama ciencia y tecnología. Corea del Sur invierte cerca del 4.5% de su PIB anual en este tema. Por eso ellos acabaron la epidemia más rápido que nadie.

El Icges es el heredero del Gorgas Memorial LAB, fundado en 1926. Originalmente era parte de la aspiración del presidente Belisario Porras de poner la ciencia panameña al más alto nivel, como una institución binacional. Los sucesores de Porras no le dieron al Gorgas la importancia que se merecía, y en gran medida respondía al financiamiento del gobierno de los Estados Unidos. Ese Gorgas estuvo a punto de cerrar. La entonces ministra de Salud Aida Moreno de Rivera (1994-1999), le dio su forma institucional y estableció el Icges, que tampoco ha contado con los fondos que merece. Si el Gorgas actual hubiese tenido el presupuesto solicitado por los directores pasados, quizás el coronavirus estaría mucho más controlado en Panamá. Cada uno de los muertos de esa plaga es entonces la responsabilidad de una clase política miope y mediocre.

En el Ministerio de Planificación existió la oficina de Ciencia y Tecnología, a la que sus propios funcionarios llamaban de “ciencia ficción”, esa oficina fue la semilla de la cual nació la Secretaría Nacional de Ciencia y Tecnología e Innovación (Senacyt). Los científicos del Gorgas que fueron becados por el gobierno panameño, en su gran mayoría, lo fueron por Senacyt. Es esta organización la que creó el Instituto de Investigaciones Científicas Avanzadas y Servicios de Alta Tecnología (Indicasat). Para evitar que indicasat se convirtiera en botín político, o que le pusieran como director al hijo de un suplente de diputado, se transformó en una asociación de interés público, es decir una especie de fundación. Esos dos pilares, el Icges e Indicasat son nuestros dos grandes guerreros en esta batalla. Ahora que conocemos su historia, los panameños debemos honrarlos y dotarlos de los recursos que merecen.

Muy apropiadamente el presidente Laurentino Cortizo, ha dicho que en materia de las respuestas del Estado al coronavirus ha tomado sus decisiones fundamentado en evidencias científicas. Bien por él y por el país. Los charlatanes y los robamicrófonos que buscaban imponer su fanatismo y su ignorancia han quedado silenciados. También es justo que se tomen las decisiones en base a evidencia científica, en materia de educación sexual y en cuanto a cambio climático. No podemos funcionar como sociedad aplicando la ciencia cuando ya es lo último que podemos hacer, es tiempo que le demos su lugar de primera en la fila.


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