En las próximas horas se superarán las cifras de 4 mil fallecidos oficialmente por la pandemia de la Covid-19 en Panamá. Es posible que para el 1 ó 2 de enero de 2021 alcancemos un hito simbólicamente importante: 1 de cada mil panameños que estaba vivo el 1 de enero de 2020 murió a causa de la Covid-19.
Las cifras oficiales no incluyen los fallecidos por otras afectaciones que se agravaron por la falta de atenciones médicas, el justificado temor de acudir a un centro de salud u hospital en busca de asistencia, o las razones concomitantes del encierro, el confinamiento y la cuarentena que desde los feminicidios hasta los suicidios aumentan la masa de víctimas de la pandemia.
El gobierno nacional ha anunciado que la vacunación se iniciará en 90 días. Esto significa que de 3 mil 600 a 4 mil 500 panameños (depende del promedio de 40 a 50 fallecimientos diarios) no estarán en esta tierra por la presencia coronavirus.
La llegada de la vacunación no significa que automáticamente la pandemia quedará controlada. Sobre todo entendiendo que se necesitan dos dosis de la mayoría de las vacunas, el asunto se nos complica, y bien puede tomar muchos meses más de los que estaríamos dispuestos a aguantar. Quizás a finales del 2021 estaremos cerrando este capítulo duro de nuestra historia.
Ya pasamos el momento amargo de las comparaciones con Suecia, Taiwán, Uruguay o Nueva Zelanda. No estamos en esa liga. Somos Panamá y tenemos que trabajar con los elementos de nuestra realidad política, económica y social.
La pandemia no inició ningún proceso o dinámica en la sociedad panameña, los aceleró e intensificó y desenmascaró. Los terribles resultados sanitarios son el arrastre de décadas de indecisión sobre la integración de los sistemas de salud pública y del gigantesco fracaso de nuestra educación pública y privada.
La gran mayoría de la población panameña no tiene el mínimo de conocimiento científico para aplicar un criterio de sentido común a las “ñamerías” que se dicen en las redes sociales, o que cualquier mal intencionado propone o impone sobre el tema.
El otro componente de la ecuación, es la degeneración del concepto de Estado y de la gestión de gobierno. Honestamente, no creo que otro partido político lo habría hecho significativamente mejor o distinto de los actuales encargados del poder público.
La prueba de esta afirmación es que en 10 meses de pandemia salvo una ocasional crítica a una medida específica, o una denuncia pública de alguna contratación escandalosa, los partidos políticos no han presentado individual o colectivamente su propuesta de cómo lidiar con la pandemia.
“La culpa es del gobierno”, es cierto, pero no exculpa la responsabilidad de los colectivos que han dirigido y aspiran a dirigir los destinos de este país. El 1 de julio de 2024, cuando tome posesión el nuevo presidente o presidenta no es admisible que hasta entonces se manifieste desconocimiento del alcance real del impacto de la pandemia en nuestra vida cotidiana.
Todos somos responsables. Mientras llega nuestro turno de recibir la vacuna, la terapia o la asistencia médica, ¿qué vamos a hacer como ciudadanos? Aunque el confinamiento y el consiguiente aislamiento con mi burbuja familiar, resuelve una situación epidemiológica, no responde a la situación económica, política y criminal que vive el país.
Nosotros los ciudadanos somos los que tenemos que diseñar un nuevo país, y una nueva economía que incluya a todos. Es inverosímil que Panamá sea el “papasito” de la logística en la región pero no se pueda adquirir y distribuir una vacuna, así como distribuir víveres y asistencia económica porque no tenemos esas capacidades.
El país que administra un Canal, el Hub de las Américas, y dos líneas de metro no sabe qué hacer con los buses piratas, ni tampoco conoce dónde y cómo vive su población. Hemos tenido 10 meses para organizar todos el rescate de nuestro sector educativo, pero perdimos el año lectivo y por el calendario de vacunación de 2021 también se vislumbra que lo perderemos en clases virtuales medio explicadas y medio entendidas.
En todo este tiempo, (y en el que nos queda) se pudo adquirir 250 mil tabletas de algún fabricante chino o coreano, cargadas con los videos de “Ayudinga” y de la Fundación Carlos Slim, ponerles un chip de celular con servicio garantizado por un año, y distribuirlo a nivel nacional para los estudiantes que las necesiten.
Las compañías de telefonía celular bien podrían establecer una tarifa módica para estas tabletas y así garantizar el acceso universal de todos los panameños al internet y a un semblante de educación virtual funcional. Esto apenas hubiera costado menos de 50 millones de dólares y debió estar entre las primeras prioridades para enfrentar la pandemia. Para el 2021 todavía lo necesitamos.
La economía del país basada en la logística, el comercio y en menor grado el turismo, y los servicios financieros nunca alcanzó para todos. Es hora de renovarla más allá de cualquier propuesta de recuperación económica. Hay que soñar este país. Tenemos todo para levantarnos de las cenizas de la pandemia y de las crisis que la facilitaron.
Según las agencias calificadoras de riesgo financiero, Panamá puede perder su grado de inversión a finales del 2021. Esto significa el aumento de las tasas de interés que pagamos todos y caer en las manos del Fondo Monetario Internacional.
No nos merecemos eso. Lo que seguiría son años de recesión económica, aumento de impuestos, privatización de lo poco que queda y desmantelamiento del distorsionado sistema de subsidios financiados con los ingresos que el Canal de Panamá le concede al Estado.
Tenemos una bomba de tiempo llamada Caja del Seguro Social, cuyo diálogo se inicia supuestamente en el Enero de 2021. En medio de la pandemia tenemos que redefinir a como dé lugar el modelo económico, que ya no da más.
Todos somos custodios de nuestros hermanos, nuestros conciudadanos y sobre todo de las generaciones futuras. Tenemos que salvar nuestras vidas. No esperar que nadie más lo haga y tenemos que salvar nuestro gran país. Esperar otro resultado de la misma gente que tanto daño le ha hecho al país es ingenuo. Todos a soñar por Panamá.

