Análisis

La pandemia no es una guerra

La pandemia no es una guerra
Donald Trump y Anthony Fauci, AFP

Brett Crozier sabe mucho más de temas militares que la gran mayoría de los periodistas, economistas, políticos y opinólogos del mundo. Él es el capitán del portaaviones nuclear de la marina de los Estados Unidos El USS Theodore Roosevelt, anclado en la isla de Wuham.

El capitán quería salvar a su tripulación del contagio del Covid-19. La marina le dijo que tenían que seguir a bordo, él se rebeló y fue directamente a los medios con el mensaje: “esto no es una guerra”. La marina lo botó y su tripulación de más de 4 mil hombres y mujeres salieron a la cubierta del portaaviones a aplaudirlo.

Seguramente millones de bytes de palabras se deben estar redactando en este momento por los guionistas, profesionales y aficionados, que esperan convertir la pandemia del Covid-19 en una megapelícula. Es posible imaginarse a Al Pacino como Anthony Fauci y Alec Baldwin como Donald Trump peleando sobre las medidas sanitarias a aplicar. Esto sin embargo es mucho más serio que lo que se pueda contar en 110 minutos.

Según la revista Science en los 70 mil años que tiene la especie humana, la mitad de las personas que han vivido en este planeta se enfermaron de malaria. En todo ese tiempo no hemos podido vencer al parásito que causa la malaria. Es posible que la prevalencia de esa enfermedad y otras, haya sido una de las razones principales por las que nuestros antepasados migraron del África Oriental hacia el resto del mundo.

La pandemia no es una guerra
La pandemia provocó que millones de personas quedaran confinadas en diferentes pares del mundo. AFP

Nosotros estamos parados sobre los hombros de gigantes. Darwin, Pasteur y Koch nos enseñaron cómo funciona ese universo llamado biología, y nos explicaron el origen de muchas enfermedades.

La globalización iniciada por el padre y el tío de Marco Polo en el siglo XIII cuando unieron a Venecia con Asia Central, usando la Ruta de la Seda, y luego Marco Polo lo siguió hasta llegar a China, ha sido un fenómeno socioeconómico ininterrumpido de los últimos 700 años.

La ruta de Marco Polo sirvió para traer seda, pólvora, papel moneda, canela, pimienta y la imprenta. Junto con las caravanas de hombres y caballos y flotas de barcos mercantes, llegaron múltiples plagas entre ellas la peste bubónica y la sífilis.

La primera cuarentena del mundo conocida como tal, fue impuesta por la ciudad natal de Marco Polo, Venecia en 1377, a una de sus colonias, ubicada en l que hoy es Croacia. Fue un cerco sanitario de 30 días de duración, lo que constituyó la medida más humanitaria de la época.

Los estragos de la peste negra en Europa dieron a luz a dos hermanos gemelos. Por un lado apareció el renacimiento, precisamente allí donde más prosperó el comercio global, y a la vez proliferó el más abyecto fanatismo religioso. La inquisición que había empezado en el siglo XII se puso peor: más de 6 millones de mujeres fueron quemadas como brujas, y notables científicos como Giordano Bruno y Galileo Galilei la tuvieron que enfrentar.

No fueron los países centrales de ese momento los que terminarían siendo las grandes potencias de la era moderna, salvo Francia que enfrentó una terrible revolución. Inglaterra, Holanda y Alemania eran naciones periféricas a lo que ocurría en Italia y en España. Es más, la gran mayoría de Europa eran parte del imperio de Carlos V.

Esa situación de periféria política y colonia económica sirvió de caldo de cultivo para nuevas religiones, nuevas naciones, y hasta una nueva economía. El invento más revolucionario del momento fue la imprenta de caracteres móviles de Gutenberg. Fue esta innovación la que hizo posible la masificación de la Biblia en lenguas vivas, la creación de constituciones y leyes públicamente conocidas, y muy para la actualidad, las imprentas de los bancos centrales del mundo, siguen imprimiendo dinero para circular en la economía.

Los virus han sido parte de nuestra historia, de nuestra cultura y por su puesto de la geopolítica de este planeta. Hernán Cortez conquistó México gracias a las enfermedades y la carga viral que llevaban los miembros de su destacamento, y que en cuestión de semanas acabaron con cientos de miles de vidas. Su primo hermano Francisco Pizarro, hizo otro tanto en la conquista del Perú.

Quizás las hazañas virales de los españoles y portugueses fueron accidentales, sin embargo los europeos y sus descendientes aprendieron a usarlas. En 1764, el jefe militar inglés en las colonias estadounidenses, Jeffrey Amherst, dio instrucciones, mediante una carta dirigida a su subalterno Henry Bouquet para que contagiara con viruela a los indígenas que vivían en las proximidades de los campamentos militares ingleses: “harías bien en intentar infectar a los indios con mantas, o por algún otro método” para “extirpar a esta raza execrable”.

Los virus no son seres vivos. Son pedacitos de ácido Ribonucleico (ARN) que pueden copiarse y reproducirse a costa de un ser vivo. Es posible que la vida haya nacido en este planeta de la unión de varios virus que evolucionaron para convertirse en una insignificante ameba o algo parecido. Si nosotros tenemos 70 mil años sobre este planeta, los virus tienen 3 mil 800 millones de años. El coronavirus modelo 2019, ha provocado una pandemia global que ha puesto de rodillas a una especie arrogante y destructiva.

China se ha convertido en los últimos 20 años en fuente de múltiples epidemias y de esta pandemia. Pero no se trata de una guerra bacteriológica, si no de los estertores de la globalización modelada sobre la ruta del comercio de la familia de Marco Polo.

La pandemia no es una guerra
Las autoridades chinas han informado que probablemente el contagio empezó en un mercado público en Wuhan. AFP

A Steve Jobs se le preguntó una vez acerca de la amenaza que representaba que toda la fabricación de sus productos se hiciera en China, a lo que respondió célebremente que “nosotros pensamos, ellos sudan”. Detrás de esa frase se recoge un pensamiento económico británico cuyo padre David Ricardo, lo llamó la ventaja comparativa de las naciones. Lo que ha sucedido en la realidad es que países como China, India, Indonesia, Brasil o México, son receptores de mucha inversión para fabricar productos por el bajo costo de su mano de obra, y sus casi ridículas regulaciones ambientales.

El virus de Wuhan supuestamente surgió, ya sea de la contaminación cruzada de la venta de especies exóticas en un mercado, o por el con sumo directo de una de estas especies. En realidad, el virus forma parte de un ecosistema devastado y terriblemente afectado por la actividad humana.

Es posible que en ese bosque, en esas lagunas, en esos árboles, o en esos suelos devastados había alguna especie, quizás una hormiga, un hongo, una flor o un escarabajo que neutralizaba ese virus como parte del balance que hace la propia naturaleza como un sistema de pesos y contrapesos.

La modernización de China ha acabado con cientos de miles de hectáreas de ecosistemas en ese país y en sus sucursales en todas partes del mundo, incluyendo una mina de cobre a cielo abierto en el norte de Coclé. El bosque nativo, el páramo, el manglar, los corales y las sabanas son ecosistemas que funcionan como el mejor cordón sanitario del planeta. El tapón del Darién lo ha demostrado con creces.

Sin esta protección natural y gratuita, los seres humanos quedamos vulnerables a un insignificante virus como el Covid-19. Como dijo el excapitán Brett Crozier, “esto no es una guerra”, es una simple incidencia más de la evolución de las especies. Nosotros vamos perdiendo.



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