Estamos empezando el cuarto mes de la respuesta sanitaria a la pandemia de coronavirus. Personalmente considero que la estrategia diseñada por la Ministra de Salud y su equipo de asesores fue brillante: recluir a toda la población para reducir la tasa de contagio, y así permitirle al sistema de salud gestionar el flujo de pacientes de forma adecuada.
Un resultado complementario de esa estrategia, era que menos panameños se contagiarían, la famosa curva se aplanaría, y lo demás sería un capítulo más del anecdotario histórico panameño. La estrategia no fue el problema, la falla fue de la ejecución de las responsabilidades complementarias, por parte de los otros actores esenciales de esta trama.
¿Qué falló? La respuesta más fácil es señalar que una parte de la población no cumplió con la cuarentena. No había a disposición todo el recurso humano y el equipamiento de protección personal, que garantizara que los propios médicos no se enfermaran. La asistencia económica requerida por la población fue miserable, y peor aún, fue distribuida arbitrariamente por operadores políticos, juntas comunales, representantes de corregimiento, y “la gente del diputado”, como me dijo una cabeza de familia en San Miguelito.
En algunas partes del país, como en Los Santos este reparto sí funcionó, por la existencia de los fuertes vínculos de solidaridad y el rico capital social santeño, que favoreció la justa distribución de los bonos y bolsas de comida. En otras partes, el reparto fue por líneas partidarias y motivaciones peores. Me asusté cuando escuché al presidente Laurentino Cortizo explicar la estrategia de reparto públicamente, y en vez de identificar las áreas geográficas por provincia, distrito o comarca, nuestro primer mandatario usó la polémica categoría de “circuito electoral”. Lamentablemente la caída del mapa durante esa presentación, distrajo del concepto que el presidente estaba tratando de justificar: los grandes distribuidores de la ayuda eran implícitamente los diputados y sus organizaciones electorales. Aclaro, hay zonas en las que el Senafron, el Mides y otras organizaciones estatales fueron los repartidores, pero la unidad geográfica que usaban de referencia, en gran medida, era el circuito electoral.
Eso fue entonces, y es ahora. La ministra de Salud necesita reformular la estrategia de respuesta a la pandemia. La fatiga económica, familiar y psicológica de la cuarentena absoluta, requiere de herramientas más inteligentes y focalizadas. No se puede continuar con la estrategia del caracol, que utiliza su caparazón como protección frente al entorno. Como decía el médico panameño José Renán Esquivel, los hospitales son el fracaso de la salud. Si seguimos concentrados en una estrategia de encontrar más camas de hospital, y abrir hoteles, se le está dando espacio al virus. Para derrotar a la Covid-19, hay que derrotar primero a las pana-demias que condenan a la población al contagio y a la enfermedad.
Se necesita convocar a los estudiantes universitarios de medicina, enfermería, odontología, farmacia, psicología, sociología, trabajo social, educación y todos los que se quieran sumar. Esta “fuerza de tareas” debe estar equipada y entrenada para visitar con apoyo de la policía, bomberos, y Sinaproc cada casa, apartamento o cuarto, en el área metropolitana: tomar la temperatura de los residentes, constatar las condiciones sanitarias y económicas, repartir mascarillas, y artículos de limpieza, e indicarle inmediatamente al Mides y a los clubes cívicos si ese hogar necesita bonos, bolsas de comida, u otro apoyo. Para que la estrategia sea creíble la red de protección social debe responder, como nunca lo ha hecho en su historia. Una parte de esto, se ha empezado a implementar en San Miguelito, bravo por ello, pero debemos ser más ambiciosos.
Con este ejercicio se detendrán los contagios, no todos por supuesto, y se evitará que las personas se expongan innecesariamente a la enfermedad. Además, se generará un nuevo proceso social: los jóvenes estudiantes que participen en esta iniciativa conocerán la realidad de su país como nunca antes. Pero aquí no termina la respuesta sanitaria.
Un foco de contagio lo constituye el llamado transporte alternativo. Mientras se construye la tercera línea del Metro, el servicio de Metrobus bien pudiera asignar unidades propias y alquilar otras tantas para erradicar la pana-demia del transporte pirata. Esto debe acompañarse del suministro gratuito de millones de tapabocas. Ninguna persona debe tener la excusa de la falta de dinero para no tener su mascarilla. La ONU puede administrar esa licitación evitando las novelas turcas.
Acto seguido soñemos: que se deben unificar los servicios de salud de la Caja de Seguro Social y del Ministerio de Salud, para terminar con las desigualdades en el acceso a la salud, con un sistema de servicios de atención médica fundamentado en la universalidad (y gratuito). Como promovió el doctor José Renán Esquivel, aquella frase lapidaria de Antonio Cardona Mas: “Salud igual para todos”.
