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La solidaridad remedio infalible

La solidaridad remedio infalible
Retén en Azuero.

Las noticias sobre la pandemia en Panamá no son felices. Aunque ha disminuido la letalidad, gracias al heroico trabajo de los equipos de intensivistas, internistas, enfermeras, terapeutas respiratorios, y auxiliares; el número de los contagios se está desbordando. Posiblemente esta misma semana reportemos que el país tuvo más de mil contagios en un día. Ojalá que no.

El acceso a la información del mundo nos echa en cara que Taiwán solo tuvo siete muertes por coronavirus, a pesar de que está a unas 100 millas de China. Nueva Zelanda controló, con suma eficiencia los contagios y los rebrotes esporádicos. Uruguay y Cuba han demostrado cómo, con las limitaciones latinoamericanas, la cosa se pudo controlar con distintas estrategias.

¿Qué pasó en Panamá? Espero sinceramente que en algún momento, cuando esto haya pasado, se haga un estudio profundo e independiente que mire analíticamente nuestra respuesta como país, no solo la sanitaria, si no la económica la social y la institucional. Mientras dicho análisis no esté disponible creo que una respuesta preliminar se puede enfocar en la falta de solidaridad en momentos claves de la crisis.

Debo explicarme, la solidaridad existente le está dando de comer a miles de familia a las que no les ha llegado una bolsa de comida en cuatro meses, o que vieron delante de sus narices como los bonos de supermercado tenían carné de partido político. A pesar de esta solidaridad comunitaria no fue posible detener los contagios comunitarios. Aquí falló la empatía o la solidaridad de los funcionarios encargados de este proceso.

Un dato anecdótico pinta de cuerpo entero al funcionariado. Al 15 de junio pasado, los servidores públicos habían donado un total de 1.4 millones de dólares al programa Panamá Solidario. La planilla estatal mensualmente alcanza los 357 millones de dólares.

Es decir, que desde marzo hasta junio se han cobrado mil 428 millones de dólares en salarios de los servidores públicos. La donación apenas fue de una milésima parte de esos pagos. Claro está hay servidores públicos que están arriesgando su vida y se han mantenido lejos de su familia por semanas o meses.

Otros tantos han hecho donaciones directas a sus vecinos y familiares. Sin embargo, el dato real es que el programa oficial del Estado, solo recibió 1.4 millones de dólares hasta mediados de junio de las únicas personas que en la economía actual no han recibido suspensiones laborales, o han tenido descuentos salariales..

La falta de solidaridad no solo pertenece al funcionariado, si no que se manifiesta en un grupo particularmente sensibilizado a la pandemia: los pacientes recuperados de la Covid-19. Panamá ha tenido 14 mil 694 recuperados clínicos, hasta la fecha.

El mejor tratamiento conocido para reducir los impactos de la Covid-19, es la transfusión de plasma convaleciente. Solo 100 personas, de los recuperados clínicamente han donado su plasma. Sorprende que las autoridades no hayan enfatizado más en la donación de plasma, ya que este fluido puede sacar pacientes de las salas y de las unidades de cuidados intensivos, arrancándolos de la muerte, y abriendo espacio a otros pacientes en los hospitales. Igualmente, los pacientes recuperados deberían exigir que fuera más fácil que se les acepten sus donaciones para salvar vidas.

En el panorama de la solidaridad hay una buena noticia, y que puede ser el ejemplo que sirva de modelo para todo el país: la provincia de Los Santos. Vale la pena reiterar cómo Los Santos controló la pandemia.

La receta fue una sobredosis de solidaridad. Los vecinos se cuidaban entre si, los ganaderos donaron carne para alimentar a familias pobres, mientras que los pescadores y agricultores, también hicieron lo suyo. Incluso toda esta generosidad no era suficiente para detener la pandemia, las autoridades, los gobiernos locales, y los servidores públicos santeños salieron a defender su comunidad, y la salud de sus coterráneos.

En Los Santos, las autoridades repartieron las bolsas de comida y los bonos asistenciales sin importar partidismos políticos, ni familiaridad. Le tocó bolsa o bono al quien lo necesitaba. Si había un caso positivo en algún hogar, los vecinos y las autoridades se encargaban de que en esa casa hubiese comida y apoyo. Además, la comunidad ha cuidado a sus doctores y enfermeras, y sorpresivamente, los alcaldes de la provincia se unieron para protegerla en un frente común.

La pandemia no ha terminado. Es posible que se manifieste una segunda ola de contagios cuando llegue el invierno del hemisferio norte. Si para entonces no la hemos controlado, solo nos quedará el remedio probado de la solidaridad: dar sin importar quien lo recibe, y volver a dar hasta que nuestras fuerzas alcancen.


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