La tercera ola: los jóvenes no son la causa, son las víctimas

La tercera ola: los jóvenes no son la causa, son las víctimas
El proceso de vacunación anticovid en Panamá se inició el 20 de enero pasado. LP Román Dibulet

La tercera ola de contagios del virus Sars-Cov-2 ya está en pleno auge en Panamá. Si se le da un seguimiento a las estadísticas, los contagios diarios vienen aumentando de forma continuada desde inicios de mayo, lo que significa que la explosión de los contagios se inició a finales de abril. Como sucedió en Estados Unidos, en la Unión Europea, y en Chile, son los jóvenes los que están padeciendo el peso de la tercera ola en Panamá.

Aunque este fenómeno se pudiera explicar superficialmente invocando como método de super contagio los parqueos, las fiestas clandestinas, y la apertura de bares, estas incidencias pueden ser en parte responsables de algunos contagios. Sin embargo, no todos los jóvenes están parqueando o celebrando. Si se trata de repartir culpas, las galleras clandestinas, o para los mismos efectos las legales, ofrecen igual o más riesgo de contagio que un bar en el Casco Viejo. no podemos perder de vista lo trascendental de la tendencia de los contagios: los jóvenes son los que se están enfermando y muriendo, porque no están vacunados, y porque las variantes de Covid-19 en nuestro país son cada vez más fuertes.

La provincia de Chiriquí cayó en la zona roja de los indicadores sanitarios por su proximidad a Costa Rica. El vecino país abrió sus puertas al turismo de par  en par y se dispararon sus propios números de Covid-19, con cepas de todo el mundo. Para nadie que estuviera vigilando el comportamiento epidemiológico de Costa Rica, debió ser una sorpresa que Chiriquí sería la siguiente zona crítica. Aquí falló la campaña de vacunación, ya que si se hubieran vacunado las zonas fronterizas del país, es decir, un cordón sanitario de unas pocas decenas de kilómetros de la frontera con Colombia y con Costa Rica, dentro de nuestro territorio, eso nos habría servido de amortiguamiento a los contagios externos.

Ahora que la data estadística nos dice que Juan Díaz, Tocumen, y la 24 de Diciembre son los corregimientos con más fallecimientos producto de la Covid-19, no se entiende por qué el distrito de San Miguelito fue vacunado antes de estas comunidades. Tampoco queda claro por qué los trabajadores agrícolas, los jornaleros que hoy recogen café, mañana cortan caña, y pasado cuiden ganado, no obtuvieron un nivel más alto de prioridad en la vacunación. Precisamente ellos, son migrantes internos que viven en condiciones de hacinamiento, propicias para los contagios de Covid-19.

Aunque es injusto descalificar todo el esfuerzo de vacunación nacional, sí es importante tomar en cuenta los vacíos y brechas que hasta el momento ha tenido el esfuerzo. Con las vacunas recibidas, se priorizó a la población más vulnerable: adultos mayores, pacientes en cama, enfermos crónicos. También se priorizaron a los servidores públicos y privados en la primera línea de atención, como médicos y enfermeras, policías, bomberos, y se incluyó a sectores como los maestros, y otros servicios públicos. En ese esquema, los jóvenes quedaron por fuera, ahora ellos están dando su salud y su vida, para que funcione nuestra economía. Es tiempo que ellos se conviertan en la prioridad de la vacunación.

Las comparaciones son odiosas, sobre todo en materia de salud. Pero ayudan a entender la eficacia de las estrategias sanitarias aplicadas por los países. Si comparamos a Panamá con Uruguay, estaríamos comparando dos filosofías sanitarias distintas. La panameña fue la de cerrar actividades y limitar al mínimo la interacción humana. La uruguaya fue la de mantener las actividades económicas abiertas, con cierres muy limitados.

Veamos los resultados al 20 de junio del 2021. Panamá tenía 393 mil 727 casos positivos, y un total de fallecidos de 6 mil 475 panameños, caídos por la Covid-19. Uruguay para el 19 de junio había tenido 354 mil 865 casos positivos, con un total de 5 mil 271 uruguayos fallecidos. Ahora comparemos el índice de fallecidos para cada país. Sí tomamos como población de Panamá 4.3 millones de habitantes, y lo dividimos entre el número de fallecimientos, tenemos 1 deceso por cada 664.1 panameños. Si tomamos la población de Uruguay como 3.6 millones de habitantes y la dividimos entre el número de fallecidos, 5 mil 271, la relación es de 1 fallecido por cada 682.9 uruguayos.

Muchos especialistas contrastarán las cifras y dirán que las condiciones de ambos países son muy disímiles, y que lo que se pretendía en Panamá, era evitar el colapso de los hospitales. Lo cierto es que la estrategia abierta de Uruguay ha producido un índice menor de fallecimientos. Esto es una invitación a repensar lo que se está haciendo en materia sanitaria, y adoptar una visión crítica e inquisitiva de las estrategias de salud. Lo que funcionó hace seis meses puede que ya no sirva tan bien como entonces. Ahora la estrategia debe ser salvar a los jóvenes.


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