El Covid-19 nació en China, posiblemente en el otoño del 2019, empezó a contagiar a la población del país asiático. Para enero de 2020, el coronavirus se volvió un término familiar y se percibía como un problema esencialmente chino, que demostraba las debilidades de su sistema político. El virus le dio la vuelta al mundo, y el relato político cambió de continente.
Mientras que China cuenta cada día a los nuevos contagiados con los dedos de la mano, en Europa Occidental y en Estados Unidos el contagio va en marcha exponencial. Con la escasez de kits de detección que impera en el viejo continente, sus números, sobre todo los de Italia y España, pueden ser aún mayores.
En Estados Unidos, el Centro de Control de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés), una institución que otrora estaba a nivel de las circunstancias, fue reducida a su mínima expresión por el gobierno del actual ocupante de la Casa Blanca.
Los republicanos tienen un serio problema con la ciencia, salvo que se trate de un tema militar, ese partido tiene muchos conflictos de intereses y actitudes ideológicas ancladas en el evangelismo radical y el libertarismo individualista, que rechazan las evidencias científicas.
Hay estados dentro de Estados Unidos, en los cuales está prohibido enseñar la teoría de la evolución en las escuelas públicas. Sin Darwin no se puede llegar a Mendel, y sin este no se alcanza a entender a Watson y Crick.
El coronavirus agarró de sorpresa a las zonas más globalizadas de occidente. El norte de Italia es el corazón industrial de ese país. Mucho de lo que allí se “fabrica”, se ensambla en China, o mucho de lo que Italia vende, se compra por el gigante asiático, no es un accidente que Lombardía cayera ante el coronavirus ni que el carnaval veneciano fuera otra víctima cortando los festejos y dejando a la serenísima sin su entierro de la sardina.
En Estados Unidos pasó otro tanto, ya que sus capitales de alta tecnología: San Francisco y Seattle fueron las puertas de entrada al contagio.
El CDC estaba abrumado con las pruebas de los pacientes y había una confusión entre autoridades federales, estatales y locales, que enfrentan una pandemia incomparable con nada que les fuera conocido. El resultado hasta el momento es la peor caída de la bolsa de valores de Estados Unidos y el posible desempleo de 20 millones de estadounidenses producto de la caída del consumo y del encierro de millones de familia.
A Europa, ahora llega desde tierras distantes un país dispuestos a ayudarlo a combatir el coronavirus. Se trata de China, que cuenta con más experiencia que nadie en el tema. Sus doctores y equipos médicos están alcanzando a las principales áreas de contagio del mundo a ayudar. El lunes 16 de marzo, doctores chinos en una teleconferencia intercambiaron experiencias con sus pares panameños.
La República de Panamá también también tiene una oportunidad que puede aprovechar en esta coyuntura sanitaria.
Ahora el mundo está en mejores condiciones de superar al Covid-19 gracias a China. Es muy posible que la guerra por la tecnología del 5G, que provocó el conflicto comercial entre Estados Unidos y China, la gane este último país por su cooperación en el combate de la pandemia.
China no es el único país que ha aprovechado una debilidad coyuntural para convertirla en una fortaleza. Arabia Saudita ha emprendido un derrocamiento del orden establecido en el mercado petrolero. Los precios del crudo, 26 dólares por barril el miércoles 18 de marzo, han perdido 60% de su valor en apenas dos semanas, porque los sauditas no quieren pactar con Rusia un acuerdo de producción.
Los analistas de mercado explican esto como una simple estrategia de capturar cuota del mercado petrolero a costa de los rusos y los productores estadounidenses. Quizás eso sea cierto, pero Arabia Saudita también obtiene otros resultados de su política de precios bajos. Rusia es el mejor aliado de sus enemigos ideológicos y políticos: Irán y Siria.
La tecnología nuclear que tiene Irán viene de Rusia, como también sus misiles de mediano alcance. Por otra parte el régimen sirio ha sobrevivido gracias a la generosidad rusa. Si el gobierno de Vladimir Putin se ve obligado a recortar sus ingresos petroleros por el mano a mano con Arabia Saudita, habrá menos plata para las aventurillas iraníes, sirias y venezolanas.
Panamá también también tiene una oportunidad que puede aprovechar en esta coyuntura. La crisis del coronavirus ha terminado por desbaratar a gran parte de las economías latinoamericanas, dependientes de sus exportaciones de materias primas o de turismo, y casi todas endeudadas hasta el tuétano. Nuevamente, como en la década de los años 1980 estamos condenados a renegociar los términos de nuestra deuda externa. Argentina, Costa Rica, Ecuador y México, podrían ser los aliados iniciales de una cofradía de naciones que propongan la condonación de la mitad de la deuda externa latinoamericana.
Para tener una idea de la importancia de este problema, basta saber que el servicio de la deuda pública panameña, es el segundo gasto más importante del Estado después del presupuesto de la Caja de Seguro Social, y seguirá aumentando. Hay países como Costa Rica cuyo servicio de la deuda excede lo que recogen en impuesto, y tienen que pedir más deuda nueva para pagar la vieja.
A diferencia de la vez anterior, cuando se renegoció la deuda latinoamericana entre 1980 y 1990, la negociación actual, debe enfocarse en cambios institucionales, el fortalecimiento del estado de derecho, el combate al cambio climático y en una mejora generalizada de los sistemas educativos. El difunto intelectual panameño Rodrigo Tarté proponía un canje de deuda regional a cambio de más gestión del conocimiento, es decir más ciencia y tecnología.
Si América Latina sigue apostando a la exportación de materias primas baratas, actividades con bajos costos de mano de obra y a convertirse en alfombra para obtener inversión extranjera a cualquier costo, no hay un buen futuro posible. El coronavirus será la primera de muchas plagas que nos obligará a movernos de la órbita de un imperio hacia las murallas de otro.
