Escena 1. El viaje al interior
Una vez bienvenidos a la nueva terminal del Aeropuerto Internacional de Tocumen, atendido el desayuno y cubierto el protocolo de los saludos y las breves lecciones de historia y cultura panameña, el grupo partió hacia la península de Azuero.
La vía del Puente Centenario cumplió con la expectativa de producir sonrisas de asombro y sorpresa por las bolsas de basura abandonadas en los márgenes de dicha carretera. Una vez en Panamá Oeste, la sorpresa mayúscula la dieron los vendedores ambulantes en la Panamericana que no solo son un peligro, si no que ayudaron al tranque.
El resto de la Panamericana fue inexcusable, los baches y huecos hicieron de las suyas con los visitantes. Cuando finalmente se empieza a disfrutar de la zona de playas y la campiña interiorana, los turistas preguntan por la señalización y la información sobre cada pueblo.
Nadie sabe el origen de los nombres, la oferta turística que tienen, ni mucho menos a quien pedirle ayuda. Al llegar a la península de Azuero, la primera gran excursión fue visitar la Isla Iguana. ¡O sorpresa!, la isla no tiene baños sanitarios ni tanques de basura, aunque esto último se puede subsanar si los visitantes recogen lo suyo- El abandonado sendero principal está cargado de basura, y las falta de facilidades y de información no dan ganas de mayor cosa.
Escena 2. Visita al Casco Antiguo
Unos días más tarde, llegó el turno de volver a la ciudad de Panamá. Animados por todas las expectativas referentes al Casco Antiguo, los visitantes salen de Chitré, y lo que debía tomar casi 4 horas de tiempo en carretera, se transformó en 7 horas.
El almuerzo planificado para media tarde, se convierte en una cena. La llegada al Casco fue recibida con un tranque mayúsculo. Había una boda, una presentación en el teatro Anita Villalaz, un evento en San Felipe Neri y los camiones de reparto de hoteles y restaurantes todavía estaban haciendo su labor pasada las 7 de la noche. Para evitar multitudes se escogió la Plaza Bolívar como destino.
El estacionamiento del Teatro Nacional está casi privatizado, ya que decenas de espacios son alquilados a un hotel cercano, otros tantos espacios son rentados por habitantes del Casco, y lo que queda hay que dividirlo entre la Policía de Turismo y el público visitante.
Esa noche estuvimos de suerte, y conseguimos estacionamiento. Caminamos a la Plaza Bolívar y mientras esperamos largamente a que nos atendieran en un restaurante, otros turistas tenían que cruzar entre sillas y mesas para tomarse una foto con Don Simón. Cuando todos nos sentamos, a la misma mesa a mirar la hermosa arquitectura, una rata de tamaño jumbo se paseaba por el borde de un balcón del primer piso de uno de los edificios que miran a la plaza.
Más tarde, al cabo de dos horas frustrantes la cuenta llegó: por una comida nada especial y unas bebidas sin mayor identidad, el importe rivalizaba con lo que cobraría un restaurante de primera en alguna capital de luz. Como para no estigmatizar a los panameños, la mala atención de la que se quejaron muchos clientes esa noche fue brindada personal de servicio extranjero.
Escena 3. Visita al Canal de Panamá.
Para los extranjeros, ninguna visita a Panamá puede estar completa sin conocer el Canal. Los viajeros intrépidamente decidieron ir por su cuenta para conocer la vía interoceánica. La primera sorpresa fue que el Centro de Visitantes de las esclusas de Miraflores estaba cerrado.
Alguien dijo en alguna parte que había otro Centro de Visitantes en Agua Clara y los intrépidos turistas extranjeros se lanzaron hacia el destino colonense. En algún folleto o sitio de internet perdido, decía que la vía forestal era un hermoso recorrido panorámico. No lo fue tanto cuando llegaron a Chilibre, por lo que buscaron a toda marcha llegar a la Transístmica.
Aquí debo compartir una anécdota: antes de la pandemia mi esposa, un sobrino y yo, visitamos el Centro de Visitantes de Agua Clara. Ese día también llegó un crucero a Colón por lo que la cajera del Centro estaba iracunda con los adultos mayores, que hablaban idiomas raros, y que habían tenido la mala idea de visitar el Canal de Panamá. La cajera le pedía sencillo, que pagaran en moneda metálica y no con dólares o tarjetas.
Mi esposa vació su cartera para salvar el momento y atender a los turistas. No había agua, la cafetería estaba cerrada porque el cocinero no había ido a trabajar, y la tienda de recuerdos tenía una oferta bastante mediocre. Ahora, en la visita de los cuatro turistas extranjeros, el restaurante seguía cerrado, pero vieron la película que allí exhiben y pudieron disfrutar del pase de un barco por las nuevas esclusas. La tienda de recuerdos les cerró las puertas en sus caras. Era la hora reloj de cerrar y el negocio no consistía en atender al público sino cumplir con el horario.
La cuarta escena de esta historia se escribe con restaurantes vacíos, personal despedido y negocios fracasados. Un país que debía ser la meca del turismo, está cerca de convertirse en su peor enemigo. El turismo es la actividad económica que más encadenamientos productivos tiene, y que posee el potencial de levantar la economía panameña más allá de nuestros propios sueños. El turismo es probablemente la actividad que nos sacará del subdesarrollo, pero la tenemos amarrada con una camisa de fuerza de incompetencia y poco importa de las autoridades, y de toda la población.

