El año 2020 será recordado, entre muchas cosas, por ser un año perdido para gran parte de la educación oficial de Panamá. Esto es sumamente peligroso porque la ruptura de la continuidad de la educación provoca deserción escolar, y causa un importante rezago en el aprendizaje de los niños y jóvenes, que inmersos en un sistema educativo con graves carencias, ya tienen importantes deficiencias en el aprendizaje.
Se desconoce la fecha de inicio de las clases presenciales en el país. Aunque se está comentando públicamente la posibilidad de reinicio de clases en azuero próximamente, esto no ofrece un mecanismo de superación del rezago académico. Los chicos que forman parte de la comunidad educativa, van a recibir un pase de grado por razones pragmáticas, sin la certeza de que se recupere el tiempo perdido en los próximos años escolares.
En 1988, ante la acumulación de cierres escolares y la interrupción de clases por las protestas contra el régimen militar, la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá, realizó un experimento para rescatar las posibilidades académicas del grupo de estudiantes de primer ingreso.
El experimento liderado por la psicóloga Angela Silva de Ortega y un pequeño pelotón de sus colegas, organizó un programa de tutorías para acompañar a los estudiantes de primer ingreso que incluía charlas, grupos de estudio, tutorías individuales o en pequeños grupos, y una red de apoyo académico conformada por algunos profesores jóvenes, y principalmente por estudiantes de años superiores.
Fui uno de esos tutores y aprendí muchísimo sobre la educación además de establecer relaciones de amistad de más de 30 años, con muchos de mis colegas más jóvenes. Esta iniciativa fue un rotundo éxito. En un país serio habría sido el estándar educativo, pero 32 años más tarde sigue sin tener aplicación generalizada.
Si ha existido una oportunidad para crear un programa masivo de tutorías escolares es ahora. El año 2020 no solo se perdió en cuanto a clases, sino que ha sido totalmente irrelevante para la renovación curricular, el mejoramiento de la infraestructura, y la ampliación de la jornada escolar.
Seguramente, cuando se inicie el próximo año escolar presencial, volveremos a conocer el largo rosario de protestas por escuelas que no están listas, o por falta de profesores o laboratorios sin equipar. A ese problema estructural se le sumará el desafío de una educación en estado crítico para la cual los maestros y profesores ya están rebasados.

Las aulas de clases con 40 o más estudiantes se van a multiplicar, por la migración de alumnos provenientes de la educación privada. Igualmente, es factible que aumente la cantidad de estudiantes matriculados en los centros escolares del interior del país, por el regreso a sus provincia de familias enteras, que se quedaron sin sustento por la crisis económicas derivada de la pandemia.
Como nunca antes, el alto nivel de desempleo existente, ha puesto a disposición del mercado laboral decenas de miles de profesionales y técnicos con alta formación.
Esta es la masa crítica con la que se puede constituir la oferta de tutores para el año escolar 2021, o cuando sea que volvamos a tener un año escolar presencial.
Los tutores serían escogidos entre las decenas de miles de personas disponibles en el mercado laboral, recibirían un entrenamiento corto en el Inadeh, y acompañarían a la educación formal por al menos un año.
Las tutorías serían presenciales en los mismos colegios en los que se dictan las clases. Los tutores tendrían un máximo de cuatro estudiantes y se concentrarían en fortalecer el dominio de materias básicas y capacidades fundamentales como la lectura crítica, el análisis, la matemática, ciencias y otras.
Los tutores serían monitoreados por un supervisor quien velaría por el cumplimiento de los horarios y el trato respetuoso a los estudiantes. Se podría establecer una aplicación de celular que colaborara en la medición de tiempo y educación. Aunque los estudiantes tomarían tutorías diarias, no serían con el mismo tutor, ya que la idea es aprovechar los conocimientos y experiencias específicas de cada uno de los tutores. Imagínese que en una misma semana un estudiante tome cinco tutorías distintas, como por ejemplo, una ingeniera, un periodista, un panadero, un mecánico y un operador de equipo pesado.
La mera exposición a estas experiencias de vida enriquecería tanto a la educación panameña, que bien puede ser la medicina necesaria para acabar con la mediocridad de los resultados educativos.
Este programa no es gratis. Tenemos que aprender que la educación no puede ser barata, y que en este caso, colaborar con el salto educativo que necesita Panamá, requiere ciertamente que los tutores reciban un salario digno, que a la vez que ayuda a disminuir el desempleo, contribuya a mejorar nuestra educación. Les dejo esta apuesta a un mejor Panamá. Una crisis es una oportunidad que debemos aprovechar.

