En su obra clásica La Sociedad Abierta y sus Enemigos, el filósofo austriaco Karl Popper alertaba sobre la difícil situación de los Estados democráticos, ante las amenazas del fascismo y del comunismo.
El pensamiento de Popper hacía de tripas corazón para conjurar una teoría que permitiera a las democracias sobrevivir ante los embates de la tentación autoritaria, y sin que usara ese término: el populismo mesiánico.
Para entender lo que pasó en Perú, es clave comprender lo que no sucedió en Perú. Debido a los privilegios y al poder político de Keiko Fujimori, su juicio por el sonado caso de corrupción y lavado de dinero, denominado Cócteles, se entrampó. Aquí un abogado, allá un trámite, más allá una postergación o una prórroga de una diligencia, luego la pandemia. Todos estos factores y muchísimos más impidieron la rápida acción de la justicia con respecto a una persona vinculada con Odebrecht.
Lo segundo que pasó en Perú, es que desde el retorno a la democracia, después de la caída de Alberto Fujimori, casi todos los presidentes peruanos, electos y designados han tenido que enfrentar procesos judiciales o impugnaciones parlamentarias.
Desde el 2016 hasta la fecha Perú ha tenido cuatro presidentes: Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, y Francisco Sagasti. Esta inestabilidad política, aupada por los diputados del partido Fuerza Popular de la familia Fujimori, desgastó la gobernabilidad del país, y dejó a un Estado peruano tan debilitado que la pandemia ha hecho mella con la nación hermana, siendo Perú el país con el mayor número de fallecimientos de la Covid-19, por 100 mil habitantes en el mundo.
El tercer fenómeno que ocurrió en Perú, es el resultado de la fragmentación de una clase política y empresarial oportunista. Como Perú tiene el sistema del balotaje, es decir, la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, entre los dos candidatos más votados, esto produce una terrible división electoral. Si se miran los resultados de la primera vuelta el pasado 11 de abril tenemos que: Pedro Castillo recibió 2.724.752 votos, Keiko Fujimori 1.930.762, y los partidos: Renovación popular 1.674.201, Acción Popular 1.306.288 y Juntos por el Perú: 1.132.577 votos respectivamente, siendo estas fuerzas las cinco primeras entre las 18 candidaturas presidenciales peruanas.
A propósito omití los nombres de los candidatos de estos tres últimos partidos para demostrar, que en Perú se cometió un harakiri electoral, ya que si las tres principales fuerzas políticas moderadas hubieran ido en alianza, habrían tenido más de 4 millones de votos, y otra sería la noticia actual. Los liderazgos políticos peruanos se mostraron sumamente irresponsables ante las amenazas autoritarias y antidemocráticas. Ese mismo fenómeno se dio con anterioridad en Venezuela y Nicaragua, con los resultados que todos lamentamos.
Finalmente, si efectivamente el maestro Pedro Castillo es juramentado como presidente de Perú merece todo el respeto de su investidura. También tendrá que enfrentar a todos los controles de la institucionalidad peruana. Es lamentable que seudo demócratas llamen a un golpe militar contra este educador de extrema izquierda.
Si por el contrario, Castillo trata de imponer reglas antidemocráticas, el Congreso peruano tiene las herramientas para detenerlo. Es probable que Perú pierda varias décadas de avances institucionales y económicos, igualmente esas mejoras no le llegaron a todo el Perú.
La mayor lección del proceso electoral peruano, es el alto costo que tienen la corrupción, la impunidad judicial, y el oportunismo político. Mirémonos en ese espejo.


