Del 6 al 10 de junio venideros se efectuará en la ciudad de Los Ángeles, California, la más accidentada Cumbre de las Américas. Este foro, establecido en 1994, es la única reunión internacional dedicada a atender los temas del hemisferio occidental.
En la primera cumbre, celebrada en Miami (1994), los países de América Latina empujaron una agenda muy agresiva de libre comercio a cambio de deuda externa, migración, institucionalidad y otras bellezas. En esa primera cumbre solo hubo un ausente, Cuba, país al que el anfitrión Bill Clinton no quería invitar.
Para el año 2005, los vientos ideológicos habían cambiado en América Latina y ya el libre comercio o las privatizaciones eran términos de ingrata recordación. Parecía que la razón de ser de las cumbres se había terminado, ya que Estados Unidos no quería discutir con América Latina y el Caribe lo que estos países querían plantear. En la cumbre de 2009, celebrada en Trinidad y Tobago, llegó un joven presidente Barak Obama, con más promesas que resultados concretos, y tan simpático que el mandatario venezolano Hugo Chávez le regaló una copia del libro Las Venas Abiertas de América Latina, del uruguayo Eduardo Galeano.
En el año 2015, en la cumbre celebrada en Panamá, se concretó el ideal americanista: todos los 34 países del continente americano estuvieron presentes, incluyendo a Cuba representada por Raúl Castro. Hubo fotos de Obama y Castro, un famoso estrechón de manos, y una esperanza de que todos entraríamos al siglo XXI.
En cambio, la cumbre del 2018 en Perú fue una catástrofe, ya que regresó la exclusión, los países latinoamericanos se dividieron sobre el reconocimiento al régimen de Nicolás Maduro en Venezuela, y el entonces presidente de Estados Unidos Donald Trump ni siquiera asistió. De haberse reelecto, la Cumbre de las Américas posiblemente no existiría.
Ahora le toca al presidente Joe Biden ser anfitrión de la Cumbre de las Américas en Los Ángeles. Al presidente Biden le había ido muy bien en los últimos meses con las cumbres multilaterales del G-7, la Cumbre de la OTAN, la Cumbre del Clima y la pluralidad de cumbres de mandatarios para atender la respuesta a la guerra de Ucrania.
A principios de mayo, el presidente Biden visitó varios aliados de Asia para articular una llave nelson contra China, pero todo esto se olvidó por los sucesivos tiroteos escolares, en hospitales y en todo tipo de establecimientos comerciales en Estados Unidos.
A la cumbre que empieza el lunes no fueron invitadas Cuba, Nicaragua y Venezuela (todas estas naciones bajo regímenes dictatoriales). Tampoco va Bolivia. Por si fuera poco los mandatarios de Guatemala, México y las 13 naciones de la Comunidad del Caribe (Caricom) han dado señales que no van a acudir sus mandatarios, pero que enviarán delegaciones de menor nivel. Para que fuera Jair Bolsonaro, el presidente Biden le tuvo que ofrecer una reunión bilateral de alto nivel. Se ignora qué se le ofreció a Canadá y a los otros 12 países que sí se han comprometido a enviar a sus mandatarios.
Estados Unidos quiere usar la cumbre para mitigar la crisis migratoria y así empezar a repartir migrantes. España, país que no pertenece a este continente, fue invitada para que entre otras cosas, se comprometa a llevarse unos cuantos migrantes atascados en la frontera de México con Estados Unidos.
Al forzar una cumbre en medio de un proceso electoral tan delicado como el que enfrenta el presidente Biden en noviembre de este año, se desaprovecha un momento histórico y se permitió que la diplomacia fuera secuestrada por los grupos de interés. El presidente Biden pudo posponer la cumbre para el 2023, o hacer como hizo Clinton que la realizó en diciembre de 1994, un mes después de las elecciones parciales.
Una anécdota que me contaron en los pasillos universitarios en Estados Unidos fue que, durante el gobierno de Lyndon Johnson en la década de 1960, el Departamento de Estado citó a la Casa Blanca a todos los embajadores latinoamericanos acreditados ante la Organización de Estados Americanos. La sesión tenía como intención presentarle una iniciativa de Estados Unidos para que todos los países latinoamericanos, desde México hasta Argentina, se convirtieran en uno solo. Como una gran deferencia, el nuevo país resultante podía escoger su capital, su moneda, su nueva bandera y todo lo demás. Los embajadores latinoamericanos atónitos se marcharon en silencio, en ese momento comprendieron que su vecino del norte no los entendía.
Ahora con esta minicumbre, el presidente Biden puede aprovechar para escuchar y pensar en grande. Se puede proponer la condonación de la deuda externa de aquellos países que se ofrezcan a combatir el cambio climático y la corrupción. Se pueden hacer acuerdos para la seguridad alimentaria, la energía limpia, el ecoturismo y la prevención de enfermedades. Se puede crear un marco regional para eliminar la impunidad en casos de corrupción de alto perfil y en delitos graves. También se puede desmilitarizar la guerra contra las drogas y proponer la descriminalización de narcóticos para usar el modelo holandés. Se pueden hacer tantas cosas, pero se necesita que se recupere ese espíritu de esperanza de una prosperidad compartida y un futuro común, que existió en la cumbre de Panamá del año 2015. En caso contrario, es posible que el presidente Biden entierre estas cumbres y que se inicie un largo invierno de descontentos y desencuentros entre los países de este continente.

