Hace más de medio siglo, el meteorólogo y matemático estadounidense Edward Lorenz acuñó el término “efecto Mariposa”, para referirse a la forma en que un evento pequeño e inesperado podría desencadenar impactos significativos.
La metáfora usada por Lorenz era que el aleteo de una mariposa en China, podría desatar una tempestad en los Estados Unidos. Esto dio origen a la denominada teoría del caos, sumamente popularizada por el cine y la televisión.
Los huracanes que han azotado con furia nuestra parte del mundo, han dejado mucho dolor y destrucción a su paso. Es muy significativo que se hayan acabado las letras de nuestro alfabeto para denominar a los huracanes, y se ha tenido que recurrir al alfabeto griego. Estos últimos años, la temporada de huracanes ha sido muy intensa, por lo que los climatólogos más serios lo atribuyen como una consecuencia del cambio climático.
Quizás podemos apuntar responsabilidades del efecto mariposa, hacia la negligente gestión ambiental de la selva amazónica. Según los científicos, la amazonía perteneciente a nueve países sudamericanos cumple entre otras funciones, la de regular el clima al absorber millones de toneladas de gases de efecto invernadero, y reducir con su humedad la temperatura del Atlántico Sur. Entre el 2007 y el 2016 se deforestaron 7.5 millones de hectáreas y se degradaron 14.6 millones de bosques y selvas de la amazonía. Esto equivale a tres veces el tamaño de Panamá.
Por si fuera poco, entre enero y noviembre del 2019, más de 30 mil incendios acabaron con unos 70 mil kilómetros cuadrados de la amazonía brasileña. El daño sufrido por este ecosistema es tal, que el 20% de la amazonía emite más carbono del que puede absorber. En el 2015, un estudio de la Universidad de Edimburgo encontró que la pérdida de biomasa de la amazonía equivalía, entre 7 y 8 mil millones de toneladas métricas de carbono. El estudio concluía que para ese año ya la amazonía absorbía 12% menos gases de efecto invernadero que en sus mejores días.
Si la selva amazónica no enfría al Océano Atlántico como lo hacía antes, y absorbe menos carbono, esto significa una mayor temperatura oceánica, justo en la zona en la que se incuban los fenómenos atmosféricos, que luego pueden evolucionar hasta convertirse en huracanes en el Caribe o en el Atlántico Norte. Nadie sabe con precisión cuál fue el árbol, la pradera, el humedal, o los bosques destruidos causantes de los huracanes. Lo que se sabe es que ya esta magnífica cobertura vegetal no está, y hay más huracanes.
El aleteo de las alas de un murciélago pusieron de rodillas a una civilización arrogante, que todavía no aprende a convivir y proteger a la naturaleza. La Covid-19 es una zoonosis que según indican los estudios más serios se empezó a contagiar a finales del 2019 en la ciudad de Wuhan en China. Todo indica que un murciélago contagiado fue a dar a un mercado de animales silvestres y de allí, el insignificante virus, saltó a la fama contagiando a una especie de primates que no tenía porque estar comerciando con murciélagos.
Así, el 2020 cambió la historia humana para siempre. Lo que fue no volverá, y lo que será no ha aparecido todavía. Lo único cierto es que los seres humanos continuamos creando grandes desastres ambientales, sin tener pleno entendimiento de lo que hacemos.

